AMY WINEHOUSE

Amy fue una de esas voces especiales, para algunos, con cédulas jóvenes, irrepetible y genuina; para otros, con documentos firmados por registradores como Humberto de la Calle Lombana (y de ahí para atrás), amalgama de sonidos poderosos de cuando se cantaba con el alma… literalmente, se hacía soul. Digna heredera de aquellos años maravillosamente duros de desigualdades sociales, guerras ridículas (como todas) y sexo en ebullición, Winehouse fue mezcla de talento, drogas y alcohol. La Providencia, que suele desamparar a los rockeros, le pasó pronta factura por los excesos, el más emocionante de todos, el de los cinco Grammy de Back to Black. El mundo, poco acostumbrado a ver a sus ídolos marchar tan jóvenes, y resignado a encontrárselos calvos, barrigones y gangosos, volvió, si se me permite la atrocidad, a “emocionarse” con la ida de una mujer que cantó y sufrió, y que se ahogaba desde hace años en un coctel sin fondo, como bien sabe serlo alguien que se apellide “casa del vino”. Vino y, rápidamente, se fue.  

JANIS JOPLIN

Le ganó por un álbum a Winehouse, porque, en honor a la verdad, Joplin no logró publicar más de tres en vida y eso le bastó para ser mítica y para que no olvidáramos que tuvo siempre tan templadas sus cuerdas vocales como sus pezones. Fue heroína del blues-rock y a la inmortalidad llegó precisamente forrada en eso: en heroína. Su álbum Cheap Thrills vendió un millón de copias y lo grabó flotando en whisky. Muy recomendado, aunque algunos dirán que un CD de hits es mucho más hit que su gran hit.

JIMI HENDRIX

Nació como Johnny Allen en Seattle, futura cuna del grunge, y se cambió a James Marshall para terminar convirtiéndose en Jimi (si usted lo escribe Jimmy, está hablando de Salcedo). Tocó con los dientes, con la guitarra enroscada al cuello y tratando de presentar el instrumento como reflejo del instrumento que ocultaba entre las piernas. Infinitamente más reconocido en Gran Bretaña que en Estados Unidos, Hendrix, dicen, se ahogó con su fama y en su vómito. Recomendado: Axis: Bold as Love.

JIM MORRISON

Jim Morrison lo hizo muy bien como letrista y fue más admirador de poetas malditos que poeta. Fiero con la gente, enemigo del establecimiento y de destruir el establecimiento luego de beber y fumar de todo. A Ray Manzarek le debe el sonido que enmarcó sus acompasados gemidos (oiga los de Strange Days). Oliver Stone le dedicó una película en la que siempre está drogado, haciéndole un flaco favor a un hombre que, reconozcámoslo, abrió las puertas de la percepción a patadas. Pero qué buenas patadas.

KURT COBAIN

Si Kurt Cobain y Nirvana no se inventaron el grunge, alguien se inventó el grunge para hablar de lo que él y su grupo hicieron. Apático a todo, desganado y con una marcada tendencia a importarle un culo él mismo, Cobain se convirtió en estandarte de una más de las generaciones de gringos que se aburren notablemente por tenerlo todo. Fue efímero el grunge, incluso hoy señalado por algunos como una pieza de la nada, aunque de él nos quedan clásicos como el trilladísimo Nevermind.

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