Llanto de emoción. Cuando Independiente salió campeón con ocho hombres en Córdoba frente a Talleres. La hazaña más grande registrada en el fútbol argentino. En una final, en campo de Talleres y con el árbitro vergonzosamente volcado a favor del equipo cordobés (Roberto Osvaldo Barreiro nunca más volvió a dirigir). Le dio un penal inexistente, un gol con la mano y expulsó a tres jugadores rojos, nada menos que a Trossero, Galván y Larrosa. Perdiendo 2 a 1, fue arriba con furia, con rabia y marcó un gol antológico de Bochini tras cinco paredes con Biondi y Bertoni. Milagro, asombro, imposible… Todos los calificativos se ajustan para un suceso irrepetible.

... Cuando nos fuimos a la B. Fue un domingo de tristeza infinita. De cómo la racionalidad queda apartada y el trivial fútbol, en su torbellino de emociones, nos sume en una profunda amargura, comparable a cuando muere un ser muy querido. Eso es el terrible (temible) descenso.

... Cuando murió el Palomo Usuriaga. Lo adoptamos, lo quisimos, lo idolatramos, lo queríamos para siempre con nosotros, le hacíamos el nido en Avellaneda. Pero su naturaleza era volar. Se fue. El peligro era su hábitat cotidiano. Y lo cazaron.

... Cuando Argentina llegó a la final del mundo en Brasil. Por el maravilloso e inacabable manantial que es el fútbol argentino, del que surgen estrellas, entrenadores, analistas, personajes, humoristas, hasta escritores. Más de un siglo suministrando esa agua bendita y fresca de la que beben todos. Y nunca se seca.

... Cuando se retiró Ricardo Enrique Bochini, genio absoluto de la pelota. Un día de 1972 apareció en la Primera de Independiente un chico menudo, delgado, de poco más de 50 kilos, pero con un fútbol nuevo, fresco, frontal, atrevido, genial, distinto a todo lo que conocíamos. Era todo gambeta, toque, caños, paredes y goles. Fútbol para gustar y para ganar. Diecinueve años después, cargado de hazañas, dijo adiós. Lo apuró una lesión provocada por un zaguero de Estudiantes, Erbín. Secretamente odié a Erbín por mucho tiempo. Luego lo indulté porque no había sido sino un lance del juego. Pero el cariño al ídolo, al crack, se resistía a exonerarlo.

... Cuando me fui de El Gráfico. Haber formado parte de esa redacción es una medalla colgada en la solapa. El día que entré hice un semicírculo con la mirada y me dije: “¿Qué hago yo acá, metido entre estos cracks…?”.

… El día del gol de Maradona a Inglaterra, cuando pasó sin documentos por todos los controles ingleses: aduana, migraciones, Scotland Yard, Sherlock Holmes, el inspector Morse, el Agente 007… y por último eludió al arquero Shilton para mandarla a la red. Sintetizó todo el fútbol: la picardía, el talento, la destreza, la técnica, el ingenio, la potencia y la habilidad para alcanzar la épica.

… El 18 de diciembre de 1998, cuando murió Juvenal, mi amigo entrañable del periodismo, mi maestro, mi compañero inseparable, mi hermano mayor. Tenía un fichero en la cabeza para describir a cada jugador que había pasado por el fútbol, ya una gloria, ya un oscuro marcador de punta.

… En la semifinal de Italia 90, en el San Paolo de Nápoles. En el entretiempo del juego, se apagaron las luces de las tribunas del estadio y comenzaron a sonar, atronadoramente amplificados, los acordes de Torna a Sorrento con la voz preciosa y dulce de Tito Schipa, mientras los monitores de la TV nos mostraban la bellísima bahía de Nápoles iluminada, enfocando a Sorrento, que está ahí mismo. Un momento de emoción cúlmine. El público escuchó en respetuoso silencio. En tres minutos quedaron expresadas el alma, la cultura y la historia italianas (capítulo importante en el libro de la humanidad). Imbuida de ese clima entre solemne, romántico y eufórico, la muchedumbre aspiraba felicidad. Italia vencía a Argentina 1 a 0 con gol de un hijo del sur, Totó Schillaci. Pero… ¡tenían que aparecer estos argentinos… esos eternos villanos…! Caniggia, el Cani, un heredero de la sangre, puso la cabecita suave, se la peinó a Zenga y… adentro. Uno a uno, nerviosismo napolitano, de Tito Schipa ya no se acordaba nadie, y a los penales. Y en los penales apareció el Vasco Goycochea, otra sangre, nada que ver. Atajó dos y chau Italia, Argentina a la final. ¡Qué emoción…! De fondo parecía sonar un tango, ahora nos galopaba el corazón a nosotros. Después, en la final contra Alemania, los italianos nos silbaron el himno, que fue duro, pero era puro despecho, ellos no estaban sobre el césped, estaba Argentina.

… La vez que Chacarita fue campeón. Esos festejos de pobre son contagiosos, uno los celebra como propios. Así fue una tarde de julio de 1969 cuando Chacarita Juniors llegó al cielo del fútbol. Remando y remando alcanzó la definición del campeonato. En las semifinales bajó a Racing 1 a 0 y en la final aplastó a River 4 a 1 con una exhibición notable de fútbol y contundencia. ¡Chaca campeón…! Parecía increíble hasta pronunciarlo. Era cierto, pisó a River en un estadio que reventaba: 64.441 boletos se vendieron. Que entre colados y otras hierbas serían 70.000. La tribuna alta, toda de Chaca, se venía abajo de la emoción. Ángel Marcos, el Tanque Neumann, Frassoldati, los once héroes “funebreros” fueron a dedicarles el triunfo a aquellos eternos peregrinos de la fe tricolor con los brazos en alto. Entonces bajó desde el cemento como un trueno, un rugido que era mezcla de llanto, de orgullo, de rabia contenida, de alegría… Era el fermento de la paciencia; una vida esperando ese instante, que nunca más se repitió. Aquella épica conquista popularizó una frase que se hizo carne y es de uso diario: “Se agrandó Chacarita”. El país tuvo ese día la piel negra, roja y blanca de un cuadrito humilde, pero querible y metedor, simpatiquísimo.

… Cuando Batistuta remachó a México en la final de la Copa América de 1993 con dos golazos de su sello. Para arriba y para abajo, todos cinchando para los hermanos aztecas. Bati, con esa fuerza descomunal de la gente de campo, como si estuviera enlazando un toro, embocó dos cañonazos bestiales. Por la noche, los agentes que manejaban la selección argentina hicieron bajar en Guayaquil un Jumbo de Aerolíneas que iba de Los Ángeles a Buenos Aires semivacío y subimos todos, jugadores, dirigentes, cuerpo técnico, periodistas, allegados. Primero hubo cánticos y brindis, luego se apagaron las luces y ahí sí, en la oscuridad, el corazón dio permiso al lagrimal a derramar un par de gotas.

… Cuando se fue Di Stéfano, a quien tuve el honor de conocer y de recibir su amistad. Tal vez haya sido un genio (no lo vi), pero sobre todo fue un personaje singular en el que convivían en notable armonía el gruñón y el humorista, el ogro y el tierno. Soy un espantoso titulero, pero ese día me inspiró Alfredo: “El fútbol se queda con diez”, escribí.

…Y estoy guardando una lágrima para cuando se retire Messi, el más fabuloso actor que ha dado este juego. Nunca volveremos a ver algo igual. A todos los jóvenes les digo lo mismo: no se pierdan un minuto de Messi, estamos viendo la historia del fútbol.

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