Basta ver la foto de William Mebarak Chadid en la contraportada para adivinar el talante de su libro Al viento y al azar: pompón de algodón blanco inflado con blower, gafa oscura, sonrisa de medio lao, saco de rayas amarillas y blancas, camisa azul cielo. Puedo adivinar el resto de la foto hacia abajo: camisa por fuera, pantalón de lino color blanco o crema, mocasines sin medias. Difícil no evocar en esa foto a Joe Pesci en Miami, durante un descanso en el rodaje de cualquier película de mafiosos de Martin Scorsese. Se ve que don William es lo que se llamaba antes, en los ochenta, un social bacán; su libro es lo que siempre se ha conocido como un vacilón.

Como en la más animada parranda, hablan los compadres del anfitrión en una seguidilla de prólogos. Eduardo Arango Piñeres dice en el suyo que se atreve a “pergeñar estas palabras liminares a manera de introducción” para recordar otros libros de su amigazo: Mamboletras, Si yo fuera presidente, El hombre de las gafas oscuras (¡ajá!) y Testimonio de un hombre: no podía ser más original este último título. Como estamos de parranda no nos midamos, y comparemos a Billy con el más célebre personaje literario de todos los tiempos. Qué carajos, se dice Arango Piñeres: “William, cual moderno Quijote —que lo es por lo que tiene de soñador y de filántropo—, refleja en estos artículos una constante preocupación por las injusticias que se dan en nuestras comunidades del Tercer Mundo…”. Chocan las copas, se oyen los aplausos, pasa de mano en mano la botella de Old Parr…

¿Qué sería de una fiesta de compadres sin el numerito del hijo o la hija con talento? Y ahí está también el prólogo de la niña, que para quien no lo sepa todavía es nadie menos que nuestra Shakira, gloria nacional. Ya lo dice Antonio Celia Cozzarelli, otro compadre, en su prólogo: William es “un hombre cuya máxima producción es ser padre de esa gran figura mundial, orgullo de Barranquilla y de Colombia, como lo es Shakira”. Aplausos. La parranda es pa amanecé. Eche, ¿dónde está Emilianito que no llega?

Además de prologuista, nuestra más célebre cantante fue también la editora del libro. Y por lo que dice, conoce muy bien el oficio: “Durante mi gira en México, cada noche al bajarme del escenario me ponía mi pijama más cómodo y, con una taza de café entre los dedos, ojeaba las páginas de este libro”. Yo llevo más de quince años como editor y puedo decir que nuestro trabajo es así, tal como lo describe mi famosa colega: yo también trabajo en las noches después de bajarme del escenario, con mi pijama más cómodo y con una taza de café “entre los dedos”. Es cuestión de ojear nada más. ¿Para qué leer? “Ecuajéi”, canta Maelo desde el picó. Chin chin.

Hay que recordar que Shaki es mucho más que una voz en eterno vibrato y unas caderas que no mienten. Es también compositora, conoce la lucha brava de un ser humano con las palabras. Y en su intervención en esta parranda lo recalca: “Una vez logré apreciar el aftertaste de las letras en mi paladar de recién nacida compositora, nunca más dejaría de escribir hasta hoy, así como él tampoco jamás lo ha conseguido y para la muestra un botón: a sus ochenta años publica un nuevo libro y por su culpa ahora me empiezan a dar ganas de hacer lo mismo”. En el lenguaje de los caballeros andantes —para volver a don Quijote—, esto es lo que se conoce como alabanza con amenaza. Quedamos, pues, advertidos: dentro de poco tendremos que vérnoslas con un libro de Shakira.

Tendría con qué hacerlo, han dicho que ella es sumamente inteligente, que fue una niña prodigio. En efecto, la complejidad de su pensamiento se puede ver en algunas frases de su prólogo, como esta: “El amor que siento por mi padre y que profeso, no ‘al azar’ sino de cara al viento, jamás ha sido ciego, puesto que sólo basta con ver el material de que está hecho su alma para quererle aún más”. Pensamiento complejo, estructuras sintácticas sofisticadas; la falta de concordancia seguro no es un error que se le escapó a la sagaz editora entre los dedos sino un sutil guiño ontológico… Como a los grandes filósofos —Edgar Morin, Heidegger— o a sabios universales del tipo de Alejandro Jodorowsky, hay que leerla dos y hasta tres veces para rescatar el significado profundo de sus palabras.

Pero me estoy entreteniendo más de la cuenta en los preliminares. Entremos de una vez en materia y comentemos los artículos de don William, “Billy, para sus familiares y amigos”, como se nos advierte desde la página 23. El título, Al viento y al azar, intuyo que describe el método de selección de esta antología. El autor o su editora tiraron al viento los papeles mecanografiados que Billy tenía en sus cajones, y al azar recogieron los que les quedaron más cerca. No se lea en este rasgo una debilidad: recordemos que este libro es un vacilón, una parranda donde los amigos hablan de cualquier cosa. Arreglan el país, se abrazan, bailan, recitan o cantan con voz aguardentosa, deliran, hay conato de pelea, y al final todos van cayendo rendidos. El anfitrión, en últimas, puede hacer lo que le da la gana. También su hija.

El capítulo titulado “Historias cortas” son más bien noticias alargadas, fortalecidas con el poderoso inflador retórico del autor y sazonadas con su buen gusto, depurado con esmero durante sus largos años de residencia en Miami: “El damasco fresa de los cortinajes, la realeza del brocado de los almohadones encima de los muebles, la luminosidad de las cristalerías y los nevados florones del techo, todo aquel conjunto interior ofrecía una decoración de belleza y armonía”. Joooooda.

Sorprende gratamente la sección intitulada “Versos que cometí”. Hay dos versiones de un mismo poema, escritas con diez años de diferencia. En este rasgo veo en Billy el permanente trabajo con la palabra, con sus obsesiones. Lo veo como a Unamuno, Juan Ramón Jiménez u otros grandes de la poesía, que siempre estaban corrigiendo sus versos. En la primera versión, Mebarak escribe: “Tus pechos punzantes que atesoran/ la dulce miel de la sensualidad,/ los palpo y siento que acaloran/ mi loco sopor y mi ansiedad”. Me maravillaba todavía con ese oxímoron luminoso —sopor-ansiedad—, cuando en la página siguiente veo que en esos diez años el paciente orfebre de la palabra ha pulido ese último verso y lo ha corregido por “mi loco ardor y mi ansiedad”. No desmerece, y el poema gana en claridad y profundidad. Diez años bien invertidos, toda vez que además de la corrección agrega una estrofa clara y fina como el cristal Baccarat, brillante como la seda: “Y al galopar incierto de las horas/ solo escucha la queja del placer,/ imposible su violencia detener/ el surmenage sexual como las olas”.

“Amores volátiles”, sobre sus novias de juventud, es el capítulo más celebrado por sus compadres en los prólogos y por su editora. Vemos en acción a un donjuán imbatible, delicado y dedicado con el bello sexo, que está de acuerdo con su madre y su tía cuando le preguntan, después de conocer a una de las conquistas de Billy, “Mijo, ¿qué te ha pasado? ¿Dónde conseguiste ‘eso’?”. La sutileza es su rasgo más característico: “Ella empezó por hacerme un guiño con el rabillo del ojo, valga la redundancia. Pero lo pronunciado de su otro rabillo fue la causa de un breve síndrome de disnea…”. El subrayado es del original. Elegante, compa.

Al viento y al azar es un libro lleno de sorpresas, una reunión de amigos donde unos hablan al comienzo y le dejan la palabra al anfitrión. Una parranda con discusión y música. Mejor dicho, un vacilón.

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