Dentro de dos semanas se acaba la temporada de caza en España. Al día siguiente de la veda serán sacrificados de las maneras más crueles y pavorosas un aproximado de 300.000 galgos en todo el país. Los cazadores con lebreles, que son legión en lo que graciosamente ciertos habitantes de la península ibérica llaman “La España Profunda”, harán uso de los macabros rituales que efectúan desde tiempos remotos una vez que los perros con los que lograron beneficiarse durante la temporada de caza les sean inservibles. Yo cazo liebres con galgos también. Me encuentro en una suerte de dilema. Poseo cuatro galgos españoles, rescatados por organizaciones que desde hace algunos años tratan de salvar a los perros preparados para el sacrificio.

Sin embargo, siento que mis galgos tienen derecho a su lebrelidad. Es decir, a seguir un instinto milenario que de alguna manera se puede entender como la razón de ser de esa raza. Salgo por eso con los perros a los campos mexicanos y contemplo el renacer de un instinto. La manera como mis tranquilos animales de compañía de pronto hacen salir una liebre de su agujero para comenzar a seguirla a una velocidad inimaginable. Los galgos desaparecen de mi vista. Debo esperar cerca de 15 minutos en la soledad más absoluta para verlos aparecer nuevamente con la presa entre los dientes. Llegan agotados y, siguiendo un rito milenario, depositan la liebre a mis pies. ¿Qué hacer ante una situación semejante? No deseo tener delante de mí un animal muerto. Precisamente esa es una de las razones por las que cuento con cuatro galgos. Para rescatarlos de la matanza a la que los someten los cazadores españoles. Los activistas afirman que la única manera de evitar las crueles muertes de los perros cuando se vuelven inservibles es prohibir la caza con perros. ¿Cómo entonces respetar al mismo tiempo el instinto del perro y la vida animal? Mi pretexto para semejante ejercicio es decirme a mí mismo que yo no efectúo ninguna acción en particular, salvo salir a caminar con mis lebreles por el campo que habitan las liebres. Pero esta ignorancia es falsa. Yo sé que los llevo hasta allí para que cacen algún ejemplar que termino metiendo en un morral, para luego arrojar en un basurero. La culpa haciendo un círculo perfecto. El placer oculto de salvar una vidas a costa del sacrificio de otras. ¿Será más valiosa la vida de una liebre que la de un perro? Lo único que sigue estando presente en mi vida es la pregunta de siempre: ¿Qué hacemos con los animales? Quizá fue el mismo cuestionamiento que llevó al artista Joseph Beuys a encerrarse en un cubo para dictarle lecciones de arte a una liebre muerta. O quizá un impulso similar al que lleva a cientos de cazadores españoles a colgar a sus perros determinado día del año. Por si acaso, el morral donde introduzco a la liebre antes de ser echada a la basura es de color oscuro. No quiero levantar ningún tipo de sospecha.

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