Paco Paga

Estimado profesor: 

He leído muchas veces testimonios de hombres que pagan a sus esposas para tener sexo. Este intercambio lo vive la pareja como una fantasía sexual, como un aliciente para la relación íntima conyugal. Mi caso tiene puntos de contacto con este tipo de intercambio entre marido y mujer. Pero es su exacto opuesto también. Llevamos veinte años de casados con mi hermosa y amada esposa, yo soy ejecutivo medio de una empresa y ella, una espléndida ama de casa. Como nos conocemos tan al detalle, mi querida esposa pronto descubrió que la nueva secretaria invadía mi imaginación. En verdad, la secretaria es una mujer de treinta años que tiene todos los dones como para volverme loco. Mi mujer la conoció en una reunión de compañeros de trabajo, y cuando me preguntó por ella no pude responder con tranquilidad. A partir de ese momento, mi mujer no cejó de mencionármela, todas las noches, para preguntarme si pasaba algo con esa chica. Al principio pensé que lo hacía para echar fuego a nuestra relación, ya que cada vez que la traía a colación en nuestra cama, terminábamos, quizás por el efecto de los celos, en unos polvos magistrales. Pero finalmente descubrí que sus intenciones eran muy distintas. Cierta noche, mi esposa me preguntó cuánto estaría dispuesto a pagar por acostarme con Eliana, la secretaria en cuestión. Por supuesto, le dije que no me acostaría con Eliana en ningún caso, y mucho menos pagaría por eso. Pero mi mujer replicó que yo me acostaría con Eliana ni bien ella me hiciera la más mínima insinuación, y que sin duda pagaría una cifra razonable. Seguí negando, y finalmente mi mujer declaró:

—Lo que te ofrezco es que me pagues a mí para acostarte con ella. 

—¿Cómo? —dudé.

—Por mil dólares, te permito que te acuestes con ella. No me cuentes cuándo, pero tienes vía libre para avanzar, seducirla y conseguirla. El pago, claro, debes efectuarlo ahora.

 No me lo tuvo que repetir ni traté de seguir fingiendo. Saqué el dinero, pagué y, milagrosamente, gracias al estímulo de la libertad, conquisté a Eliana. Mi romance con Eliana lleva ya cuatro meses. Pero hace unos días cometí el error de comentarle cómo fue que se inició mi seducción. 

 Eliana me exigió que, a partir de entonces, cada vez que la quiera, debo pagarle 300 dólares. Le pregunté por qué, si hasta entonces me lo había dado gratis. Explicó que, siendo más joven y bonita, no iba a aceptar menos que mi esposa. Aunque Eliana me vuelve loco, profesor, 300 dólares me resulta una cifra excesiva, tanto para mi bolsillo como para mi dignidad. ¿Qué le parece que debo hacer?

Firma: Paco Paga

Estimado Paco Paga

 El peor error ya lo cometió: comentarle a su amante el excelente trato que le propuso su esposa. Ahora debemos remontar del mejor modo esa autoexpulsión del Paraíso. Mi consejo es que si usted tiene el dinero suficiente, acepte la oferta y le pague 300 dólares por cada vez que quiera estar con Eliana. El hecho de que se lo haya dado de gratis siendo usted casado no solo es un milagro sino que merece gratitud, y las gracias se pueden dar en dólares, sin desmedro de la dignidad de nadie, mucho menos de la suya. No se le ocurra pedir descuento, eso sí sería miserable. En todo caso, espacie la frecuencia de los encuentros, si realmente no puede disponer de la cantidad suficiente de dinero. Pero mi verdadero consejo es que trabaje el doble, si es posible, y le pague a Eliana los 300 dólares por encuentro que pide, y le regale mil dólares más a su esposa por ser magnánima y genial. 

Úrsula indignada

Estimado doctor: 

La inquietud que por años me acompaña es cómo debe sentirse una mujer en un país donde el valor y el deseo por la mujer están en su atractivo físico y si sale o no en la revista SoHo. Cómo debo sentirme cuando el chico que empiezo a conocer o los ya conocidos idolatran, idealizan y desean a esa mujer prototipo y no el cuerpo que amorosamente, auténticamente se les ofrece por parte de una mujer real. Intimidad... Cómo entender esta palabra, cuando en la cama se le mete a uno la niña de la edición del momento, cuando harían hasta lo imposible por poder estar con ellas, cuando el concepto de elección con la pareja es integralidad, pero que se desvanece en el momento en que una imagen de un par de tetas y un par de nalgas se atraviesa en la cabeza de ellos…

Gracias, doctor, si en algo puede aclarar mi duda.

Atentamente, Úrsula

Querida Úrsula

En primer lugar, usted debe sincerarse consigo misma: usted dice que le gustan “los hombres”, en general; pero, en realidad, los que le gustan en particular son aquellos que admiran a las modelos de SoHo y a las celebridades bellas en general. Es cierto que hay una multitud de hombres con esos gustos, pero en un planeta de siete mil millones de personas no creo que falten otros tipos de ejemplares masculinos. ¿Por qué no se enamora usted de un ciego, por ejemplo? ¿O de un monje budista? ¿O de un nonagenario? Estoy bastante seguro de que cualquiera de ellos se dedicaría exclusivamente a usted, si usted realmente fuera amplia de miras y no buscara su pareja exclusivamente entre aquellos hombres que se excitan con las modelos famosas. Usted no puede exigirle a una cierta cantidad de hombres que le gusten tales o cuales mujeres, eso forma parte de la libertad de elección de cada individuo; lo que sí puede hacer es nunca entregarse a ellos y, en cambio, elegir entre otros tantos millones de hombres que la mirarían solamente a usted, siempre y cuando, repito, usted se entregue plenamente. El mundo está lleno de sujetos que lo darían todo porque usted se les entregara en cuerpo y alma, y se lo agradecerían, fielmente, y sin ningún otro pensamiento, por el resto de su vida. ¿Está usted dispuesta a entregarse por completo en el amor, a amanecerlo con una sonrisa y adormecerlo con una canción? Entonces yo le puedo presentar más de mil hombres, hoy mismo, por la calle, que se quedarán con usted, y solo con usted, eternamente. Pero usted no los quiere, porque, deduzco por su carta, pertenece a los millones de mujeres que prefieren a los hombres que aman a las modelos.

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