Lo primero que hay que tener en cuenta a los 52 es la manera de mirar. Dos jóvenes se miran con toda naturalidad, se coquetean o se rechazan, se hacen gestos o se retan. Un tercero los mira y lo entiende, le guste o no. Eso es posible hasta cierta edad. Cuando se tienen canas y 50 años, no. Tal vez alguien con un aspecto eternamente juvenil como Sergio Cabrera, sí. Él tiene más de 60, pero es una excepción. El resto de los seres humanos, no. Y hablo de los hombres. De un hombre: yo. Lo que hagan los demás es su problema, hablo por mí. Uno se da cuenta pronto: una muchacha te mira, señala hacia donde tú estás, pero no eres tú como persona lo que ella está señalando; eres una guía, un poste: “Ahí, cerquita de donde está ese señor”.

Uno es ese señor. ¿A qué horas me volví un señor? No sé. Pero lo soy. Si hay algo patético en esta edad es no darse cuenta. El golpe duro de los 50 es darse cuenta. Y hacerlo es digno. Tal vez uno haga casi todo lo que hacía a los 20, tal vez corra, tal vez tenga sexo efectivo, tal vez no tenga cojeras, tal vez no tenga malestares continuos, lesiones graves o disfunciones. Pero tiene 50. Los tiene aunque crea, como todos los de esa edad, que no los aparenta.

Esperamos atentos las alarmas. Uno aún no es viejo, puede que sea joven; pero por nada del mundo es un joven. Hasta los 40 se pudo fingir eso. A los 50 se puede tener novia joven (aplican restricciones), sí. Pero de ahí a ser pillado mirando con deseo a muchachas en un bar o en la calle, o en la sala de un teatro, no. Hay una disciplina de la discreción que te suplica que no traspases esa línea, el gesto puede ser tildado de antiestético o hasta pederasta. Los 50 se comienzan conteniendo la mirada.

Si no se tomaron decisiones definitivas a los 40, los 50 son el límite. Eso dicen. Ya se deben tener las cosas claras y planes concretos para lo que queda de la vida. No se puede ser ingenuo. A los 50 ya se debe ser un tipo que no cae en trampas. ¿Sí? Pues no por este lado. No se tienen todas las respuestas, casi ninguna, y uno todavía espera y cree que ese tipo de respuestas crudas, refinadas y a lo Churchill le van a salir más o menos a los 70, cuando de verdad, verdad, se acumule experiencia. Pero resulta que uno creía a los 30 que iba a tener esa fortaleza mental a los 50. Y Churchill soltaba esas frases desde antes de los 40. Comienza el juego de números.

Buñuel dice en su biografía que la ventaja de tener 80 es que ya no se sufre por la ansiedad que le producía el deseo sexual, porque ya no tiene deseo sexual. Pero después uno ve que Umberto Eco, el célebre filósofo y novelista, a los 77 fue atrapado mientras una prostituta le practicaba sexo oral entre el carro. Eco no había dejado atrás su deseo sexual, pero sí tenía las respuestas. Les dijo a los policías cuando lo estaban deteniendo: “Piensen lo que quieran, tienen a un hombre de avanzada edad, a una adolescente y el miembro del primero dentro de la boca de la segunda. Toda interpretación es posible dados los hechos”.

¿Quién dijo a qué edad ya se tienen las respuestas? A los 50, no. Tal vez alguna sobre teatro, y eso. Uno ve señores que parece que las tienen. Los que tienen hijos creo que sí. Hijos ya grandes. Los demás solo preguntas. Por ejemplo: ¿En qué momento puede uno decir: “Soy lo suficientemente maduro como para llevar una vida no digamos de pensionado, ni de adulto en retiro, pero sí sin los afanes de la adolescencia”? Los ejemplos no ayudan.

Por ahora, dejémoslo en que uno sí tiene claro lo que no quiere. No quiero tener la edad en la que contrate prostitutas para atenderlas en el carro, y mucho menos tener la sabiduría y la información para convencer a alguien de que acusarme de hacer lo que estoy haciendo es una sobreinterpretación. No quiero dar consejos sobre cómo llegar hasta acá. No voy a mirar con nostalgia lo que pasó hace años como si la vida hubiera sido allá y el placer de disfrutar con pausa acá fuera menor por no hacerlo en medio del vértigo.

A lo Pambelé, claro que es mejor ser joven que viejo. Con el tiempo, la intensidad de las acciones es menor, pero ciertas cosas inútiles que antes no significaban nada ahora comienzan a tener sentido. Sin embargo, la reputación de la edad presente no se alcanza atacando con furor vergonzante al joven que uno era, por ejemplo al decir: “Se cometieron muchos errores” o “es que no sabíamos lo que hacíamos, no pensábamos en la plata”.

Es válido, pero no necesario, justificar su paso de radical de izquierda a conservador de derecha, como José Obdulio; o de roquero anarquista a uribista pop, como Juanes (aunque parece que dejó de serlo ante tanto escándalo). Que cada quien tome su camino. Sin pena.

Por lo pronto no hablaré mal del tono engolado que utilizaba para hablar de mis obras, o de las declaraciones que hacía (ondeando luenga cabellera) con afán de ser de vanguardia. Así fue, y nadie puede decir que el tono de hoy es el adecuado o que la vida que se tiene ahora es la correcta. Ni esos jóvenes estábamos equivocados, ni los cincuentones sabemos lo que hacemos.

Hasta puede que lo peor de los 50 sea lo mejor. O al revés. A los 60 tampoco se sabrá.

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