Si he amado a una mujer por sobre todas las cosas y sobre todas las otras ha sido por 53 años a Norma Jean Baker, conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe.

No me perdí ninguna de sus películas, y cada vez que desde la pantalla panorámica me clavaba la mirada yo le clavaba la mía.

Tuve noticia de su muerte cuando hacía el amor loco con mi primera conquista, y fue como si el arquetipo de la mujer se hubiera esfumado.

El 5 de agosto del año siguiente, del 63, en el suplemento del diario El Expreso, que dirigía, publiqué unos poemas a ella consagrados, entre ellos, la famosa “Oración por Marilyn Monroe”, del poeta sacerdote Ernesto Cardenal.

Para presentarlos, escribí la nota periodística “Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn”, que con el correr del tiempo resultó mi poema más celebrado. Así me siguió pasando con algunas de mis notas de prensa.

Fue tal la mitomanía que me generó esta pasión platónica que llegué a contarles a mis hijos de teta que ella había sido mi amante, referenciándoles un montaje juguetón que me fabricó Juan Domingo.

Pero ni los chiquillos se dejan ya engañar por las fábulas y quedé ante ellos en su jardín como un verdadero farsante.

Cuando recibí de la revista SoHo una invitación a escribir sobre lo que hipotéticamente hubiera pasado de no haber muerto “La Diosa”, me pareció imposible hacer llegar mi imaginación a ese punto, entre otras cosas, porque si no hubiera muerto habría desaparecido, como lo hizo hace ya tanto tiempo Brigitte Bardot, el otro símbolo sexual de la época que encalleció nuestras palmas.

Pero no podía fallarle a la revista que un día me llenó de pelo y de lana. Así que me acordé de mis amigos los socios del Club de Arriba, los que me pusieron en contacto a través de la Ouija con los espíritus selectos que hoy conducen mis actos.

Ellos me habían referido que cuando estaban en la cárcel Modelo se habían iniciado en comunicaciones espíritas con desaparecidos disímiles, que algo interesante podrían contarles, cómo eran Gaitán, me juraron, Mahatma Gandhi, Nerón y Marilyn Monroe.

Pero no pudieron seguir con el juego, porque los Maestros perfectos les prohibieron esas invocaciones, pues bien podrían ser interferidos por el demonio y hasta allí llegaría nuestra cruzada.

Podría ser el momento de volver a invocarla, de acuerdo con las instrucciones recibidas en un proceso que ya lleva muy largos años.

Descontada, pues, la tan temida como desaconsejada Ouija, opté por comunicarme con la Academia Allan Kardec de Chapinero en solicitud de una médium parlante.

Me enviaron una rubia postiza de fina estampa a quien luego de poner en antecedentes conduje a un lugar neutral, un reservado con jacuzzi en el mismo barrio, donde pudiéramos concentrarnos sin que nada nos perturbara.

Abrevio los rituales de invocación, pues no vienen al caso y además no estoy autorizado para revelarlos. Encendimos inciensos y nos sumergimos en las cálidas aguas, nos concentramos, hicimos lo que teníamos que hacer y a los pocos minutos estábamos escuchando la voz de la inquilina del Westwood Memorial Park de Los Ángeles, Corredor de los Recuerdos, cripta número 24.

—Esta soy yo, poeta, tu Marilyn, agradezco que me convoques. En realidad era yo quien necesitaba comunicarme contigo y por ello sugerí a la revista que te llamara.

—Me pidieron que diera mi versión de qué habría pasado si no hubieras aparecido muerta ese 5 de agosto de 1962, divina señora. Y pensé que la persona más indicada serías tú misma para contarlo —fue lo único que le dije.

—Pues bien, voy a referírtelo todo. Y trata de no desmayarte, que te quiero despabilado. No solo me suicidé, sino que me asesinaron dos veces.

La voz era muy dulce, y no correspondía con la de la médium. Es más, la figura de esta sumergida en el agua con sus manos asidas a las mías se me hacía la de la Diosa.

—Esa tarde tuve una bronca con Edward, quien vino a reclamarme porque había anunciado para el día siguiente una rueda de prensa en la que iba a revelar al mundo el romance que sostenía con los dos K, con el presidente y con el fiscal general. Y más aún, iba a dar a conocer los apuntes de mi Libro de secretos, las confidencias que me habían hecho durante sus tan gozosos como azarosos espasmos, como la fecha establecida por el gobierno de Estados Unidos para bombardear los emplazamientos nucleares de China y las bases rusas en Cuba.

Con esas declaraciones, estoy segura, habría cambiado el curso de la historia. Incluso creo que se habría desatado la Tercera Guerra Mundial.

Edward estaba histérico buscando el cuaderno, pero yo no menos furiosa. “Me han pasado del uno a otro. Fui usada. Me siento un pedazo de carne” —le dije.

Me dio de golpes y se retiró antes de las 10:00. Me había quedado sin los K. ¿Estaría cometiendo traición a la patria? Antes de lo que pudiera pasar, decidí acabar de una vez con todo. Tomé una sobredosis discreta de pastillas de Nembutal. Y comencé a cerrar los ojos.

A los pocos minutos creí percibir las caras horribles de Nedles y Mugsy, matones del mafioso Sam Giancana, a quienes había visto en los casinos en compañía de Sinatra. Mis puertas nunca tuvieron seguro. Mi sirvienta, la señora Murray…

Me voltearon, y mientras uno me aseguraba el otro me introducía por el ano, con toda la violencia de que es capaz un sicario, tres enormes enemas envenenados. Estaba prácticamente cagada del susto.

Aún entredormida sentí el infierno. Nunca había permitido a ninguno de mis esposos, amantes o amigos penetrarme por esa sensible parte. Tal vez por cuidarme de ello ningún romance me prosperó. Tal vez por ello me mantenía tan inestable.

Era la venganza de la mafia de Giancana contra los Kennedy. Salieron. Pero al rato entraron otros personajes difusos, para mí familiares, tal vez el mismo Edward, tal vez Peter Lawford, tal vez mi psiquiatra, el doctor Ralph Greenson. Sentí que me aplicaban una inyección con más Nembutal. De sobredosis estaba bueno. Hasta habría podido salvarme por ello mismo. Así me pagaban mis dos galanes por mis abrazos. Muerta por mi propia voluntad, por la mafia y por el gobierno. Bendita. Merecí el cielo.

¿Que qué hubiera hecho si hubiera sobrevivido? Voy a decírtelo. Habría obligado a Edward a casarse conmigo a cambio de no divulgarlo. Ello le habría conllevado a ser el presidente de Estados Unidos y yo, la primera dama.

Y como primera dama sin espacio para los K, habría vuelto a tener relaciones con cada uno de mis anteriores amantes, tal vez con excepción del mediocre de Daugherty, que nunca me valoró, y menos con Sinatra, que se hizo el loco.

Con Slatzer, con De Dienes, con Di Maggio, con Miller, con Brando, con Elvis, con Curtis, con Yves Montand. Y a todos les habría dado lo que tanto me imploraran. No continuaría con mis remilgos. Ya para qué.

Finalmente, hubiera renunciado al honor de gobernar el imperio, más irreal que el celuloide, y me hubiera recluido en un palacio en una isla secreta. Para acompañarme habría escogido entre los dos poetas latinoamericanos que me entonaron sus réquiems. A Cardenal lo habría descartado por sacerdote y homosexual. A decir verdad, me tramó más el tuyo.

Me acordaría que dijiste que Marilyn había sido más importante que la doctrina Monroe, que todo hombre ora a lo que más ama cuando lo que más ama está muerto, que habías querido acostarte boca abajo en el cementerio de Westwood, y habría mandado por ti, querido”.

La médium volvió en sí, se fregó los ojos, no sabía ni dónde estaba y parece que no se acordaba ni cinco de lo que había transmitido. Yo andaba por el séptimo cielo. Nos secamos, nos vestimos y despedimos, no sin antes alargarle una propina hollywoodense.

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