Cojo mis cosas de aseo, mi jabón, mi champú y hago fila en el baño, que tiene cinco duchas y un orinal. El agua sale helada pero ya me acostumbré. A las seis los rancheros llevan el desayuno en unas ollas grandes y las ponen sobre una banca como esas de iglesia. Los ciento ochenta y pico que estamos en Cabañas 1 de La Picota hacemos la fila y después nos sentamos en el patio a comer o nos vamos para la celda. Casi siempre nos dan chocolate, pan, queso, un banano o una naranja. A las siete de la mañana nos abren el taller de carpintería, me pongo un overol que tengo y empiezo a trabajar. Con un socio y 25 pelados más hacemos puertas, camas, comedores, de todo. A las ocho salimos un momento al patio, nos formamos de a cinco y nos cuentan. A las diez de la mañana traen el almuerzo. Cojo el plato, abro mi celda -hay reja y puerta, yo tengo llaves de la segunda-, lo guardo y a la hora que me da hambre lo caliento en un reverbero que tengo. Cuando traen bandeja paisa todo el mundo se pone contento, aquí la preparan muy bien y dan hasta chorizo.

A las cuatro traen la comida y a las seis de la tarde los guardias pitan y nos vamos para los pasillos, yo vivo en el segundo. A las ocho nos cuentan de nuevo y ya, quedamos libres. Yo me pongo a ver noticias y después novelas en el televisor que tengo en mi celda. Estoy siguiendo La Venganza. Normalmente me acuesto como a las doce porque me pongo a arreglar radios de los compañeros.
Los domingos son los días de visita. Como mi familia está en Bucaramanga, a mí me vienen a ver cada diez semanas, cuando la Cruz Roja me regala dos pasajes de bus. A veces me da duro pero los compañeros me llaman y sus familias me brindan mecato, cositas de comer. A las mujeres las hacen venir en falda, con las piernas afeitadas y en chanclas. Primero para poder requisarlas y segundo para que no hagan un cambiazo. Para eso también tienen un guardia entrenado para ver rodillas. Como las de los hombres son más huesudas así saben si alguien se está camuflando.

Parece una vida más o menos fácil pero no lo es, porque hacer todos los días la misma vaina y vivir recluido en una celda de dos metros por tres es para volverse loco, y eso que aquí es mamey. Lo digo yo, que estuve en una cárcel que era el infierno.

Yo me fugué de un batallón donde estaba preso desde el 92. Me hicieron varios atentados y cuando me di cuenta de que del próximo no me salvaba me volé el 22 de diciembre de 1996. Cogí para Panamá. Me fui en bus hasta Medellín y de ahí a Turbo, luego en lancha hasta Puerto Valdivia y después me monté en una avioneta que me llevó hasta Ciudad de Panamá. Fueron como ocho días de viaje. Allá me recibió un amigo y me puse a trabajar cuidando piscinas, pero el hombre andaba metido con droga. Yo no sabía y un día íbamos en su camioneta y la policía nos paró. El tipo llevaba camuflados varios kilos de coca y caímos. A mí me dieron cuatro años por cómplice. Me llevaron a la cárcel La Joyita. Eso sí es feo. Uno puede decir que Cabañas 1 es un hotel cinco estrellas comparado con esa prisión. En Panamá no hay guardias sino que la misma policía cuida las cárceles y no pierden oportunidad de dar bolillo ventiado. Cuando me llevaron había una huelga de hambre, como quince presos tenían la boca cosida y por eso entró la policía y tiró gases lacrimógenos y pimienta. Repartieron mucha madera esa tarde.

Los primeros días dormí en el baño. Lo secábamos y luego nos tirábamos a dormir como 30. El hacinamiento era tenaz. El galpón donde estábamos era para 160 y éramos como 235 en total. Además uno no tiene derecho a tener radio ni reloj, ni televisor, nada, y no descuentan por trabajo como pasa aquí. Me metieron un 4 de julio a las 11 de la mañana y salí un 4 de julio a las 11 de la mañana cuatro años después. Duré incomunicado 24 meses. Como se dice en la cárcel, me tocó andar terapiado para no enloquecerme. Hasta aprendí persa con un árabe e inglés con un jamaiquino. Apenas me soltaron, los de inmigración me deportaron. Cuando llegué me trasladaron de una a La Picota. O sea que llevo como diez años encanado. Según mis cuentas, en un año largo salgo.

A veces me da miedo pensar qué voy a hacer el día en que me suelten. Quiero quedarme en Bogotá y no volver a Bucaramanga, donde están mis hijos y mi esposa. Sé que estoy rehabilitado pero mucha gente se queda en el pasado -yo mismo tengo pesadillas con cosas que hice hace mucho rato- y ellos no perdonan. Si regreso allá me quiebran. Por eso a veces digo que soy el preso más feliz del mundo por una cosa: estoy vivo y no lo debería estar.

*Nombre cambiado a petición del preso.

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