Una reunión

Cualquiera.

De amigos.

De esas en las que hay maní en el centro de la mesa.

Todos cogen un poco en sus manos, pero hay alguien que coge una manotada y se la come entera. No de uno en uno, toda la manotada.

Uno no soporta.

Se va.


En otra reunión

En otra, sí. Era imposible seguir en la anterior, donde un tipo comía maní a manotadas y no de uno en uno.

En otra reunión, alguien echa un chiste, luego dos, luego tres. A partir del tercero es imposible quedarse.

No es chistoso, duele.



En un lugar cerrado

Uno está sentado.

Alguien se acerca por detrás.

Mastica muy cerca.

Y uno escucha, y ese sonido se vuelve un chillido, un disparo en el oído.



En un bar Karaoke.

No, uno no entraría a un bar karaoke.

Uno está en una reunión en una casa donde no hacen karaoke; pero alguien, de sorpresa, lleva el equipo karaoke y algunos se entusiasman y convencen a otros, y comienzan a cantar.

Mal.

Para eso está diseñado el karaoke.

Y es insoportable.

Oír cantar mal a alguien es doloroso, y más si es un conocido, y mucho más si es un conocido al que uno quiere.

Ahí podemos dejar de quererlo, tener una imagen imborrable de ese momento el resto de la vida.

Pero supongamos que quien toma el micrófono sabe cantar.

Eso es peor, porque es injusto. El karaoke está destinado a los que no saben cantar para que se comporten como si supieran.

Resumen: ni una cosa ni la otra.

Es repulsivo.

Neura.

Sí.



Explicación

Racionalmente es imposible explicar por qué una persona normal no puede quedarse en un lugar donde otro come maní a manotadas y no de uno en uno; ni por qué en vez de reírse con los chistes de alguien con talento para eso, sufre. O de dónde sale la incapacidad para divertirse viendo a sus amigos cantar mal y hacer gestos de cantantes. O por qué uno siente un disparo en el oído cuando es solo una persona masticando, ¡chasqueando!

Ahí está el secreto: no es racional.

Es una fuerza infinita y poderosa que se aloja en cosas insignificantes atravesadas en el camino a la tranquilidad. No se puede estar en paz escuchando a alguien chasquear la lengua antes de responder a una pregunta, o no molestarse al ver a una persona joven fumando pipa.

Esa verdad (que no es verdad) nos parece absoluta, no se negocia, no se dialoga.



Absolutismo caprichoso

Las neuras tienen muy buena reputación, tienen un lugar sexy y chic dentro de ciertas listas de incomodidades. Incomodidades que aparte de inexplicables son inútiles. Y para tenerlas se requiere de tiempo. Uno no acogería estas extravagancias si estuviera ocupado de las cosas esenciales. Las neuras no son cosas esenciales. No estamos hablando de que alguien no soporta que otro ronque porque no lo deja dormir; eso estaría dentro de la lógica obvia, no; estamos hablando de algo que no hace daño.

O sí, sí hace daño, pero un daño que no se puede explicar más que como hipersensibilidad a lo que no es nada.



Final

La pregunta es: ¿Por qué todas estas molestias inútiles desaparecen cuando uno está enamorándose de alguien?

En ese proceso ya no hay molestia por la forma en que desgarra antes de escupir al lavarse los dientes, o cuando al reír muestra más encía de la necesaria dando una imagen equina. Eso molesta en otra persona, no en esta.

El amor borra.

Advertencia

Sí es divertido tener neuras, y contárselas a los demás da cuenta de una especie de fortaleza en la personalidad,

¿Qué pasa cuando todos esos detalles le pertenecen a uno, y son los otros los que no lo soportan?

Cuando uno es el que dice al final de cada frase: “¿Sí?”

Me explico, ¿sí?

Eso fue lo que pasó, ¿sí?

¿Entienden lo que digo?, ¿sí?

¿Cuántas muletillas tendré que otro no resista?

¿Cuántas veces me habrán abandonado por no soportar algún gesto involuntario que espanta y son incapaces de revelarme?

La noticia de que también hemos sido despreciados ayuda a aliviar la culpa por haber repudiado a alguien por algo que no era correcto repudiar.

Pero ahí no para. A veces adelantamos cruzadas. No podemos quedarnos solos, odiando a quien saluda con un “hooola” en un tono más alto de lo normal, con una alegría inexplicable, alargando las frases y subiendo los hombros; pedimos la hoguera para la que habla a media lengua cuando pide un favor; llamamos a la comunidad a perseguir a quien pone un mantel y deja un lado más largo que el otro.

No he terminado, siempre me pregunto:

¿Por qué a veces perseguimos eso que nos destruye?

¿Por qué insistimos en la sobreobservación, en la lucidez inútil?

¿Por qué miramos ese gesto de satisfacción de los que van acomodados en clase ejecutiva cuando cruzamos llenos de talegos hacia turista puesto 25E?

Uno sabe que no debe mirarlos, pero los mira.

Conclusión

“Como ya sé exactamente qué cosas me molestan, voy a estar pendiente de ellas para que me molesten”.

Nos debemos odiar mucho para provocarnos eso.



Ilustraciones: Jorge Restrepo

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.