Al Che no le queda mucho por hacer al frente del Ministerio de Economía y Finanzas de la Revolución cubana porque en la isla ya no hay economía y sus gobernantes se han comido las finanzas.

Desde que Fidel Castro no tuvo más remedio que jubilarse, todo ha ido a peor. Raúl no da la talla, pero la gente lo aguanta gracias al pedigrí del apellido. Las opciones del Che, al filo de este año 2015 en que se retoman las relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington, son 1) pedirle a Evo Morales la cartera del Ministerio de Energía y Minas y dedicarse a convencer a los mineros de Potosí que vale la pena trabajar sin cobrar, ya que así se convertirán en la vanguardia del proletariado mundial; 2) pedirle a Nicolás Maduro un chándal a juego y unas zapatillas deportivas y dedicarse a la magia, es decir, a hacer que desaparezcan de la faz de Venezuela el papel higiénico, el dentífrico, el arroz y otros bienes de consumo básico, tal y como ha ocurrido en Cuba. Ambas opciones le parecen demasiado fáciles, muy por debajo de sus quijotescas posibilidades. Ya se sabe: un revolucionario tiene sueño de pistolas, es muy díscolo e intranquilo, y se pasa la vida fundando revistas que iluminarán el pensamiento y la praxis de una nueva era.

Quinientas noventa y cinco revistas después de haber vivido en la apacible Cuba socialista, y un año después de la muerte de Hugo Chávez, el Che decidió acometer un extraño proyecto. Se dijo: hay que mantener vivo a Fidel Castro. No puede permitirse que muera y reencarne en pajarito, y menos en hámster, y mucho menos en hipster con barba.

Para entender esta decisión, hay que documentar las veleidades del Che hasta la fecha. Al principio, el Che ‘cubano’ siguió un guion previsible, o sea, se dedicó a entrenar y financiar (con el dinero que la URSS inyectaba a la banca cubana) pequeñas guerrillas que fletaba clandestinamente hacia diversos puntos del planeta, pero nada más llegar a sus países de destino, los revolucionarios desaparecían sin dejar rastro. No es que les dieran caza, sino que las guerrillas del Che iban a parar a lugares absurdos como el salar de Uyuni o la isla de Pascua, dizque ahí tendrían menor oposición y, por tanto, mayores probabilidades de éxito.

Pero nada más caer la URSS, el Che comenzó a aburrirse. Y no hay nada más peligroso que un Che aburrido, ya que, además de revolucionario, es argentino, y ya se sabe… Comenzó a hablar hasta por los codos. Su programa en la televisión cubana se llamó Aló, Comandante. Se pasaba todo el santo día comentando el ‘horóscopo revolucionario’, un invento guevariano consistente en pedirle a cada cual ya no su fecha de nacimiento, sino la fecha de ingreso en el Partido, con el entusiasta propósito de vaticinarle el futuro. Pero su sed de hombre nuevo no se saciaba fácilmente, de modo que decidió hacer cosas más cool. Aprendió a tocar la guitarra —habilidad casi innata de todo revolucionario— y acto seguido se inventó una biografía cosmopolita de hijo de un gallego con una vasca, otorgándose el sencillo seudónimo de José Manuel Arturo Tomás Chao Ortega, alias Manu Chao. Durante un largo periodo, además de dar conciertos y grabar discos de tres acordes, el Che tuvo varias identidades. Si alguien ha sospechado que Manu Chao y el subcomandante Marcos son la misma persona, es porque ambos no son otro que Ernesto Guevara disfrazado. Y si no fuera porque el eterno hombre nuevo no envejece, tendríamos que aceptar la hipótesis de que el mismísimo sumo pontífice es el Che infiltrado en el Vaticano: por si la ‘santa cede’.

Pero ahora el Che acaba de enterarse de la terrible noticia de que se reanudan las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Y ha habido altercado a puertas cerradas en el despacho de Raúl Castro: el Che lo acusó de débil de carácter, vendepatria y traidor, y Raúl le gritó que estaba harto de mantener a un argentino que no hacía más que hablar por la tele y cantar tangos en la ducha. De modo que el Che ha decidido que su única opción es mantener con vida, eternamente, a Fidel Castro. ¿Y cómo se hace eso? Al principio, dado que Fidel Castro recuerda más bien a un dinosaurio, el Che decide convocar a Steven Spielberg para que convierta la isla de Cuba en su propio Jurassic Park, con el guerrillero heroico a la sombra del poder, y un renovado tiranosaurio rex-comandante en jefe. Pero Spielberg se niega rotundamente: Obama no está de acuerdo. No porque Fidel vuelva a las andadas, sino porque ya es suficiente con un papa argentino.

Entonces, el guerrillero heroico da con una solución menos espectacular pero tecnológicamente realizable, o sea, basta con recursos pobres, al mejor estilo socialista. El problema no es mantener vivo a Fidel Castro, sino que ‘la gente crea que sigue vivo’. ¿Y cómo se sabe que alguien está vivo? Ah, órgano del pecho, déjanos escuchar siempre tus latidos. El meollo es hacer que la gente crea que late un corazón, así que el Che ordena instalar en cada esquina de cada barrio cubano una enorme bocina que amplifica el sonido del latido del corazón del comandante en jefe. Poco importa que se trate de una grabación: Fidel Castro morirá, pero la gente seguirá escuchando, generación tras generación, el latido percutor de su sagrado corazón. A la mañana siguiente, y en mil y una mañanas sucesivas, cuando Ernesto Guevara despertó, el dinosaurio de Fidel Castro seguía estando allí…

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