La versión políticamente correcta dice que Marcela y yo terminamos porque ella se fue a vivir a Australia. Técnicamente, estuvimos juntos hasta la noche antes de que se montara al avión, pero cava uno un poco y descubre que, como toda historia de amor, está llena de ángulos. Con viaje o sin viaje, esa relación no tenía futuro. Ella iba para Australia, nosotros no íbamos para ningún lado.

Dice mi psicóloga que a mí me mueve el temor y no el amor, y que me culpo por todo así no sea mi responsabilidad. Afirma también que tiendo a sabotear mis relaciones, como si no me sintiera con derecho a ser feliz. Pues eso es. La versión en la que quedo bien parado dice que Marcela se fue al otro lado del mundo porque así lo había planeado desde antes de conocerme. La verdad, mi verdad, afirma que si ella no hubiera tenido un viaje planeado, después de conocerme se lo habría inventado con tal de zafarse.

Fueron siete meses apenas. Lo que comenzó como una ilusión, se convirtió a las pocas semanas en un enfermo terminal cuando me contó que la habían aceptado en una universidad en Melbourne, a 27 horas y tres aviones de Bogotá, para estudiar durante año y medio no me acuerdo ni qué. A partir de ahí, la relación se volvió un aborto de un semestre. Algo similar me pasó años después en un trabajo: la misma semana que me contrataron me advirtieron que el proyecto se iba a acabar en dos meses. Carente de motivación, fui un pésimo empleado y me echaron al mes y medio.

Es que cuando uno está con alguien no por convicción sino para no estar solo, las cosas terminan mal. Y no es que Marcela no valiera la pena, sino que para qué, si todo se iba a acabar y en mis planes no estaba coger un avión para irme tras ella. Primero, mientras ella buscaba una nueva vida, yo estaba encontrando la mía acá; por otro lado, por esos días ganaba yo el equivalente a 800 dólares mensuales y el solo pasaje costaba 1600 en promoción.

Entonces debo confesar que yo a la vaina no le metí la ficha. Digo, traté de ser decente, buena persona, pero nada especial ¿Para qué iba a entregar el corazón? Además, era la cuarta mujer en línea con la que terminaba una relación por causa de un viaje al exterior. Por esos días, mediados de la década pasada, mujer que se quisiera ir de Colombia solo tenía que cruzarse conmigo. Al menos Marcela volvió, las otras tres se quedaron afuera y hoy tienen esposo e hijos.

Ya ven ustedes que a veces uno cree ser de cierta manera y resulta que es todo lo contrario. Antes de meterme con ella pensaba que yo era fresco y abierto, cuando en realidad era celoso y cerrado. ¿Yo, cerrado? Pero si ella era un candado. Feliz o triste, calmada o brava, borracha o sobria, acabada de levantar o arreglada para una fiesta, siempre tenía la misma cara. Entender a una mujer promedio es difícil, pero leerla a ella era imposible. Eso sí, con todo y su inexpresividad, parece que le sacaba la piedra a menudo y muy fácil. Y no me extraña, yo vine al mundo a emputar a la gente, es mi forma de llamar la atención.

Algunas cosas con ella no se me olvidan: que tuvo el primer iPod que vi en mi vida, por ejemplo. Era blanco, grueso, de rueda y con pantalla en blanco y negro. Eso, y que tenía buen gusto para la música. Recuerdo también un viaje a los Llanos donde la pasé delicioso, aunque no crucé palabra con nadie, incluidos su papá y la esposa, lo que no agradó a nadie. Lo sé porque días después de volver me lo botó en la cara y yo no supe qué decirle.   

También recuerdo que pensé que la había sacado del estadio con ella cuando accedí a irme a una finca en Cucunubá el día que Once Caldas jugaba la Copa Intercontinental de clubes contra el Porto. ¿Cómo explicarle que de verdad quería ver ese partido? ¿Cómo hacerle entender que era en Japón y que en 44 años de historia solo dos equipos colombianos la habían jugado? Aún así, y sabiendo que pasara lo que pasara ella se iba a ir en junio para nunca volver, arranqué para Cucunubá, que es muy bonito y todo, pero a donde no va ni el que lo fundó porque no hay nada para hacer. Ese juego lo vi a medianoche con un frío de cuartel militar, en un televisor en blanco y negro (como su iPod) de 14 pulgadas con un gancho metálico por antena. No recuerdo nada de mi vida hasta los 6 años ni de lo que pasó en el Once Caldas - Porto, y eso se lo debo a Marcela.

Su partida fue difícil. Lloré, y fue porque me hacía falta, pero también porque nunca he podido acostumbrarme a que me abandonen. De hecho, al año de estar ella lejos me salió un viaje a Japón, ¿y qué se me ocurrió? Preguntarle qué le parecía si iba a visitarla. Por supuesto que me dijo que no, e hizo bien, era un plan sin pies ni cabeza. Entre Tokio y Melbourne hay nueve horas, así de lejos queda Australia. Además, ¿para qué revivir algo que ya no existía? Igual, su negativa fue una bofetada, porque, encima del abandono, no soporto el rechazo. En eso, además del autosaboteo y el sentimiento de culpa, tengo que seguir trabajando con mi psicóloga.

Lea aquí la versión de la mujer de la misma terminada

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