Quisieron eliminar el dinero: cuando vieron que no podrían, acuñaron la moneda más imposible que pudieron pensar. Quién sabe si recordaron aquella idea americana: “Más falso que billete de tres dólares”. O en la evidencia de que no existe en ningún otro sitio un billete o moneda de tres: por alguna razón, el tres no es una unidad que le guste al dinero. Y claro, una moneda de tres pesos con esa cara que se hizo símbolo de la pelea contra el poder del dinero es un chiste magnífico.

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La moneda circulaba en Cuba, la última vez que estuve, hace ya 20 años. No sé si sigue: en 2014, cuando intenté ir —a escribir una crónica para esta revista—, su gobierno no me dio la visa. Mi imagen es de aquella vez, lejana: de un lado, la cara de Ernesto Guevara con la boina y la leyenda “Patria o Muerte”; del otro, el escudo nacional y la leyenda “Tres Pesos”. Un trozo de metal que simboliza demasiadas cosas juntas.

El dinero siempre fue un símbolo —que, como todos, intenta volverse más y más abstracto—. Hace milenios, quien quería hacerse con una vaca debía llevar al mercado tres ovejas o treinta gallinas o una pala o un arpa o una piedrita de oro para el trueque. Después alguien pensó que qué curioso que la vaca y las tres ovejas y las treinta gallinas y el arpa y compañía valieran igual: que esos diez gramos de oro eran el valor común de todas esas cosas, la primera abstracción.

Entonces a un rey lidio se le ocurrió que si le ponía su sello a la piedrita diciendo que tenía diez gramos, todos creerían que tenía esa cantidad. Había inventado la moneda, que fue, durante siglos, la forma básica de medir los valores —y de ejercer el poder del Estado—: miente que algo queda.

Pero después, hacia el 1300, unos comerciantes venecianos imaginaron que si escribían en un papel que ese papel valía 100 monedas y se lo daban a alguien a cambio de 110 monedas y después cuando alguien venía y les traía el papel y les pedía las cien monedas se las daban, ese papel empezaría a valer realmente cien monedas: un grado de abstracción mucho mayor. Que aumentó cuando fueron los estados los que garantizaron esos valores dibujados e inventaron los billetes —el “papel moneda”— y más cuando esos papeles empezaron a desaparecer, reemplazados por trocitos de plástico que aseguran que el portador puede pagar determinada suma, y más todavía cuando algo parecido sucede en una pantalla de internet: tan lejos de las tres ovejas, tan lejos de cualquier trozo de metal con dibujitos.

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La cultura es el camino hacia la abstracción de ciertos conceptos. Pocos han avanzado más, últimamente, que el dinero. Hace unos días estuve en Dinamarca y no necesité cambiar su moneda ni llevar en el bolsillo sus billetes: solo usé una tarjeta de plástico para todo, incluidos los chicles o la botella de agua.

Y el poder del Estado sigue ahí. El dinero abstracto, representado en la tarjeta, es un gran instrumento de control. Ese señor cubano vendía aquellas monedas guevaristas a los turistas que buscaban un objeto raro. Las cobraba a cuatro o cinco dólares, con los que terminaba comprando mantequilla o pollo en el mercado negro: un ejemplo de lo que algunos llaman economía sumergida, sin controles. Las transacciones a la dinamarquesa —a la global contemporánea— son tanto más elegantes, más limpias y, sobre todo, perfectamente controlables: todo queda registrado en el cielo del big data. Quién compró qué, cuándo y dónde, quién recibió qué, por qué, quién puede comprar y quién les debe y quién trata de escaparse y quién acepta.

El dinero siempre sirvió para controlar a quienes lo usan —para obligarlos a ganarlo, para definir cómo lo gastarán—. Ahora el control es cada vez más literal, más directo: lo que hacemos con él queda inscrito, listo para ser usado en nuestra contra. Así las cosas, alguno de estos días un nuevo Che Guevara va a tratar de convencernos de que volvamos a las viejas monedas. Aunque no necesariamente se adornen con su cara.

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