Ante la imposibilidad —por razones legales— de abofetear a todo aquel que vaya por allí diciendo eso de “Si Shakespeare viviera, hoy estaría escribiendo para la HBO”, queda el consuelo/vendetta de malgastar buena parte de nuestras existencias viendo buenísimas malas series de televisión.

Porque, de acuerdo, The Sopranos, Six Feet Under, The Wire, Mad Men, Breaking Bad es muy buena televisión. Pero, en realidad, es muy buena box con todas las temporadas. Así, de ser posible, aguantar hasta que todo haya terminado. Porque verlas semana tras semana es una experiencia más bien frustrante, insatisfactoria, interrupta. Por lo contrario, ver desordenadamente malísimas buenas series de televisión siempre colma nuestro apetito y, con ellas, alcanzamos ese nirvana que nos produce engullirnos una Big Mac mientras nuestro estómago cruje y nuestro cerebro se licúa.

Y, ah, hay tantas malas series.

Admitámoslo: en realidad, el formato es, en esencia, malo, tóxico, nocivo, mediocre. Las buenas series a secas son excepciones, anomalías de la naturaleza, errores del sistema: Rod Serling solo hubo uno y, de verdad, Friends sería un espanto de no haberse beneficiado del mejor casting de la historia después del de The Beatles.

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Y, vamos, Games of Thrones es pésima sin atenuantes además de que (si no has leído las novelas de George R. R. Martin) no se entiende nada, y de que la platinada Daenerys Targaryen no sea otra cosa que una versión fantasy de Shakira, quien ya de por sí es fantasy.

Y Lost fue la estafa colectiva más grande desde la implantación del euro.

Y True Detective y Fargo son absolutamente innecesarias.

Aún así, andan muchos locos por ahí pensando que son obras de arte.

En cambio, ver series incuestionablemente malas relaja y es el equivalente en nuestra vida sexual a una cita con nuestra mano sin la tensión anticipatoria que puede llegar a producirnos un deseable encuentro con la sollozante y acelerada Carrie Mathison de Homeland o con la voraz y transgresora Virginia Johnson de Masters of Sex.

¿Cuáles son las malas series que recomiendo para pasar una buena noche? A saber, a ver…

Arrow: absurdo y complejísimo intento de hacer de un inocuo héroe de la DC Comics, Flecha Verde, una especie de Batman con un protagonista que estará perfecto el día que se filme la biopic —o miniserie— de George Michael. Pero aquí no.

Nashville, o como tomar en vano el nombre de un genial film de Robert Altman para ofrecer algo así como una Dallas/Dinasty en el mundo de la country-music. Aquí, todos se acuestan con todos en una suerte de minué con botas de cowboy/cowgirl. Y ya he perdido la cuenta de las evoluciones de las parejitas que cantan hasta en la cama. Smash (R.I.P.) era lo mismo, pero con trasfondo de Broadway y la industria de los musicales. Allí, también, cantaban en la ducha después de. Y todo resulta tan falso como las poses punkies de U2 en ese video/canción en memoria de Joey Ramone. Bueno, no tan falso.

En The Blacklist, un James Spader al que no es que le hayan pasado los años por encima (sino que los años lo atropellaron y dieron marcha atrás para volver a pisotearlo) presenta su versión de Hannibal Lecter; aunque lo verdaderamente apasionante es, seguro, la protagonista femenina. Créanme, de verdad, no miento: Megan Boone —en el rol de la inexpresiva agente del FBI Elizabeth Keen— es, hoy por hoy, la peor actriz del mundo. Está claro que alguien le explicó a Boone que Keene debe ser fría y cerebral. Pero a la chica se le ha ido la mano con la obediencia y así no hay episodio o escena (ya se la muestre atada, torturada, contemplando cómo apuñalan a su marido o sospechando de todo y de todos) en que la profiler no mantenga, invariablemente, el mismo rostro impasible de muñeca petrificada. Nada la conmueve. Nada la inquieta. Verdaderamente asombroso.

Dominion: una cosa con arcángeles en un futuro distópico. Casi-casi tan incomprensible como Game of Thrones. Me comentan que el opio produce un efecto parecido.

Grimm: vi tan solo parte de la primera temporada porque me desconcentraba el peinado/corte de pelo de su héroe. Parece —volví a cruzármelo en una pausa de Dominion— que ahora se lo han cambiado.

True Blood: probablemente la falta de respeto más grande al mito draculino en clave involuntariamente almodovariana. Vampiros al borde de un ataque de nervios, tetas y culos, un mamarrachesco personaje gay que debería haber desatado la ira de asociaciones homosexuales en todo el mundo, y Sookie como una de las mujeres más bobas de la caja boba.

Scandal y Revenge: aquí y allá todo puede suceder. Y sucede. No hay límites para el absurdo. Cuando sea grande, quisiera que me contratasen para formar parte del equipo de sus guionistas. Estoy seguro de que son personas que se ríen mucho entre ellos y de nosotros.

Cuéntame cómo pasó: esta es española y con Imanol Arias y ya lleva 16 temporadas desde su estreno en 2001. El “concepto” es repasar la historia de España desde 1968 hasta nuestros días, pero como recreada por una familia de alienígenas à la Kurt Vonnegut. Circula una leyenda urbana en cuanto a que cuando Cuéntame alcance el presente —ahora van por los años ochenta y La Movida— tendrá lugar el fin del mundo. O, por lo menos, de la Península Ibérica. Pero por cómo van las cosas, tal vez no haya que esperar tanto para el Big Crash.

C.S.I. (Here, There, and Everywhere): lo mismo —Apocalipsis ahora— se dice que tendrá lugar cuando, tarde o temprano, se comience a filmar un C.S.I. en tu barrio.

Y hasta aquí llego por razones de espacio. No son todas pero son, calculo, suficientes. Ustedes tendrán las suyas. Cuídenlas. Las necesitan.

Las series —excelentes y lamentables—son un gran tema de conversación para parejas y padres e hijos que ya no tienen nada que decirse.

Y el visionado en dosis homeopáticas de una serie mala nos permite, además, tantas otras cosas: ir al baño o a la cocina o a otro canal y volver como si nada, gritarle a la pantalla, reír a carcajadas. Y, por último pero no en último lugar, olvidarnos de que nuestras propias existencias son igual de absurdas, de mal actuadas y que, tarde o temprano, dejarán de emitirse por falta de presupuesto, de ganas y de rating.

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