La casa de Vivian es como cualquier casa en Lawtown. Tiene dos habitaciones, un baño, una sala, un comedor, pero también una rampa que permite el acceso a las sillas de ruedas. Ella y Joseph, su roommate, se mueven así. Vivian, la mujer con una barba que ha llegado a extenderse 43 centímetros, récord Guinness en 2001 por su aspecto, puede caminar, pero no mucho. La diabetes y la osteoporosis no son su único tormento. Muchos años atrás, en su juventud, recibió un disparo de un hombre en una estación de bus, sin saber por qué. Ahí casi pierde la vida. Milagrosamente volvió a caminar después de que su cuerpo estuvo paralizado mucho tiempo. Lo puede hacer pero solo por instantes. Vivian es amable al igual que Joseph, quien acaba de cumplir 73 años.

La primera vez que hablé con Vivian fue cuando estaba escribiendo mi libro American Sideshow: An Encyclopedia of History’s Most Wondrous and Curiously Strange Performers (Tarcher/Penguin) en 2003. Pero solo en 2010 la conocí personalmente, justo cuando ella se iba a reencontrar con su hijo, después de mucho tiempo, en un show de televisión donde pidieron mi colaboración. Los dos —ella y Joseph— estaban emocionados de estar en un set de televisión. Esa noche salimos a comer y, muy pronto, olvidé que Vivian tenía barba, aunque ellos se empecinaban en hablar de lo importante que había sido el registro de los Guinness récords. Desde entones hemos estado en contacto, como ahora, para cumplir esta tarea de SoHo.


¿Cuántos años tiene?

Tengo 65 años, nací en 1948.



¿Y desde hace cuántos tiene barba?

Desde el día en que nací mi cara estaba cubierta por una fina capa de pelo rubio que, hacia los 5 años, empezó a oscurecer.



¿Por qué le nace pelo en la cara si usted es mujer?

Porque yo nací hermafrodita, es decir, con órganos sexuales tanto masculinos como femeninos. En ese momento mi mamá, que ya tenía varios hijos hombres, les dio instrucciones a los médicos de quitarme los órganos masculinos, pero algo de mi lado varonil tenía que quedar.



¿Alguna vez se la ha afeitado?

Sí. Cuando era joven me afeitaba después de volver a casa, tras las giras con el circo en el que trabajaba. Lo hacía porque mi papá me decía que si no lo hacía, la gente no iba a entender por qué tenía pelo en la cara. Según él, debía rasurarme para poder encajar en la sociedad. Además, la familia Wheeler, en general, no me quería rondando por ahí así. Después lo hice porque algunos de mis compañeros sentimentales me lo pidieron, y yo, en realidad, lo hacía por la baja autoestima de ellos, pues a mí no me molestaba mi barba.

Finalmente, la última persona por la que me la quité fue por mamá, cuando ella murió, en 1990. Lo hice durante el duelo simplemente para evitar llamar la atención. Y eso que fue gracias a la barba que ella vivió los últimos diez años de su vida, pues mis ganancias le pagaron cinco operaciones de by pass en el corazón. Pero la afeitada no me duró mucho, y al poco tiempo me la dejé crecer otra vez: la gente me decía que sin ella no era yo. Entonces lo hice y la verdad es que así me siento más feliz.



¿Quiere decir que desde 1990 no se afeita?

Así es. Desde ese año mi barba ha crecido 11 pulgadas (casi 28 cm). Gracias a eso aparecí en el programa Ripley’s Believe It or Not! y en el libro de los Guinness Récords en 2001. Hace poco tuve que cortarme una pulgada (2,54 cm) pues los doctores me dijeron que si no lo hacía, la barba se me podía quebrar. Es que las barbas de las mujeres no son ásperas como las de los hombres, son como seda, la mía es como un hilo muy delicado.



¿Tiene usted, entonces, el récord histórico de la barba más larga en una mujer?

Sí y no. Soy la mujer viva con la barba más larga y aunque una vez me creció hasta las 17 pulgadas (43,18 cm), no me han reconocido, oficialmente, el récord histórico, que está atribuido a madame Jane Devere, con una barba de 14 pulgadas (35,56 cm). Ella vivió en el siglo XIX y creo que tenemos un vínculo familiar.



¿Por qué empezó a trabajar en un circo?

Porque mi papá no estaba conforme con tener una niña con barba y por eso, más que a una hija, vio en mí una oportunidad de hacer negocio. Después de todo, la gente querría verme y por qué no capitalizar ese potencial. Por eso, empecé a trabajar en ferias y circos desde los 5 años y todas mis ganancias las mandaba a casa. Mi papá me montaba en un avión y yo me iba por siete u ocho meses. Nunca sabía dónde iba a estar, y así viajé por todo Estados Unidos.

Durante muchos años trabajé con el circo de los Ringling Bros. and Barnum & Bailey, así como en atracciones de las diferentes ferias del país. En el circo de los Ringling estuve con otras cinco mujeres barbudas, yo era la menor. Ellas me hicieron sentir que no estaba sola, que no era diferente, que había otras personas como yo. Esa gente se convirtió en mi familia, incluso más que la mía propia. Yo dependía de ellos más que de mí misma.





¿Qué piensa de que sus padres hubieran hecho eso con usted?

No los juzgo. Ellos me decían que debían trabajar para cuidar a su familia, así que yo trabajé para cuidar a la mía, que eran mis compañeros de circo. Creo mis padres pensaban que lo que hicieron estuvo bien.



¿Cómo eran sus días en el circo?

Me levantaba a las 6:00 de la mañana, estaba en el escenario a las 8:00 y trabajaba todo el día. Ocasionalmente lo hacía hasta las 3:00 de la madrugada del día siguiente. La ducha la tomábamos en unos baños comunitarios, y la comida en una carpa en la que nos reuníamos trabajadores y artistas. También dormíamos ahí o en los camiones donde se guardaban los instrumentos.

En un punto de mi carrera, adopté el nombre artístico de Malinda Maxey. Me paraba en los escenarios de vestido y con la cara tapada con un velo, tomaba el micrófono y le contaba a la audiencia sobre mí antes de levantarme el velo. Cuando lo hacía, la gente se desmayaba del shock de ver a una mujer con barba. Los que quedaban en pie me hacían preguntas comunes como que por qué no me afeitaba, a lo que yo respondía: “No me afeito porque la barba hace parte de mí y yo no tengo problema con ser yo. Los del problema son los demás, que deben adaptarse a verme así”.



¿Tuvo algún amor en el circo?

Como cualquier persona confinada por muchas horas en el trabajo, tuve romances con algunos de mis compañeros. De ahí salieron tres de mis cuatro maridos. He estado con todo tipo de hombres: altos, bajitos, delgados, de diferentes nacionalidades. A mi primer marido lo conocí a los 18 años y duramos tres.

¿Cuántos hijos tiene?

Dos, un hombre y una mujer, Richard y Tracy Lee. A Richard lo secuestró su papá cuando tenía 3 años, lo abandonó en un hogar sustituto (después pasó por otros seis) y no supe de él sino 30 años después, en 2008, cuando tuvo una lesión en la espalda que lo obligó a averiguar por la historia clínica de su familia. Los doctores le sugirieron que buscara ayuda en el departamento de servicio social para ver si podía encontrar a sus padres biológicos y descubrir su pasado. Meses después de haber hecho la solicitud, le llegó una carta en la que le decían mi nombre así como que yo sufría de hipertricosis (el síndrome del hombre lobo) y había nacido con órganos reproductivos de ambos sexos. Richard quedó en shock, pero se decidió a encontrarme como fuera.

Con una simple búsqueda en internet supo de mi historia en el circo y después logró ponerse en contacto con George, el gigante Mc Arthur (un actor bastante reconocido en Estados Unidos que tiene un récord por tragarse la espada más larga), que vivía en la misma ciudad que yo, Bakersfield. Unas semanas después me lo encontré en un parque y me contó que había hablado con mi hijo. Yo no lo podía creer.

Una serie de llamadas llevaron a coordinar una reunión en persona. Cuando lo vi supe que mi esposo no le había dado todo lo que él quería; me lo había robado solo para lastimarme. Nuestro encuentro fue documentado por AOL News y eso hizo que nos llamaran de The Maury Show, el programa de televisión en el que nos hicieron una prueba de maternidad para comprobar que, en efecto, Richard era mi hijo. La prueba salió positiva con el 99 % de certeza.






¿Qué le dijo Richard de su barba? 

Cuando Richard me vio se sorprendió por un segundo, pero después se relajó y me dijo que se sentía afortunado, que le parecía curioso lo de mi barba. Dijo que al enterarse de que yo estuve buscándolo por años también se sentía muy afortunado.



¿Y su hija?

Nos separaron cuando ella era una niña. De ella sé que estaba casada, pero que su marido murió ahogado en un río en California. Padecía cáncer cervical y había tenido una histerectomía (extirpación del útero), por lo que no podía tener hijos. Después estuvo saliendo con un mexicano. Ella ya es una persona adulta, así que si no me quiere ver, yo no puedo hacer nada, es su decisión y no quiero presionarla, yo he aprendido a aceptar esa situación.



¿Cuándo se retiró y por qué?

Después de 55 años en los escenarios, me retiré en 2004. Lo hice porque siento que merecía más que 200 dólares a la semana. Y no solo eso, me cansé del irrespeto: nunca sabía dónde iba a dormir, qué iba a comer… nada. Ahora tengo mi propio lugar, una cama, un baño y puedo ver televisión, cosa que tuve prohibida toda la vida.



¿Qué le gusta ver?

Películas. Junto con Harper, mi roommate, tenemos una colección de DVD. Me gustan las películas de miedo, desde las de zombis y la serie de The Texas Chainsaw Massacre hasta las de Stephen King o El silencio de los inocentes. Joseph no se las aguanta, le parecen muy sangrientas y le dan pesadillas. Eso sí, a los dos nos gustan las de Disney.






Cuénteme sobre Joseph Harper…

Nos conocimos en Bakersfield, California, la ciudad en la que vivía antes de venirme a vivir a Lawtown. Llegué allá después de mi última gira con el circo Ken Harck’s Bros. Grim Sideshow, y fui en busca de mi hija perdida, Tracy Lee. A Harper lo conocí porque vivíamos en el mismo complejo de apartamentos y desde que nos vimos por primera vez en el lobby, empezamos a hablar y tuvimos una conexión inmediata. Desde entonces somos amigos y hoy en día vivimos juntos.



¿Se siente orgullosa de su récord Guinness?

Es muy importante para mí. En 2001 ellos no podían creer que hubiera alguien como yo. Tuve que enviarles fotos e ir como a 35 médicos para documentar mi caso. No es fácil que otra persona me quite el récord. Para mí sí es muy importante este logro.



¿Ha intentado quitarse la barba del todo? ¿Con un tratamiento, tal vez?

No, como te decía, solo lo he hecho ocasionalmente porque algunos hombres me lo han pedido, y por lo de mi madre que ya conté. Soy feliz como soy, no pienso cambiar mi aspecto.



¿Le gusta la fama?

Sería mentiras si digo que no. La gente me para en la calle y yo no los ignoro. Muchas veces hablo con personas que no conozco hasta por 20 o 30 minutos. También me preguntan mucho por Joseph, la gente piensa que estamos casados porque vivimos juntos. Pero no suelo salir mucho, mi diabetes me mantiene mucho tiempo en la casa. Realmente lo que más hago es ver televisión.



Y ahora que está retirada, ¿a qué se dedica?

Vivo acá en Lawtown —una ciudad de 100.000 habitantes ubicada en el suroeste del estado de Oklahoma, en Estados Unidos— desde mayo de 2011. Me gusta la vida aquí porque es muy tranquila. Con Harper pasamos mucho tiempo en la casa, viendo películas o en compañía de nuestra perrita, Tracy Lee (nombrada así en honor a mi hija). Además vamos de compras, a comer o a misa. No pasa un día en que la gente no me salude por la calle, me pregunte cómo estoy o me pida un autógrafo. Wallmart es un almacén al que suelo ir de compras y allá la gente me mira fascinada. Los niños van de un corredor al otro persiguiéndome por toda la tienda y los adultos a veces se acercan a hablarme, por eso mis idas al mercado pueden tardar más de lo esperado.



¿Algún plan para el futuro?

Espero continuar exhibiendo mi barba con los Guinness Récords, para los programas de televisión que esa empresa tiene en Brasil y en Roma. También sueño con ser inmortalizada en una figura de cera de Ripley’s Believe it or Not! Y me gustaría aparecer en otros programas de televisión, como Dr. Oz, The Doctors y The Tonight Show. Pero mientras tanto, me conformo con ser la mujer barbuda de Lawtown, y aunque no estuviera en los Guinness, el pelo en mi cara seguiría ahí, pues hace parte de mí y espero tenerlo así hasta que muera.

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