lgunos piensan que fue un destacado jugador de fútbol y que, por eso, el estadio de Bogotá lleva su nombre. Pero la realidad es que mi bisabuelo Nemesio Camacho no tenía ni un pelo de futbolista. Famoso, sí, pero nunca deportista de alto rendimiento.

Él fue un exitoso político y un entregado servidor público de principios del siglo XX: gerente del Banco Central, ministro de Obras Públicas, senador, gerente del Tranvía de Bogotá, director del Ferrocarril del Pacífico... Para completar tan sólido currículo, estuvo dentro de la lista de candidatos liberales a la presidencia de la república para el periodo 1930-34. Desafortunadamente, se enfermó de gravedad y tuvo que viajar a Francia a buscar el tratamiento adecuado. Murió en París el 7 de mayo de 1929, antes de saber si tenía una probabilidad real de llegar a la Casa de Nariño.

Nunca lo conocí, por supuesto. Ni a él ni a mi abuelo Luis, uno de sus hijos. Pero me sé de memoria la historia de cómo el estadio de Bogotá terminó con mi apellido: la familia tenía una finca de seis hectáreas en lo que hoy es el barrio Galerías. Era un potrero grandísimo, lleno de vacas, y a la gente le gustaba ir a acampar allá. Por eso, el lugar era conocido popularmente como “El Campín”, una variación del verbo acampar en inglés: camping.

En 1934, el entonces alcalde de Bogotá, Jorge Eliécer Gaitán, tuvo la idea de construir un estadio donde cupieran decenas de miles de personas, pues los escenarios deportivos que había en el momento eran muy pequeños y la ciudad estaba creciendo muy rápido. Además, Gaitán quería que reflejara un sentido de orgullo y pertenencia para los bogotanos. Mi abuelo Luis, que por ese entonces era concejal, apoyó la idea y decidió donar los terrenos de la finca, pero con dos condiciones: que el estadio tuviera el nombre de su papá y que se usara únicamente para eventos deportivos.

Las obras terminaron cuatro años después. Así, mi familia inauguró el estadio Nemesio Camacho en 1938, con motivo de los Juegos Bolivarianos que se celebraron ese año. Luego, fuimos testigos de una ampliación de El Campín, como todo el mundo empezó a decirle, y en 1948, año en que arrancó la liga colombiana de fútbol profesional, el estadio, con capacidad para 25.000 personas, se convirtió en la casa de Santa Fe y de Millonarios.

Por esa época, los palcos quedaban en la parte de abajo, cerca de la grama, y a nuestra familia se le concedió el honor de tener uno. Quedaba al lado del banco de Millonarios. Quizá por eso todos nos volvimos hinchas de Millos. De pequeña, iba con mis primos al palco. Era abierto y uno podía sentir la emoción de los gritos, de los insultos, del sufrimiento de los hinchas que llenaban las tribunas. Era otra cosa. Hoy en día los palcos están arriba, son cerrados y tienen muchas restricciones. No se disfrutan tanto los partidos.

Al menos eso percibo, pues, como dicen los exfutbolistas, estoy alejada de las canchas. Ni siquiera vivo en Colombia; resido en Miami, donde me dedico al rescate de animales. Y aunque haya pasado mucho tiempo, y aun estando lejos, no se me olvida que tengo el privilegio de ser, por así decirlo, la bisnieta del estadio más importante del país.

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