Todos tenemos placeres culposos que, con el tiempo, importa menos reconocer. El mío tiene que ver con la comida y es contradictorio. La cocina es una de mis debilidades y paso muchas horas preparando platos. Más que obligación, es una satisfacción. Me gusta ir al mercado y comprar carne y pescado frescos, frutas y verduras cuyo estado discuto con los tenderos. Además, mis amigos se ríen de mí, porque mi comida favorita es el brócoli. Mi novia y yo hemos celebrado esta semana bailando en la cocina la llegada a Madrid de la primera cadena de supermercados ecológicos de España: SuperSano.

Después de años en París disfrutando de la cuisine française y preguntando recetas a magníficos cocineros amigos como el colombiano Mario Valles, aún voy a París cada semana por motivos de trabajo y no hay jueves que no vuelva con algún producto exclusivo y bio. No como una pizza cuya masa (de sarraceno) no esté hecha con mis propias manos ni una ensalada sin levadura de cerveza (buenísima para el pelo y las uñas). Tomo cinco piezas de fruta al día y me trago el jengibre crudo cada mañana con el zumo de naranja y limón recién exprimido. Cuando me preguntan qué prefiero, si España o Francia, siempre respondo que Francia, por las lechugas; hay de más tipos y la calidad es incomparable. He heredado de mi madre al amor por la cocina y no hay un día en que no nos preguntemos qué hemos cocinado hoy, cómo y por qué. Sé diferenciar lo que es bueno para la salud de lo que no lo es tanto y que el abuso de sal me pasará factura a corto plazo.

Sin embargo, cada vez que paso por un Kentucky Fried Chicken no puedo evitar observarlo con avidez. Primero intento controlar mis sentimientos hacia él, pero es en vano. Luego saludo al coronel Sanders levantando el pulgar con la serenidad que da saber que voy a entrar. Seguidamente pienso que debería arrodillarme y darle las gracias. Es mi placer culposo. Nuestra relación tiene predestinado un final feliz. Un par de veces al año, ¡qué digo un par!, seis o siete, una fuerza me arrastra a él, es la fuerza del deleite, ¡por supuesto que conozco sus síntomas y sus consecuencias! No hay rebozado de pollo más crujiente, picante, grueso, especiado, grasoso, vigoroso, condensado y extraordinariamente sabroso y malo para el organismo que ese.

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Según un recorte de periódico que tengo colgado en la nevera y que representa un estudio sobre las grasas trans (cadenas que se obtienen por hidrogenación de ácidos grasos. Por su configuración son las más difíciles de metabolizar y las más peligrosas para la salud), una hamburguesa contiene 0,4 de esas terribles grasas, pero un muslo de pollo crunchy nada más y nada menos que ¡4,9! Pues bien, ni por esas soy capaz de renunciar a él. C’est l’amour fou.

Antes iba solo a KFC. Me sentaba en un piso alto de cara a la pared. Temía ser descubierto. Desde hace unos años siempre voy con mi amigo escritor Josan Hatero. Hemos estado en KFC de Londres, París, Barcelona... Algún día prepararán un menú con nuestro nombre. Nuestro plan perfecto es ir al cine a ver una tragicomedia romántica independiente y luego “hacer un coronel” sin que nos importe el orden.

Con mi amigo Matías, colombiano afincado en París (en Ménilmontant, en frente del KFC), que no permite que le visite si no es con 200 gramos de jamón de jabugo (de ser posible Joselito), a menudo nos preguntamos de dónde sacaría el coronel Sanders esas once hierbas y once especias. ¿Once especias en Corbin, Kentucky? Por eso, en nuestra imaginación vemos al coronel Sanders vestido de explorador, dejándose la piel en campañas militares por Indonesia, jugándose el tipo por nosotros, recopilando sabores, probando especias, compartiendo arriesgadas experiencias gastronómicas con aventureros como Pierre Loti o Livingstone. Qué gran tipo Sanders. Abandonó la escuela a los 12 años para ayudar en la granja familiar. A los 15 falsificó su certificado de nacimiento para alistarse en el ejército. Fue marino mercante, vendedor de seguros, bombero en los ferrocarriles y granjero. En 1940 patentó la receta que todavía nos conmueve.

Y hablando de conmover: una exnovia que durante años se había negado a pisar el KFC conmigo, media hora antes de dejarme me llevó a uno y, cuando terminé la última pieza de pollo, me dijo que no seguíamos. Me quedé sin palabras. ¿No es eso amor verdadero? Pobre, pienso ahora, me quería de verdad. Probablemente mucho más que yo a ella. En el fondo era buena. Detalles así no se olvidan.

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