Pocas veces odié tanto mi trabajo como aquella tarde que pasé con Kim. Fue rápido: no llevábamos 15 minutos conversando y ya me tenía lo que suele llamarse, en buen criollo, los huevos por el suelo. Kim, se notaba, era muy buena para eso. Kim, en esos días, tenía 17 años y era una de las chicas más famosas de Vietnam: a las chicas deberían empezar por prohibirles tener 17 años y, justo después, prohibirles absolutamente ser famosas. Pero se veía que las autoridades vietnamitas, tras tantos años de combate, se habían relajado. Así que Kim se divertía ejerciendo su poder.

—¿Y cómo se te ocurrió empezar a cantar?

—Qué pregunta tan tonta.

El periodista suele creerse una persona medianamente afortunada: tiene un trabajo que le gusta un poco, a veces incluso le pagan un dinero; otros —que lo ven muy de lejos— le dicen que lo envidian. Pero el verdadero privilegio del periodista es que el mundo entero cree en los medios y, por eso, es raro encontrar a alguien que no le siga el juego: te reciben, te hablan, te dicen cosas que no deberían decirte para cautivarte o sorprenderte, se hacen los interesantes para salir interesantes después en los papeles.

—¿No se te ocurrió ninguna pregunta mejor?

Hasta que se cruza con alguien que, por convicción, por conchudez o porque tiene ganas de jugar o porque le cayó mal el guiso de serpiente, decide que no. Kim quería mostrarme su poder y yo estaba en Hanói para contar su vida en una publicación del Fondo de Población de Naciones Unidas. Hanói cae medio lejos: no podía volverme sin entrevistarla y explicar que era una maleducada. Así que debía reprimir mi lógica voluntad de enviarla a algún sitio recóndito materno.

—Te propongo un juego.

—Ufa...

—Te propongo un juego ufa: vos debés ser más inteligente que cualquier periodista. Pensá una pregunta que no te hayan hecho nunca y contestala.

Kim me miró con un dejo de interés.

—¿Qué es lo que te da más miedo en la vida?

Dijo, o algo así. Kim, para colmo, se empeñaba en ignorar a la intérprete y hablarme en inglés: su inglés no era tanto mejor que mi vietnamita. Le dije que la pregunta no era muy rara y que además ella no le debía tener miedo a nada.

—Sí, tengo. Tengo miedo de convertirme en una cantante pop. Tengo que ser una cantante de hip-hop, pero parece que todo el mundo me quiere hacer una cantante pop. Ojalá me sepa defender. ¿Y a vos, qué te da más miedo?

—En este momento, tener que entrevistar a una cantante pop de 17 años que se cree muy viva. Hace mucho que no me pasaba nada tan idiota.

Kim hizo todo lo posible para no reírse, pero no lo consiguió: al fin y al cabo era una chiquita de 17 años. Entonces, como prenda de paz, me dijo que ni siquiera se llamaba Kim sino Le no sé qué pero que unos años antes, cuando empezaba su carrera, había decidido llamarse Kim. La carrera era un éxito: sus discos hablaban de sexo, drogas, “cosas malas”, y empezaron a venderse bien. Pero Kim se hizo famosa cuando uno de sus temas fue seleccionado como la canción recontrapop de la Copa Asiática de fútbol 2007.

—Sí, era música pop. Yo canto hip-hop para los chicos, pero los mayores no quieren escuchar eso. Y yo quiero que ellos también compren mis discos.

—¿Por qué? ¿Te importa ser famosa?

—Sí, a todos nos importa. ¿Quién no quiere ser famoso?

—Y para eso cantás pop.

Kim me miró con un odio tranquilizador. Más tarde, en la calle, fue otra lucha conseguir que se sacara su tapabocas de osito de peluche: decía que era demasiado conocida, que si se lo sacaba todos iban a venir a molestarla. Al fin se lo sacó y no vino nadie. Entonces aproveché su desazón para preguntarle lo que me intrigaba:

—Vietnam peleó una larga guerra contra Estados Unidos. ¿No te parece curioso que hagas una música tan americana?

—Soy demasiado joven como para hablar de política. Vi algunas películas sobre la guerra: fue terrible, tantas muertes. Pero estamos tratando de curar esas heridas. Prefiero la tolerancia, el perdón.

—¿Entonces no ves ninguna contradicción?

—No sé, no quiero hablar de eso. Ahora la guerra es el pasado. No miremos el pasado, miremos el futuro.

Dijo, y volvió a ponerse, esperanzada, su tapabocas de osito de peluche. Es curioso cómo uno gasta, a veces, su odio en gallinazos.

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