Esta vez seguramente daría en el blanco: las posibilidades de un aguacero eran de nueve a uno. En la fila para entrar a la tribuna oriental, que daba la vuelta en la calle 54, más allá del último puesto de pinchos y mazorcas, el hombre de siempre ofrecía plásticos a 3000 y ruanas a 5000. “Acaban de decir en la radio que se viene la lluvia, que no demora”. Era, más que un argumento de venta, un eslogan de campaña. Se lo había oído decir mil veces. Incluso en esas tardes de sol picante en las que no se adivina una sola nube sobre la sabana de Bogotá. Pero esta noche de jueves en que se definía si Santa Fe o Junior pasaban a la final de la Copa Postobón, después de una semana de mañanas soleadas y noches de lluvia, las probabilidades de que el eslogan del vendedor cumpliera su promesa eran casi todas. Por eso las ruanas plásticas, por supuesto rojas, valían 5000 en vez de los 2000 de las tardes soleadas.

El hombre, un cachaco desdentado y dicharachero, forma parte de esa fauna humana del estadio El Campín de la que —no hay duda— yo también formo parte. Como el gordo de tatuajes que toca el tambor, como la señora de ochenta y pico a la que saluda de mano casi toda la fila R de platea oriental, como el señor que lleva siempre un león de peluche con camiseta roja y blanca al que sienta en las piernas, como el abuelo de 50 que va siempre con su hijo de 30 y su nieto de 10, como la encargada de pedir los abonos que ya no pide porque sabe de memoria la cara de los que siempre vamos, como Piojo y Lanza, que inventan canciones para animar al equipo y hacen ondear las banderas que ellos mismos mandan hacer en el barrio con las caras de los ídolos rojos de todas las épocas, como el hombre que se disfraza del león emblemático del Santa Fe y responde al nombre de Monaguillo.

Nos conocemos a fuerza de encontrarnos en El Campín cada vez que Santa Fe juega de local. Contra Vélez Sarsfield o contra Deportes Quindío. Cuando lideramos la tabla o cuando pujamos para alcanzar a estar entre los ocho. Cuando el sol obliga a llevarse una mano a la cara a manera de visera o cuando llueve como parecía que iba a llover esta noche de jueves en que jugamos el partido de vuelta contra Junior, después de haber empatado sin goles en Barranquilla.

Nos conocemos. Nos saludamos. Nos formulamos los mismos buenos deseos de siempre, como parte de ese ritual en el que hemos convertido el fútbol. Como parte de esa ceremonia sagrada de cada semana.

Nos miramos con cara de lamento cuando las cosas no se dan. Gritamos en coro las mismas groserías cuando el árbitro se equivoca —también por eso vamos a oriental: para desahogarnos libremente— y nos abrazamos con cada gol. Aunque no sepamos casi nada sobre la vida de aquel que nos ofrece sus brazos y al que le ofrecemos los nuestros. Nos abrazamos con un sentimiento que lleva una mezcla de pasión, de alegría, de desenfado, de conquista… así como nos abrazamos este jueves de lloviznas amenazantes apenas tres minutos después de iniciado el partido, cuando Camilo Vargas hizo un saque espectacular que llegó a los pies de Jefferson Cuero, y Jefferson Cuero hizo el mentado y anhelado pase de la muerte, que Wilson Morelo pudo convertir en gol. En ese gol tempranero que nos hizo creer que el verdadero aguacero iba a ser de goles a nuestro favor, aunque al final no terminaron más balones en el arco del uruguayo Viera y tuvimos que conformarnos con el uno a cero. Suficiente, en todo caso, para llegar a la final.

Tampoco fueron necesarias las ruanas de plástico de 5000: salimos de El Campín felices y secos al cabo de los 90 minutos.

Aunque en realidad fueron mucho más que 90 minutos. Para mí, el partido había comenzado desde que terminó el anterior, con la ilusión de volver a una final. En los días previos al jueves había revisado los partes médicos del equipo, los informes disciplinarios, las estadísticas, el pronóstico del clima, la tabla de posiciones, las alineaciones probables. Y había llevado una cuenta regresiva que actualizaba varias veces al día. Porque el fútbol —o quizá habría que decir mi afición por Santa Fe— se ha convertido en una religión. Una religión de banderas rojas, como la sangre. Un destino inexorable, como la muerte.

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