No le cuesta mucho trabajo a uno imaginarse lo exótico de vivir en una isla. Uno piensa en palmeras por doquier y aguas cristalinas que llegan hasta una orilla de arena blanca. Pues así es Saipán, una de las muchas islas de la Micronesia, cerca de las Filipinas, cerca de Taiwán, cerca de Australia, cerca de todo y de nada al mismo tiempo. La diferencia es que es tan pequeña que difícilmente uno la pueda localizar en el mapa y, además, sirvió como punto para el ensamblaje y escondite de las dos bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki.
Uno puede llegar a alcoholizarse viviendo aquí. Los chamorros, que podrían pasar por latinos, consumen seis latas de cerveza al día (el gerente de una cervecería de los Estados Unidos visitó la isla para agradecer personalmente por los grandes dividendos que recibía). La cerveza la acompañan con carne de cerdo a la parrilla. El rito tiene mucho de salvaje. Mientras las mujeres cocinan, los hombres matan al chancho mambeando betelnut, una pepa envuelta en hoja de tabaco que mezclan con cal y chupan por horas. Es impresionante ver cómo después de horas de mascar terminan con los dientes rojos de sangre. Al principio, cuando los veía escupir, creía que sufrían de tuberculosis. Pero a pesar de la violenta imagen son gente amable, producto de una mezcla entre polinesios, españoles y alemanes que ha dado como resultado los Camacho, los Guerrero y los Tenorio. El 80 por ciento de su lengua es un español maltratado donde la mesa es 'la masa', el ocho es el 'oto' y el seis es el 'sais'. Su religión católica llevada al extremo hace que un velorio dure hasta 18 días. Cuando alguien muere, el pueblo está invitado a comer y beber a costillas suyas. Nadie lo menciona, por consideración a la familia, pero todos brindan por él hasta caer de rodillas. También celebran San Martín de Porras y Santa Rosa de Lima, sin tener idea de quiénes son.
Dos amigas latinas y yo somos famosas por nuestras fiestas. Ponemos toda la picardía que nos caracteriza, compartimos tragos, nos burlamos de todo este carnaval, aunque sabemos que formamos parte de él. Acaparamos todas las miradas con nuestro movimiento de curvas, no solamente cuando bailamos, sino cuando caminamos por estas calles calientes. Podría decirse que somos las reinas de Saipán.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.