“¿Cómo que tu amigo se separó y no sabés por qué? ¿No necesitás saber qué pasó? ¿Quién lo decidió? ¿Hubo terceros en discordia? ¿Tu amigo es gay? ¿Ella está bien? ¿Hay alguno internado por ahorcamiento? ¡Necesito más data!”.

“¿Cómo que nació el hijo de tu primo y no sabés a qué hora, cómo fue el parto, cuanto pesó, a qué colegio va a ir? ¿Tiene segundo nombre? ¿Cómo que no sabés ni cómo se llama?”.

“¿Cómo salís a la calle con nuestro hijo así vestido? ¿No te das cuenta de que está en piyama? ¡Encima es una piyama de invierno y estamos en verano! ¿Cómo que no te diste cuenta? ¿Cómo que no encontraste otra cosa? ¿No se te ocurrió abrir el placard y buscar alguna prenda como la gente? ¿Cómo que es lo mismo?”.

Ustedes no saben diferenciar estas cosas. No preguntan. No se intrigan por estos detalles. Y, encima, cuando uno se los dice, se enojan…

“Ya sé, ya me lo dijiste” —dicen con ese tonito sufrido que ponen cuando nosotras los queremos “ayudar”. Porque lo que para ustedes puede ser una “rompedura de huevos”, para nosotras simplemente es un “asesoramiento” para que se desenvuelvan mejor en la vida.

Es que necesitamos que sean más detallistas. Que se fijen más, que busquen, que no se olviden, que pregunten, que les dé intriga, que quieran saber, que se den cuenta solos. Porque nuestras cabezas femeninas no pueden parar de pensar en ¡todo! Y mientras estamos en nuestros trabajos, pensamos en que en casa no hay más leche. Y en el gym nos acordamos de que la factura del cable está por vencer. Y mientras nos estamos depilando, nos acordamos de que el portero eléctrico no funciona bien y que si el plomero no nos llega a dejar plantadas como suele hacer, no vamos a poder enterarnos cuando llegue. Nuestras cabezas son así. Pensamos en detalles todo el tiempo.

Y somos así con todo: las mujeres repasamos conversaciones que tuvimos, pensamos en “lo que diríamos si nos llegaran a decir”, analizamos mensajitos en celulares palabra por palabra e investigamos las redes sociales con la minuciosidad de un detective. Buscamos detalles todo el tiempo. En todos lados. Y obvio, en nuestro cuerpo también. Por eso vivimos intentando disimular pelos, aureolas, ojeras, hinchazón, adiposidades, arrugas, ganas de asesinar a alguien cuando nuestras hormonas se vuelven locas. Entonces nos convertimos en expertas en coleccionar pincitas, desodorantes, cremas, aros, zapatos, esmaltes. Colecciones que los hombres nunca terminan de comprender. Porque no entienden que un esmalte morado es muy distinto a uno rojo brilloso. Y que esos zapatos que me compré no son iguales a los otros que tengo, porque estos tienen tres tachas que quedan genial. Y que ya sé que tengo 27 champús, pero este es para rulos turgentes y el que tengo en casa en para rulos traviesos (¿?). Y que además me vendría muy bien encontrar algún buen baño de crema para cabellos “angustiados” porque últimamente mi cabellera está atravesando una etapa difícil. Pero, claro, ¡cómo lo van a entender si ustedes con que en la etiqueta diga “shampoo” ya están conformes!

Tampoco entienden nuestra problemática con las carteras. Porque no solo necesitamos distintos tamaños y colores, también necesitamos aprovecharlas al máximo. Meterles todo lo que pase por delante de nuestros ojos. Y es justamente la cartera la prueba más evidente de nuestras diferencias. Ustedes casi no necesitan nada. Nosotras, para trasladarnos de un lugar a otro, necesitamos de todo: productos de belleza, alimentos, literatura, facturas impagas, indumentaria, medicamentos, electrónica, artículos de librería, cubiertos, endulzantes y un sinfín de “por las dudas”. Es que no podemos dejar de pensar en detalles.

Puede ser que lo nuestro sea un poco exagerado. Por eso, queridos, tengo que pedirles un favor. Queremos relajarnos un poco. Dejar de retarlos tanto (aunque yo digo “asesorarlo”), queremos ser divinas y que nos amen. Por eso lo que necesitamos es que, por favor, ¡sean más detallistas!

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.