Cuando salían para la clase de natación, como todos los sábados en la mañana, ella se ponía feliz cuando su papá la montaba en el coche para gritar “¡más rápido, más rápido, papá!” mientras soltaba esas carcajadas que a él —pensaba— le justificaban su existencia. Ese día no fue la excepción. Su hija de poco más de 2 años le ordenó que corriera e impulsara ese coche a toda velocidad por andenes y calles antes de llegar a la academia; y él lo hacía, obediente, cómplice de su alegría. La clase de natación era el momento para los dos, para cargarla, abrazarla, hablarle, cantarle canciones, enseñarle cosas, sin la mamá, que a esa hora aprovechaba para hacer otras cosas; sin niñeras; sin abuelos; sin tíos, nadie más de por medio. Eran él y su hija, como en ningún otro momento de la semana.

Cuando llegaron esa mañana, como era habitual, empujó la puerta con una mano, mientras que con la otra hizo entrar el coche. “Saluda”, le dijo él, y ella obedientemente reaccionó, penosa, con un “hola” a quien veía. Otros padres con sus hijos y la joven recepcionista le hicieron gestos y le hablaron en diminutivos celebrando la belleza de la niña, y él siguió caminando con orgullo, con ese orgullo que todo padre ostenta en silencio, hasta uno de los cuartos dispuestos para cambiarse de ropa. Allí, sobre una camilla, como las que se emplean para hacer masajes, él la fue desvistiendo mientras le explicaba que iban a nadar de nuevo, que cantarían la canción del avión “que se hunde en el fondo del mar”, y que iban a jugar con Ariel, la Sirenita, una muñequita de plástico que siempre esperaba por ella junto a un montón de flotadores. Le puso un pañal para el agua y un vestido de baño azul con flores blancas. Se sintió vistiendo a una muñeca. Rápidamente, él también se desvistió, guardó toda la ropa en un morral y se puso su pantaloneta de baño, dejando a la mano las toallas para secarse después de la clase. Salieron del cuarto, puso el coche en un rincón de la sala que servía de recepción, la alzó con su brazo izquierdo y con la mano derecha abrió la puerta que daba a la zona de la piscina.

Y allí estaban ante tantas mamás y papás dispuestos a enseñarles a nadar a sus hijos con la ayuda de un profesor. Acomodó el morral sobre una silla y dejó las toallas a la vista. Su hija lo abrazaba, mientras escondía su cabeza como con un gesto de pena pero también de auxilio, de necesidad de protección, como si quisiera decirle a su papá que no la abandonara. Y él se lo decía: “No te va a pasar nada, no te dé pena, saluda al profesor, saluda a todos tus amigos”. Ella solo atinaba a sacar la lengua, que era su manera de exteriorizar la timidez, y cada tanto volvía a meter la cabeza entre el hombro y la mejilla de su padre. Entraron a la piscina lentamente por las escaleras y él se agachó lo suficiente para que el agua les tapara los hombros a los dos, mientras la cargaba en sus brazos. La clase comenzó, como siempre, con cantos infantiles, y él balanceaba a su hija de un lado a otro, sosteniéndola de las axilas.

Esa mañana repitieron las rutinas de siempre: ella lo abrazó del cuello y se estiró boca abajo para patalear. Él le cogió los pies y la ayudó en el movimiento. También le contó hasta tres y se hundieron juntos, le recordó las burbujas produciendo ruidos y gestos como si fuera un motor de un carro en la superficie del agua, y así… solo que esa vez los niños flotaron más con ayuda de un gusano, que era la manera de decirle a una especie de flotador de espuma, que se podía doblar alrededor de ellos para permitirles gozar de la independencia en el agua. Su hija, aferrada a ese gusano, pataleaba feliz, se veía libre, avanzaba salpicando chispas mientras movía con agilidad sus pequeñas piernas. “Mira, papá, yo solita”, decía sonriendo. Después, el profesor la cogió de las axilas, se puso en un extremo de la piscina y le pidió a él que se pusiera en el otro. “Tenga cuidado”, pensó él, fingiendo tranquilidad. Desde que ella nació, solo pensaba en lo peor, en que tenía que protegerla de todo. Pensaba en eso, sin querer, a cada rato, y no podía soportarlo: el mundo entero se le había convertido en una permanente amenaza. El profesor se sumergió con ella para llegar hasta donde él estaba. Cuando salió al otro lado, los demás adultos la aplaudieron y la felicitaron ante la hazaña. Él también lo hizo: lo importante y lo insignificante en su hija eran siempre un pretexto para darle un beso. “Mira, papá, como Ariel”, le decía ella, mientras él le quitaba el agua de la cara y le acomodaba el pelo mojado que caía sobre sus ojos. El profesor se acercó y le dijo: “La próxima semana, ella debe practicar sola, está muy avanzada, ya no es necesario que usted entre a la piscina. Puede estar en la clase pero desde afuera, sentado en las sillas donde la pueda ver, pero la niña debe entrenar sola con alitas”. Las alitas son esos pequeños flotadores que se ponen en cada brazo y que les permiten patalear sin ayuda de nadie.

Salieron de la piscina una vez terminada la clase, cogió sus cosas, buscó un rincón donde pudiera cambiarla, le quitó el vestido de baño y el pañal completamente húmedos, y comenzó a secarla con la toalla. Ella tenía con sus dos manos la pequeña figura de la Sirenita, entretenida, mirándola por delante y por detrás, “mira, papá: mitad pez, mitad mujer”, decía lo que había oído de él tantas veces ahí mismo. La fue secando muy bien antes de comenzar a vestirla. Ya volverían rápido a la casa en el coche, “¡más rápido, papá!”, a bañarse con jabón y champú. Pensó en contarle a su esposa, más tarde, el gran avance de su hija... La vida cambia en los días que nadie recuerda. Mientras le ponía una camiseta blanca, unos calzones con un estampado de Cenicienta, la sudadera seca y unos tenis diminutos, en medio del bullicio de papás y mamás haciendo lo mismo con sus respectivos hijos, quiso voltearse a la piscina y buscar con la mirada al profesor. Sintió un impulso de reclamarle, de gritarle algo como “¡usted quién se cree!”, pero le dio pena, supo que todo era absurdo, era ridículo. “Mira, papá, Ariel se queda en la piscina”, le interrumpió ella el pensamiento mientras lanzaba la pequeña figura al agua. Sintió que debía secarse él también. Primero el pecho, las piernas, la espalda. Luego se frotó el pelo con la toalla y aprovechó para ponérsela sobre la cara y así limpiar disimuladamente unas lágrimas que lo habían tomado por sorpresa. Su hija había empezado su propio camino.

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