Rahmati cantando a su bebé podría haber sido uno de esos fantasmitas que te rondan un tiempo y se van deshilachando, corriendo hacia el olvido. Pero, en un momento de su canto, disparé.

Una foto es un momento que se empeña en durar mucho más de lo que debería —demasiado, quién sabe—. Cuando alguien dispara el mecanismo que registra una imagen, que la fija, no suele pensar que esas formas y tonos de que se está apropiando pueden llegar a apropiarse de él, acecharlo por años, colarse en sus sueños, colorear sus insomnios: Rahmati cantando a su bebé. Hacía calor, en Biraul, esa tarde.

Rahmati tenía 19 años; Gurya, 15 meses. Rahmati nunca supo qué pasó: decía que la nena estaba bien, que no había aprendido a caminar todavía pero estaba bien y que si Dios estaría enojado con ella y por eso le hacía cosas como estas. Estas, ahora, eran el hambre. Gurya tenía las escamas que produce la desnutrición muy avanzada, los edemas que rompen la piel: un signo de que estaba muy al borde.

Rahmati era flaquita, quebradiza, el aro de casada en la narina izquierda, las pulseras de cobre, el sari rojo muy lavado, las cejas gruesas negras, la mirada que huía todo el tiempo. Rahmati vivía cerca, me dijo: en un pueblo a tres horas de marcha —y nunca fue a la escuela—. Cuando tenía 13 años la casaron con un primo de veintitantos y se fue a vivir con la familia de él. Su suegra la mandoneaba, la obligaba a hacer todo el trabajo. Cuando nació la primera nena la familia la recibió contenta; que después naciera otra mujer los desalentó: la suegra murmuraba. Un matrimonio indio necesita tener hijos que lo mantengan en su vejez; las hijas se van y encima hay que pagarles una dote.

Rahmati vivía con su marido y su suegra y un cuñado y sus dos hijas en una choza hecha de troncos y cañas; antes tuvieron un techo de chapa pero que se les fue rompiendo y no pudieron reemplazarlo. Cada día Rahmati se levantaba a las seis, despertaba a su marido y a las nenas y empezaba a preparar la comida del día. Los días de arroz solo, me dijo, eran muy tristes; con un puñado de lentejas o un tomate todo cambiaba, pero nunca era fácil conseguirlos. Para hacer el fuego, a veces tenía leña que había podido comprar en el mercado; otras, la salía a buscar al bosque, pero cada vez, me dijo, había menos.

Cada día su marido salía a trabajar —un campo para arar, una pared para pintar, algo para ganarse las 100 rupias que les dieran de comer al día siguiente—. Rahmati se quedaba con sus dos nenas, limpiaba, lavaba la ropa; siempre tenía algo de ropa que lavar: cuanta menos ropa uno tiene, más ropa tiene para lavar, decía Rahmati. Y cuando terminaba podía jugar un rato con las nenas o no pensar en nada o, incluso, dormir un poco más. Al mediodía se comían lo que quedaba de la mañana, y ella podía seguir lavando o dormir la siesta o conversar un rato con alguna vecina y más tarde, a la vuelta del marido, le servía un poco más de arroz para la cena o un roti —un pedazo de pan.

— ¿Y a veces hacés algo distinto?

— Bueno, no. Todos los días son iguales, salvo cuando hay un casamiento, una fiesta religiosa. Los viernes mi marido va a la mezquita, pero yo no puedo.

— ¿Por qué?

— Porque así dice la religión, las mujeres no van.

— ¿Y no querrías ir, a veces?

— No, porque no quiero desobedecer a mi religión.

Pero Dios, me dijo, estaba enojado con ella. Por eso ahora su rutina se rompió: su nena mayor lleva una semana en el hospital de Médicos sin Fronteras en Biraul, un pueblo de Bihar, el estado más pobre de India, y los médicos le han dicho que está severamente desnutrida y Rahmati no entiende, porque ella siempre le dio su cuenco de arroz, todos los días, casi todos los días, la mayoría de los días, y sin embargo la nena tenía la mirada perdida y lloraba tan bajito que casi no se oía y su madre le cantaba tan bajito que casi no se oía y entonces, justo entonces, yo disparé y se convirtieron, para mí, en una imagen incansable.

Desde entonces, la imagen me persigue. Fue, también, mi culpa: decidí ponerla en la tapa de la edición española de mi libro sobre el hambre y por eso la he visto proyectada en una vieja estación de trenes en el sur de Holanda, brillante en las pantallas de una televisión francesa, mal copiada en la pared de una cárcel catalana; la veo, sobre todo, en mi escritorio todas las mañanas. Y veo en ella, claro, cosas: para eso sirven las imágenes. Las imágenes, a diferencia de casi todas las palabras, no dictan, sugieren; no definen, abren. La imágenes permiten —es razonable— imaginar. Pero, por más cosas que veo en ella, nunca consigo olvidarme de la nena. Gurya murió poco después y yo no lo escribí. Ahora está en esta imagen, y nos mira.

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