Lo primero que debemos hacer es entender la muerte como un cambio de estado. En este momento estamos vivos y después podemos estar muertos; es así de obvio y simple. Pero ambos estados tienen unas condiciones especiales: tanto el vivo como el muerto requieren de una atención, un respeto y una dignidad. La diferencia es que el vivo las puede exigir, mientras que el muerto pierde esa capacidad y los únicos que podemos darle esas condiciones somos los otros vivos. Esa situación es algo que a veces la gente no entiende, y muchos consideran al muerto algo ya desechado. Por eso, nuestro objetivo como forenses es darle a la justicia la información más exacta y confiable para que pueda tener ese punto de partida sólido en la investigación.

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Y aunque estoy hablando de la muerte como estado, lo cierto es que también es un proceso. Desde el momento en que la persona fallece, se suspenden varias funciones esenciales y por eso la definición de muerte hace muchos años era “la cesación de los impulsos vitales del ser”. Dejamos de respirar, el corazón ya no late y la sangre deja de llevar el oxígeno que requieren las células del cuerpo para poder hacer su labor. Cuando estas ven que no lo obtienen, buscan una vía diferente para tratar de encontrar otras fuentes de energía —lo que llamamos los médicos la “vía anaeróbica”—, pero como se agotan rápidamente, las mismas células empiezan a autoeliminarse.

En ese proceso, llamado autolisis, la célula se destruye a sí misma usando los mismos medios que tiene para defenderse de ataques externos. Algunas lo hacen más rápido que otras: las neuronas —que son las que conforman el cerebro—, por ejemplo, requieren de gran cantidad de oxígeno, y por eso son las que más rápido se mueren. ¿Cuánto pueden tardar? En términos generales, sabemos que una neurona de una persona común y corriente, después de 5 o 10 minutos de no recibir oxígeno, ya tiene cambios, si no es que está muerta.

A medida que el cuerpo se va descomponiendo produce unos gases de olor indeseable que van inflándolo, y por eso es que los cadáveres se ven abotagados. Con el olor y el cambio de coloración, van apareciendo una serie de insectos, como las moscas, que depositan sus huevos en las cuencas o en los sitios donde puedan obtener algún tipo de nutrientes. Esos huevos van creciendo y esa es la razón por la que un cadáver que es dejado a la intemperie se descompone con mucha mayor velocidad. Cuando están enterrados sucede lo mismo: la cantidad de insectos microscópicos que hay en la tierra hacen un trabajo similar en el cadáver.

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Todo eso va acompañado por lo que denominamos “procesos cadavéricos”, que son el enfriamiento, la lividez y el endurecimiento del cuerpo. ¿Al cuánto tiempo llegan a ocurrir? Depende: en un lugar como Bogotá, a 2600 metros, podríamos hablar de unas 40 horas, pero si el cuerpo está en tierra caliente —una ciudad como Honda, digamos—, el proceso será mucho más rápido.

Y así, poco a poco, cada una de las células del organismo se va deteriorando, lisando y perdiendo su estructura. Todo eso se traduce en que los tejidos se van licuando, unos más rápido que otros, hasta que la persona queda reducida a su esqueleto óseo, pues los huesos no se destruyen.

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