La cita con Gabriel Jaime ‘Barrabás’ Gómez es en el restaurante del Hotel Charlee, en una esquina del Parque Lleras de Medellín, su ciudad natal. Han pasado 20 años desde que una amenaza de muerte, en pleno Mundial de Estados Unidos 94, lo sacó definitivamente del fútbol. Su alineación en la Selección Colombia siempre fue polémica en una época en que se hablaba de la “rosca paisa”: Francisco Maturana era el director técnico y Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez —hermano de Barrabás—, su asistente. Varios jugadores de Atlético Nacional eran la base del equipo y mucha gente atribuía a su hermano su puesto en la selección. Aguantó todo tipo de rechiflas en estadios, en la calle, críticas durísimas de la prensa pero, sobre todo, muchas amenazas de muerte. Hasta que llegó la amenaza definitiva, apenas unas horas antes del partido contra Estados Unidos, el segundo de ese Mundial, después de perder contra Rumania 3 a 1. Colombia había llegado como favorita y se convirtió en la gran decepción del evento.

Hoy se da el lujo de contar que estuvo en cuatro mundiales de fútbol, dos como jugador (Italia 90 y Estados Unidos 94), dos como asistente técnico, al lado del Bolillo (con Colombia en Francia 98 y con Ecuador en Japón/Corea 2002). Además, fue titular en el recordado 5-0 contra Argentina. Jugó en Nacional, Millonarios e Independiente Medellín. También ha sido director técnico, y un título de la Copa Merconorte, en 1998, al frente de Nacional, es su mejor logro.

Llega al hotel y su amabilidad me sorprende ante su fama de hombre explosivo. Ya no tiene el bigote que lucía en sus tiempos de futbolista. Tiene 55 años. Me cuenta que viene de jugar tenis, que trata de jugar todos los días y que no se pierde un partido del deporte blanco. Su último viaje de vacaciones fue a Miami. El motivo: el Sony Master 1000. Vio muchos partidos, entre ellos los de los colombianos. Le tiene mucha fe a Alejandro González, un joven que ya puede contar que le ganó un set a Djokovic. “Es muy amigo mío”, dice con orgullo. Los meseros se acercan con el menú y no lo reconocen. “Son muy jóvenes —dice él— no debieron ver ni siquiera el Mundial del 94”. Además de jugar tenis, hoy está al frente de varios gimnasios Vibra Fitness en Medellín. Tal como acordamos por teléfono, cuando lo contacté desde Bogotá, acepta hablar de su carrera deportiva y lo que vino después de su retiro.



¿Es verdad que su abuelo fue quien le puso Barrabás?

Lo mío no era el estudio, pasé por los mejores colegios acá en Medellín, pero no me gustaba estudiar. Me volaba, me tiraba por un muro para irme a entrenar, me echaban, me volaba, y mi mamá me mandaba a trabajar con mi abuelo, con el papá de ella. Él iba a misa todos los días a las seis de la mañana, yo lo acompañaba, y me decía “Barrabacito, vamos para misa”, y luego a trabajar.



¿Y en qué trabajaba?

Tenía una agencia de barrotes, en ese entonces Medellín pasaba por una época dura, difícil, pero vendía al por mayor. Yo trabajaba con él, pero seguía metido en el fútbol.



¿En su familia ya había un vínculo con el fútbol, o cómo se da eso de que usted y Bolillo terminaran jugando?

Mi papá toda la vida estuvo vinculado al fútbol. Me crie en el estadio Atanasio Girardot, en el barrio de nosotros; cerca de ahí, vivían jugadores y técnicos muy importantes. Vivía Pacho Hormázabal, que fue técnico del Medellín; vivía César López Fretes, un técnico paraguayo que dirigió Nacional; vivían jugadores argentinos muy importantes, y yo vivía alrededor de ellos. Y mi papá era del fútbol también, hacía asados con ellos, iban a mi casa.



¿Pero su papá también fue futbolista profesional?

Él jugaba en Huracán, hace como 60 años, un equipo semiprofesional, cuando empezaba el fútbol en Colombia. Él decía que jugaba bien —yo nunca lo vi—. Mi papá fue presidente del Medellín. Empezó con Pony Fútbol, que es un torneo muy conocido acá en Colombia, que se hace en enero; de ahí salieron jugadores como Falcao, James, Guarín, David Ospina… Él fue el gestor de ese torneo con un periodista que se llamó Guillermo Hinestroza, porque mi papá era director nacional de ventas de Noel, y Noel lo patrocinaba. Empezó con eso, hasta yo jugué Pony Fútbol. Al final, Bolillo escogió las inferiores del Medellín y yo, las inferiores del Nacional.



¿Y usted cuándo debutó en el fútbol profesional?

Debuté en 1978. Estaba en un equipo de Nacional que se llamaba Cosmos, y Zubeldía, el técnico del equipo de primera división, me vio y me mandó la razón de que fuera a jugar con el equipo principal. Ahí me tocó ya con veteranos, como Maturana y otros ídolos míos.



¿Qué edad tenía en ese momento?

18 años.



¿Y siempre jugó de volante?

No. Empecé de delantero, jugué de delantero mucho tiempo. Tuve la oportunidad de estar en esa posición en la Selección Colombia de Toulon, Francia; jugué con el doctor Ochoa Uribe en el repechaje para México 86; jugué en Nacional, en Millonarios… Hice muchos goles. Zubeldía me decía que me quería llevar a Argentina y que podía ser el mejor puntero de Suramérica: yo era rápido, habilidoso.

¿Cuántos goles hizo en su carrera?

Hice 76 goles. Hice goles en Copa Libertadores, con la selección también. A la Selección Perú le hice gol en un amistoso. Era compañero de Guillermo la Rosa y de Cueto en Nacional, y ellos me decían “nos vas a hacer echar a todos”. Es que les hice un gol de “palomita” con centro de Herrera, un golazo. Yo hacía muchos goles.



Yo me acuerdo de un gol que le hizo a Argentina en la Copa América del 87…

Ahí jugaba de delantero con J.J. Galeano, como un media punta. Ese partido fue curioso. En esa Copa América, Pacho Maturana me dijo: “Usted el único partido en el que va a jugar es contra Argentina”. Pacho es muy inteligente y sabía cómo hacer daño, él tenía claro que solo me quería tener contra Argentina.



¿Y por qué solo lo tenía para ese partido?

Porque uno escoge los jugadores de acuerdo con los partidos, y Pacho era muy inteligente en eso. A mí, Luis Cubilla, un técnico que murió, al que nosotros le aprendimos mucho en Nacional, me dijo alguna vez: “Mire, este partido no lo va a jugar usted; Carlos Ricaurte va a jugar por usted”. Yo no entendía, le preguntaba por qué. Y él me decía: “Porque él es el único que puede hacer gol hoy”, y ese partido lo ganamos 1-0 contra América, con gol de Ricaurte.



¿Quién lo puso a jugar de volante?

Todo empezó con el Chiqui García, en Millonarios, que me ponía mucho de media punta, arrancando desde mucho más atrás. Pero en esa posición hice 20 goles al lado de gente muy buena como Funes, el Pájaro Juárez, Iguarán, entre otros…



¿Cómo era el Chiqui como técnico?

Trabajaba bien, manejaba muy bien los grupos y sabía escoger muy bien a los jugadores en el momento justo y exacto. Y el Chiqui era eso. Sabía todo, nos decía: “Mire, ese viene de una lesión en tal pierna, viene mal del tobillo, ese está adolorido”, y era para que fuéramos de una a ablandarlos ahí.



¿Y Maturana?

Pacho le dio una identidad y un estilo a Colombia a nivel mundial. A nosotros nos empezaron a reconocer después de eso. Pacho le dio la jerarquía y esa personalidad de ir a jugar a cualquier parte del mundo. Gracias a él, nosotros ya no nos arrugábamos de ir a jugar aquí o donde fuera, nos quitó cualquier complejo de jugar contra el que fuera. Y aparte de eso, era un amigo de todos.



¿Por qué esa llave Pacho-Bolillo funcionó tan bien? Hoy los asistentes técnicos no son tan protagonistas…

Pacho era tranquilo y Bolillo, explosivo. Era el que empujaba, era un buen complemento. Uno era bravo y el otro, más racional.



Usted hizo parte de la selección que fue al Mundial de Italia 90, ¿qué recuerda del debut?

Antes del primer partido en Italia no podíamos dormir por la ansiedad. Yo dormía con Iguarán y a las tres de la mañana los dos estábamos sentados en la cama porque no podíamos dormir del miedo: uno siente miedo. Lo curioso es que, al otro día, llegamos y vimos que nos tocaba jugar con unos gorditos ahí. ¡Esos de Emiratos Árabes eran unos gorditos! Ese día no jugamos bien, jugamos mal, fue un partido muy difícil. El primer partido es muy importante, menos mal ganamos.



Después vino la derrota con Yugoslavia y el inolvidable 1-1 contra Alemania. ¿Cómo era el ambiente en el camerino?

Compartíamos el mismo camerino con los alemanes. Ellos estaban en una esquina y nosotros en la otra. Nosotros éramos todos azarados, con el ceño fruncido, tensionado, poníamos música. Ellos apenas se ponían las medias, nos miraban de reojo, estiraban, pero calentaban solos, muy tranquilos. En cambio nosotros, calentando en fila india, y Chicho Pérez gritaba: “¡Quiénes somos!”, y respondíamos: “¡Colombia!”, y esos alemanes pensarían “estos indios de dónde vienen”. “¡A qué vinimos!”, “¡a ganar!”. Nos miraban raro, nosotros ya sudando, transpirando, y ellos nos veían como bichos raros, como diciendo “estos manes qué”. Me pareció muy divertido.



¿Y en la cancha qué recuerda de ese partido?

Después del gol de Rincón, ya al final del partido, yo le gritaba a Lothar Matheus, el 10 de ellos, llorando de la emoción: “¡Finish! ¡finish!”. Yo no sé hablar inglés y era lo único que se me ocurría. Él apenas me hacía un gesto con el pulgar levantado de “bien, bien”, como diciendo “muy merecido”. Es gente muy formal, muy profesional.



Viendo las estadísticas en ese partido contra Alemania a usted la sacaron amarilla, ¿se acuerda por qué?

Cogí a unos de esos grandotes y le metí una patada... si no estoy mal, al 9, a Rudy Voeller. Antes, uno ni sabía quiénes eran, ahora por televisión los conoce a todos, pero antes los veía gigantes, los miraba como unas reinas de arriba abajo. Uno miraba qué guayos tenían y así... Nosotros abrimos el camino, éramos unas huevas. El único que jugaba en el exterior era el Pibe, de resto en Colombia, ya ahora todos juegan por fuera.



Después vino Camerún y la eliminación del Mundial…

Antes del partido estábamos peleando por plata, a nosotros nos dieron muy duro económicamente. Éramos tan huevones que nos ganamos 1000 dólares. Ahora me imagino que los muchachos que van a jugar volverán con 100.000, 150.000 dólares. En ese entonces éramos tan bobos que iban marcas de guayos, y León Londoño, presidente de la Federación, como era más vivo que nosotros, nos hizo pintarles líneas para que se vieran como Adidas. El utilero nos hizo quitar la raya blanca, así tal cual, para jugar como Adidas. Ustedes tienen que jugar con Adidas, que eran unos guayos más duros que el berraco, y el utilero nos los pintaba. Esos guayos no son los guantes de ahora, hoy son un lujo de guayos, los mejores.



¿Y al final cuáles fueron los premios?

No ganamos nada. Vinimos de un mundial con 1000 dólares. León Londoño se quedó con la plata. No sabíamos que por cada partido daban como 45.000 dólares. ¿Sabe qué nos salvó? Sofasa. Nos dieron a cada uno un Renault 4. Nosotros éramos tan bobitos que peleábamos por un Renault 6. Pero al final nos dieron a cada uno un Renault 4, un carro que costaba tres millones de pesos. Ese fue nuestro premio.

¿Y del partido como tal qué recuerda?

El partido lo perdimos en tiempo extra. A mí me sacó Pacho y entró Redín. Cuando me senté al lado de él, en el banco, me dijo: “La cagué cuando te saqué”, no porque hubiera entrado Redín sino porque no había marca en la mitad, se abrió un boquete en la mitad. Tal vez si me hubiera quedado habríamos podido llegar al 0 a 0, y René Higuita era un berraco para tapar penaltis. Pero bueno…



¿Cómo era Maturana en el camerino?

Pacho es muy tranquilo, muy frío, muy inteligente, corrige bien y, a veces, cuando se ponía bravo, era muy bravo, cuando se emputaba, era realmente bravo.



¿Cómo era su relación con Bolillo? ¿No era incómoda esa relación con su hermano en el cuerpo técnico?

Pacho tomaba las decisiones. Bolillo me quería sacar y Pacho me metía, me trataba como a cualquier jugador, bien, buena relación, todo con respeto. Yo demostraba en la cancha lo que tenía que mostrar.



En esa época la gente hablaba de “la rosca paisa”, ¿sentía mucha resistencia en los estadios?

Sí, mucho. Un día fuimos a jugar a Cali contra el Parma, un amistoso con la selección, y Pacho me dijo: “No te voy a poner porque te voy a proteger acá en Cali”. El equipo estaba jugando mal y ya después me dijo: “Entrá y organizá”, porque yo ofrecía equilibrio. Y empezaron a silbar, pero a los 20 minutos hicimos gol, pase mío, y ganamos, ya la gente me aplaudía, pero el fútbol es eso…



Ya se ha contado que algunos jugadores profesionales fueron a La Catedral a jugar con Pablo Escobar. ¿A usted le tocó, lo conoció alguna vez?

No, a mí no me tocó. Nunca lo conocí, hay jugadores que sí. Conocí al Mexicano en Millonarios, pero nunca estuve en La Catedral. En esa época era muy presente el narcotráfico, acá en Medellín gente bien estuvo metida en eso. Nunca sentí que Pablo estuviera ahí, tal vez los testaferros de él a los que les gustaba el fútbol, pero de Pablo nunca supe. Del Mexicano todo el mundo lo sabía.



¿Y dónde conoció al Mexicano?

Una vez nos llevaron allá a la finca de él, cuando quedamos campeones, pero él estuvo ahí media hora y se fue. Nos felicitó y chao. Y después se armó una fiesta como de tres días.



¿Lo volvió a ver? ¿Él iba a los entrenamientos, a los partidos?

No. El hijo era el que viajaba con nosotros. Era un peladito, tenía 15 años máximo, y viajaba en el bus con nosotros. Aquí en Medellín nos sacaron un día a botellazos y él estaba con el equipo, pero era un peladito, entrenaba y jugaba con nosotros. Yo creo que él no tenía idea de lo que vivía el papá.



¿Volvió a saber del hijo?

No, nunca.

Hablemos del 5-0. ¿Es cierto que usted le pidió al árbitro que no expulsara a Simeone?

Sí, Simeone le pegó un codazo al Tren Valencia y le rompió la boca. El árbitro se llamaba Ernesto Filippi —que pitó muy bien—, y le dije: “No lo vas a echar porque después dicen que les ganamos con 10, nada, no lo echés”. Y el árbitro me fue diciendo: “Listo, pero hágales otro gol a estos hijos de puta”.



¿Y se sentía mucho la rabia de los argentinos en el campo?

Ya se sentían impotentes, teníamos una selección muy fuerte. Ellos eran muy lentos atrás, nosotros con el Tren, Freddy, Asprilla y el Pibe, que era muy inteligente, los acabamos. Teníamos una defensa sólida y Óscar tapó muy bien.



¿Qué más recuerda de ese día?

Tengo una anécdota de cuando entré al estadio antes del partido y vi ese escenario grande, impresionante. Caminé hasta la mitad, me devolví al camerino, vi a Pacho como asustado y le dije: “Pacho, ¿están cagados?, fresco que vamos a ganar, nosotros ganamos fijo”. Él se quedó callado, pero me acuerdo de esa imagen, como que él sabía que algo iba a pasar. Tenía un convencimiento total de nosotros. Había un ambiente único.



¿Los argentinos hablaban mucho dentro del campo?

No, callados, no hablaban, estaban muertos del miedo. Nosotros fuimos contudentes. Hay partidos que uno llega seis veces y no hace ni un gol. Nosotros fuimos muy efectivos ese día.



¿Cuál fue el error del Mundial del 94?

Hubo mucha gente metida ahí y fue muy aburridor. Había mucho roce con la prensa, uno salía al lobby y había 200 periodistas. Nos la pasábamos encerrados en la pieza del hotel. Había mucha crítica y una guerra de comentarios, cuando ir a un mundial es bueno para todos. Pero la gente criticaba, jodía, y era como un ambiente de querer destruir. Y entonces no hubo tranquilidad en el hotel, no era como en Italia que uno salía y había piscina, cancha de basquetbol para distensionarse, campos para caminar, no había prensa metida ahí todo el día. En Estados Unidos vivíamos en una pieza pequeña, el hotel era chiquito y había mucha gente.



¿Con quién compartió habitación?

Con Faustino.



¿Y sí pasó todo lo que se dice con él, que metía mujeres al hotel, que se iba de fiesta?

No, eso es mentira, inventan tantas cosas que ya da es piedra. Que uno salía a tomar, eso no es cierto. Estábamos en el Mundial.




¿Cómo era el Tino de compañero de cuarto?

Faustino hablaba hasta por los codos. Habla muy charro, es muy querido, es muy inteligente, lo que pasa es que es alegre, contento, bonachón, pero Faustino hubiera sido el mejor jugador del mundo. Lo que pasa es que nació en Colombia y nosotros en Colombia somos fiesta.

¿Y qué sector de la prensa fue el perjudicial en el Mundial?

Los que se creen capos acá en Colombia, que piensan que hablar duro es criticar y hablar con ironía. Por ejemplo, Iván Mejía fue uno de ellos. Con ese tono de voz. Todavía sigue igual, critica con odio. Uno puede criticar pero sin rabia, a él se le siente y después de tantos años sigue con eso, con amargura.


¿Hoy cómo se la lleva con la prensa?

Bien. Lo que pasa es que a veces decir la verdad resiente, y yo siempre he sido franco y sincero, lo tratan a uno como mala persona, que uno es desleal, que uno es una porquería, eso ha sido el mayor problema. Digo lo que siento y lo que pienso, me dicen que tengo que ser más político. Me choca la injusticia y lo que no es verdad.


¿Cómo llega la amenaza que lo lleva a usted al retiro inmediato y definitivo del fútbol?

Estábamos en el hotel a la espera de la charla técnica del partido contra Estados Unidos. La cita era a las 11:00 de la mañana, eran las 11:30 y nada que llegaban Pacho y Bolillo. Me paré a buscarlos y cuando los vi, Pacho venía llorando y Bolillo no podía ni hablar. Los amenazaron de muerte con la advertencia de que yo no jugara; que si jugaba, mataban a la familia de Pacho, a mi familia, a mí.


¿Y de dónde vino la amenaza?

Eso vino de parte de Cali. Fue gente que estaba en el mismo hotel. En los televisores de los hoteles salían mensajes que uno recibía y ahí le llegó el mensaje a Pacho. Yo no le quería parar muchas bolas a eso, y les dije: “Yo juego”; en Colombia me habían amenazado muchas veces y no había pasado nada, pero Pacho llegó muy sentido y me dijo que no jugara. No hubo ni siquiera charla técnica, el equipo se bajonió, y entonces ahí decidí que no volvía a jugar fútbol.


¿Pero usted supo quiénes fueron exactamente?

Gente de Cali. Había intereses, eso era de intereses, hay jugadores que quieren vender, si no están jugando no los venden, pienso que era más por eso, de intereses de la gente del fútbol, gente que maneja jugadores.


¿Pero eran amenazas de gente del narcotráfico?

Gente del fútbol.


¿Hoy, después de 20 años, sabe el nombre de esas personas?

Prefiero no meterme en eso. El primer partido, contra Rumania, lo había jugado bastante bien, lo que pasa es que perdimos. Antes de ir al Mundial, jugamos 30 partidos, viajamos por todo el mundo. Ese equipo llegó desgastado con concentraciones de todo tipo y muy convencido.



¿Y usted qué hace después de que Maturana le dice eso?, ¿se queda en el hotel, va al estadio, qué hace?

Voy al partido con el equipo, pero no me cambio ni siquiera. Me siento a un lado, viendo perder a Colombia. Estados Unidos nunca nos había ganado y nos ganó ese día.

Después del primer partido no pudieron reaccionar…

Hubo un bajonazo anímico, pero todavía había posibilidades porque seguían Estados Unidos y Suiza, equipo al que le ganamos. Pero la selección sintió toda la derrota, más las amenazas contra mi vida.



¿Las amenazas de antes del Mundial cómo eran, le dejaban notas, lo llamaban?

Una vez me llamó un tipo a la casa y me dijo: “Mire, Barrabás, me mandaron a matarlo pero yo no lo quiero matar, váyase del país”. Yo le dije: “No me voy. Tengo gente que me respalda y me puede ayudar”, y así. Una vez una persona de acá me dijo que había oído una conversación en un taxi que me iban matar y a esa persona sí le creí porque era alguien en quien confiaba. Me asusté mucho. A Bolillo también lo amenazaron. Un general de la policía le dijo: “Lo tenemos que cuidar porque lo quieren matar”, lo hicieron bajarse de último de un avión en el que iba, ahí lo querían matar. Llegaban cartas también, todo lo que quiera.



¿Pero entonces usted andaba con guardaespaldas, con polícias, cómo se cuidaba?

Después del Mundial, me quedé en Los Ángeles. Dije “me voy para Las Vegas”, y allá me encontré a Santiago Escobar, el hermano de Andrés. Éramos muy amigos, le dijimos a Andrés que se fuera conmigo. Me acuerdo despidiéndome de él en el aeropuerto, porque fuimos a despedirnos, y cuando lo mataron, ahí sí me quedé allá, me puse nervioso, me quedé casi tres meses en Estados Unidos. Cuando volví a Colombia, me montaron en unos carros de seguridad, y mi casa vivía protegida. Me puse a llorar, salía con guardespaldas, mi hijo estaba recién nacido, me sentí muy mal.



¿Después de su retiro lo siguieron amenazando?

No, ya no, pero era muy angustiante todo. Vivía muy nervioso.



¿Alguna vez sintió una amenaza real contra su vida?

Uno sí se ponía nervioso, o azarado, pero no, solo amenazas. Aquí a uno lo matan o por mujeres o por deber plata, eso pensaba yo para no angustiarme.



¿Y Andrés Escobar?

A nosotros nos advirtieron allá en Estados Unidos que no saliéramos porque era peligroso, que si íbamos a salir, no fuéramos a ningún lado, pero a Andrés lo quería todo el mundo, él se confió de todo eso, él venía casi a casarse.



¿Si no hubieran existido las amenazas, para cuándo tenía planeado su retiro?

No tenía planeado mi retiro, tenía contrato con Nacional todo el 94. De hecho, el equipo respetó el contrato. Ahí seguí trabajando en las inferiores, y en el 95 dirigí a Envigado. Ahí empecé mi carrera como técnico.



¿Cómo ha sido esa experiencia?

Es distinto. Ahora, los técnicos no se están respetando entre ellos. Acá no hay respeto. Te echan a los cinco o seis partidos, y cuando oyen por la radio que ya echaron a alguien, ahí mismo corren y mandan hojas de vida. Uno muriéndose y los otros enterrándolo. Y fuera de eso, están trabajando por nada, no hay respeto, gente sin mucha trayectoria, cobran cualquier cosa, se regalan. En Medellín vi cosas muy horribles.



¿Como qué?

Yo dirigía la sub-20 de Medellín y había gente en el equipo profesional que ganaba menos que yo, se regalan por nada. Fuera de que a un técnico le toca bien difícil, un entrenador sufre mucho, los jugadores son irreverentes y cómodos, la responsabilidad siempre es del técnico. Uno a veces sale con la cabeza entre el rabo mientras los jugadores se van de fiesta. Pierden, y uno los ve riéndose. En cambio uno sale preocupado de que lo van a echar, en fin.



En el Mundial del 98, usted fue como asistente técnico del Bolillo. Se dijo que había divisiones en el equipo, roscas internas, Asprilla fue expulsado de la selección en pleno Mundial. ¿Qué tan cierto fue todo?

En el 98 no es que fueran roscas, los que juegan están contentos y los que no juegan no están contentos. Hay gente que es buena persona y otra que no lo es. El único problema real fue con Faustino. Hubo una reunión donde decíamos que todo lo que se fuera a vivir en la selección ahí se moría, y él incumplió esa regla: habló después de que lo sacamos para que entrara otro compañero. Eso fue maluco. Unos dicen que había gente que jalaba para un lado o para el otro. Los que jugaron no dicen eso. Lo que pasa es que el fútbol es también como una familia, es convivir mucho tiempo, meses de concentraciones...
¿Habla mucho con Bolillo?

Sí, él está en Panamá, está con el Pánzer Carvajal, Nelson Gallego y Élkin Sánchez.



Usted tenía fama de provocador dentro de la cancha, que le gustaba torear a los del equipo contrario, ¿es cierto?

Yo era de temperamento, era líder, tenía personalidad. Una vez jugaba en Nacional contra Millonarios y todo el estadio me gritaba, 50.000 personas gritando: “Barrabás hijueputa”, y Maturana me decía: “A vos lo que te gusta es que te griten”, porque eso me hacía jugar mejor. Me sacaban pancartas, cosas, y la prensa y la gente que criticaba mucho.



¿Y sus compañeros de la selección cómo eran?

Aristizábal y Faustino hablaban mucho. Gildardo Gómez, Perea también hablaba mucho desde atrás, de resto, más bien callados.



¿Cómo era el Pibe?

El Pibe lo braviaba a uno cuando nos veía desconcentrados o medio arrugados. Nos decía: “¿Te vas a cagar o qué?”, “¿si estás cagado por qué no me das la pelota más bien?”. Un crack. Nunca se arrugaba.



Como volante usted tuvo que marcar a gente de mucho talento, ¿quién es el 10 que le costó más trabajo marcar?

El que nos mató a nosotros: Hagi, Gheorghe Hagi, el rumano. Era rápido. Me acuerdo de que en ese partido, a los 20 minutos yo decía: “Esto lo tenemos ganado”. Teníamos un convencimiento que fue el que nos mató. No nos pasaban de la mitad de la cancha, pero de repente nos contragolpearon y y nos mataron. El tipo era muy bueno.



¿Quiénes son sus amigos después de tanto tiempo?

No hablo con tanta gente del fútbol, hablo con Santiago Escobar, con Juan Jairo Galeano, pero con mucha gente del fútbol, no. Los veo, pero no los llamo ni me llaman.



¿Hoy con cuál jugador se identifica usted? ¿Cuál es ese jugador que le recuerda su manera de jugar?

Me gusta mucho Carlos Sánchez, ordenado, fuerte, serio, una vez anuló a Messi. También me gusta Cuadrado.



¿Cuál es el mejor estadio en el que jugó como profesional?

El Giuseppe Meazza, en Italia, donde juega Milán, donde jugamos contra Alemania. Me acuerdo de la entrada al estadio, de los hooligans, me tocó ver eso. Es un ambiente distinto.



¿Quiere volver a dirigir?

Sí, pero sin moverles el piso a los que están ahí. Lo que pasa es que no tengo empresario. Y ahora un empresario tiene 30 hojas de vida y va ayudándole a todo el mundo, y queda el que menos cobre.


¿Hay corrupción en el fútbol?

Ya no, anteriormente creo que sí. Eso fue una guerra muy brava. En esa época de los ochenta y noventa, la mayoría de los equipos estaban manejados por el narcotráfico. No fui testigo de ver que había cheques, pero se sentía. Con los árbitros hubo mucha manipulación, hasta los dos equipos le daban plata al árbitro, esa época fue muy difícil.

¿Usted lo sintió como jugador? ¿Jugó partidos donde sentía que ya estaba cuadrado todo?

Había árbitros que se notaba que manejaban el partido, lo difícil es comprobar eso. Acordarme de un partido en especial no, pero fue mucho, muy brava esa época. Hasta pitaron un gol cuando el balón estaba muy lejos del arco, me acuerdo. Les pagaban poquito a los árbitros y por fuera les daban mucha plata.



¿Conoce a Pékerman?

Lo conocí como jugador, jugó en Medellín, jugaba muy bien. Es una buen persona, sana, capaz, por eso le va bien, no se ha metido con nadie ni busca chocar con nadie.



¿Cómo ve a la selección?

Di unas declaraciones que Colombia tenía que mejorar para pasar a la segunda fase, y allá en Bogotá, Vicky Dávila empezó a hablar mal de mí cuando terminó la conversación al aire, me dijeron hasta envidioso. Yo di un concepto como persona del fútbol, llevo 40 años en esto y puedo hablar. Colombia tiene que mejorar. Quiero que Colombia gane, esos muchachos se ven buenas personas, se ve un equipo chévere. Pero Vicky colgó y me dijo que yo era envidioso, que como Bolillo ya no era el técnico, yo no quería que ganara Colombia, etcétera.



¿Y en qué cree que puede mejorar la selección?

El fútbol es de equilibro, y el equipo por momentos es muy desequilibrado, tiene muy buen ataque, pero falta el filtro, el que dé el orden en la mitad. Los jugadores de Colombia a veces juegan bien, a veces juegan mal, en Europa debe ser muy difícil, los recorridos de ellos no son de 4 o 5 kilómetros como los de nosotros; los de ellos son de 8 o 10 kilómetros en un partido, allá es un fútbol más rápido, no es tan lento como el de nosotros, tienen mayor desgaste los jugadores, eso es lo preocupante. La clave es que no se parta tanto el equipo, que no se vean huecos en la mitad.



¿Y cuándo le empezó a gustar el tenis?

Cuando me retiré del fútbol. Quería hacer ejercicio, y empecé poco a poco, soy gomoso. Juego cada vez que puedo, me meto a torneos, tengo más amigos en el tenis que en el fútbol. Soy amigo de Alejandro Falla, Giraldo. De Alejandro González conozco toda su trayectoria desde niño, lo vi crecer, juega en el mismo club en el que yo juego. Ellos son formales, y sé lo que sienten cuando pierden porque soy deportista.



¿Pero el fútbol sigue siendo su pasión?

Siempre será mi pasión, mi motivo de vivir. Pero hoy prefiero ver más tenis que fútbol. Entre un partido de tenis bueno y uno de fútbol bueno, me quedo con el de tenis.



Estamos a un mes del Mundial. ¿Cómo siente al país, seguimos siendo triunfalistas?

Por un lado, Falcao ojalá llegue. Lo veo muy difícil, pero una cosa es este equipo con Falcao y otra sin él. Pero aquí la gente, después de todo, sigue pensando que Colombia va a ser campeón. Ganarle a Japón, a Grecia, a Costa de Marfil, eso solo ya es muy difícil. Colombia no ha ganado nada todavía. Espero que les vaya muy bien, pero es muy duro el Mundial.

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