Otro dice que conoce un sitio estupendo, caro, pero atendido por ‘modelos’. Toman un taxi. Por saber a dónde van, la tarifa del taxista es el doble. En la puerta, el conserje cobra cover y entrada porque hay ‘showcito’. Hoy, por ser a ustedes, gracias a la generosidad del dueño —les recuerda— el aire es gratis. Ha comenzado la danza de los millones.

Sin que medie oportunidad de tomar asiento, luego de un aplauso que solo saben dar los proxenetas, llegan ‘las niñas’. Ellas escogen a los clientes. Todas usan nombres ‘artísticos’ en inglés. Uno se sienta con —digamos— Jénnifer. Estudia enfermería diurna, por eso no le da fastidio nada. Es un alivio saberlo. Uno explica que es un tipo muy importante, muy. Por algún motivo, la conversación siempre toma un giro hacia los hijos, una mala idea. Hubiera sido preferible no saber que Jénnifer tiene un hijo en Ibagué, por ejemplo… y está comenzando la primaria. Esta pide una cuota para la lista de útiles: 15.000 pesitos suele ser una tarifa estándar. Esto no es a lo que se vino, pero cómo negarle algo a un niño. Sin alcanzar a musitar, ‘las niñas’ insisten en que es hora de pedir el trago. A falta de un Chablis Premier Cru 1967, suficientemente costoso será el Chivas. Ellas no toman aguardiente. Ni que fueran putas.

Los 300.000 pesos que vale la media de whisky no se equiparan con su sabor misteriosamente edulcorado a Robitussin. Alguien le pide al mesero que revise el trago, no sabe normal y en la tapa rifan un labrador para ciegos. Se lleva la botella, agrega más Robitussin y regresa: echa unas gotas en un vaso lleno de hielo que tiene una servilleta que oculta algo horrible como la toalla de un ganadero en un sauna. Jénnifer, por el contrario, ofrece trago a ‘niñas’ de otras mesas; de hecho se lo está llevando en la cartera para sobar a su mami que tiene reuma, o eso dice: monstruo insensible el que ose negárselo.

No falta que en la conversación salga a flote Jair, su novio-marido celoso al que echaron del DAS por corrupto:

—Dios mío, ¿lo echaron del DAS por corrupto?

—Sí, siempre es que él es guachecito, mi amor…. Varias veces me levantó la mano. Yo una vez le enterré un cuchillo; te juro que el diablo me empujó la mano… El médico me dijo que fallé la arteria por milímetros.

Jair, un tipo con un Monza y un revólver, un tipo que instala tuberías de gas sin quitar el gas, un hombre que pasa vacaciones en la frontera con Venezuela. Jénnifer, empujándole un cuchillo ayudada por el diablo. La incipiente excitación que uno llevaba no solo ha desaparecido; el infeliz miembro, traído a este plan a punta de promesas, está atolondrado y oculto. En ese momento, Jénnifer, que ahora se siente en confianza, revela que su verdadero nombre es Leonilde y que la están matando las várices.

—Ay, papi, a una amiga mía se las sacaron por el pie… tan impresionante, como esos gusanos que se le meten a la gente en África….

Tal vez la condición se trasmute en impotencia permanente. Justo cuando se empiezan a considerar seriamente las posibilidades de perder la plata del trago e irse a la casa, a Leonilde la da por pedir que vayan a la habitación. En su lenguaje se dice “hacer un reservadito”. Ya no hay forma de zafársela, sus uñas están clavadas en el bíceps. El primer uso de las sillas de eyección de los F16 fue en tierra para casos como estos; un botón de expulsión, no importa romperse una pierna, que las vértebras se prensen por la compresión.

Pero no hay salida. La cosa fue culpa propia, por dárnoslas de tipo sensible. Uno no es un usuario de sus servicios como todos los demás; vino a establecer un contacto ‘humano’. La quiere llevar a la cama por amor… y claro, el que ama no paga. Pero ella es una prepago, experta en retorcer las buenas intenciones hasta convertirlas en 15.000 pesitos. En el ‘reservadito’ el único contacto sexual consiste en sobarle las várices a Leonilde, con lo que podrían ser aproximadamente 200.000 pesos en Robitussin.

Ya entrada la mañana no queda más que regresar a una casa inundada de los sonidos domésticos que aliñan la culpa: la pitadora, el teléfono, pasado a Leonilde y a jarabe… pero casto. La esposa suelta esa mirada de desprecio. Hubiera sido menos ofensivo traer a Leonilde y que ella le hiciera algo de desayunito. ¿Cómo explicarle que lo que se ha estado haciendo es una obra de caridad, como asistir a la Cena del Millón? Con la única diferencia de que el plato principal era una curiosa cocción de marrano: uno.

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