Faltan todavía un par de horas para que amanezca, y en Corabastos ya hay trancón. Una fila de más de 50 camiones bloquea la entrada principal. Es como si en la madrugada la Bogotá diurna de los atascos, la contaminación y los pitos se trasladaran a ese océano de 30 bodegas en el occidente capitalino conocido como “la Despensa de Colombia”. Hay camionetas de platón abarrotadas de papa y arracacha boyacenses, tractomulas con contenedores refrigerados llenos de pescados y mariscos del Pacífico, furgonetas atestadas de lulo amazónico o arveja nariñense, camiones destartalados repletos de plátano traído desde Ecuador…

Corabastos es una ciudad caótica en medio de otra ciudad caótica: una mini-Bogotá con vendedores ambulantes de tinto, de combos libreta-esfero, de relojes. Con un callejón conocido como “Zona Rosa” —aunque algunos prefieren llamarlo“Cuadra Picha”—, que tiene bares, cafeterías, casinos, borrachos... Con un antiguo colegio donde hoy los comerciantes reciben capacitaciones. Con puestos de changua en taza de porcelana a 2000, de desayunos ejecutivos en cajas de icopor a 4000 y de potenciadores sexuales en vaso desechable a 3000.

Los 6500 comerciantes que trabajan en los locales de Corabastos surten de frutas, verduras, carnes y hierbas a Bogotá y sus alrededores. Desde dueños de carritos callejeros de jugo de naranja y tiendas de barrio hasta administradores de hoteles cinco estrellas y restaurantes de 50.000 el plato regatean víveres al alba. Por eso, el lugar cuenta con un centro financiero lleno de bancos donde se depositan los miles de millones que se mueven a diario en efectivo y que ni los funcionarios del complejo se atreven a calcular. La contabilidad de la mayoría de los negocios se lleva en las libretas que se venden en combo.

El centro de acopio más grande del país tiene 420.000 metros cuadrados. El pueblo más pequeño de Colombia (Sabaneta, Antioquia) es 35 veces más extenso. Sin embargo, la población humana —y vehicular— de Corabastos iguala a la de una ciudad intermedia colombiana, incluso la de una capital de departamento tipo Sincelejo: alrededor de 250.000 personas y 12.000 carros transitan por su veintena de calles cada día. En América Latina, solo una central de abastos supera estos números: la de Ciudad de México.

Un local básico de Corabastos mide 3x3 metros, pero suele contar con un segundo piso que sirve de bodega. El arriendo mensual puede costar de uno y medio a dos millones de pesos, dependiendo de la ubicación. Mientras más cerca a la entrada y más visible, mayor la renta.

Está abierto al público siempre, excepto el Viernes Santo, el 25 de diciembre, el primero de enero y en elecciones presidenciales. Todos los días, la entidad publica un boletín con los precios al consumidor. Así ha funcionado desde su inauguración, hace 42 años. Desde entonces, la hora pico es en realidad cuatro horas pico. Entre las 3:00 y las 7:00 de la mañana, el lugar es un hervidero. Hay tanta gente y tanto movimiento que la temperatura dentro de las bodegas puede sobrepasar los 15 grados centígrados, mientras afuera un viento helado puede llevar la sensación térmica a cero. Por eso —y por la cantidad de campesinos cundiboyaceses que llegan a diario para comerciar con sus productos—, la prenda más popular en Corabastos es la ruana.

Cargueros de mercancía conocidos como “coteros” corren a mil hasta por los recovecos más escondidos, con la mirada al piso y 100 kilos al hombro, el equivalente a una moto pequeña. Chiflan si notan que hay algún atravesado, pero si este no se mueve es probable que sufra un accidente. Otros que van atropellando despistados son los “zorreros”, que deambulan por las bodegas jalando carritos de balineras con mercancías para llevar a los camiones que las distribuirán. Hasta el centenar de celadores que vigilan el turno de la noche y los 58 policías que merodean la zona saben que tienen que despejar la vía sin pensarlo si no quieren terminar heridos.

Antes de las 3:00 a.m., Corabastos emana una mezcla de olores fortísimos que pueden irritar las narices y los ojos de quienes no están acostumbrados. La “central hortalicera” de la bodega 26 está perfumada de menta, de orégano, de hierbabuena. El aroma encebollado impregna a cualquiera que pise la 21. En cambio, la 29 y la 30 huelen dulce, a piña y a patilla, a mango y a papaya. El panorama nasal cambia un par de horas después de que amanece, cuando los restos de frutas y verduras pisadas por transeúntes y machacadas por carritos zorreros dejan un vaho podrido que se va al mediodía, cuando los dependientes —muchos dueños de sus propios negocios— limpian los almacenes.

A esa misma hora empieza a llegar la mercancía agroalimentaria —una de las palabras más usadas en la central— que se venderá la madrugada siguiente. Porque las horas para abastecer y desabastecer los locales están reguladas dependiendo del producto. La idea es evitar un colapso vehicular. Un reto nada fácil, pues, además de los 12.000 carros y camiones, Corabastos mueve entre 12.000 y 15.000 toneladas diarias de alimentos, peso que dobla el de la Torre Eiffel e iguala el de unas 30.000 vacas cordobesas de engorde, cuya carne se vende en los cuartos fríos de la “Despensa de Colombia”.

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