Quizá, lo único que nos interesaría a quienes asistimos religiosamente al Hay Festival de Cartagena si fuera en Pasto es que dicha ciudad se llamó inicialmente Villaviciosa de la Concepción de la Provincia de Hatunllacta, porque para nadie es un secreto que al Hay se va de parranda. Los ritmos caribes pasarían a ser flautas andinas, y Bob Geldof tocaría el pasillo El cafetero con una imagen de la ya fallecida doña Maruja Hinestroza de Rosero.

En las charlas tendría que haber doble traducción, del idioma del escritor al español y del español al pastuso y viceversa. A los invitados internacionales les darían paseo en llama o alpaca, en lugar de carroza. La guayabera sería reemplazada por la distinguida ruana. Quién quita que los potentados con casa en las Islas del Rosario no aprovechen y se hagan a su pedacito de isla en La Corota de La Cocha para poder convidar a un grupo selecto de los invitados del Hay a comer trucha arcoíris a ritmo de ocarinas y bandolines nariñenses. Habría, sin duda, una exposición de Daniel Mordzinski en el Museo Taminango, pero en lugar de mostrar una foto conmovedora de Gabo bailando champeta en Bazurto, Daniel añadiría a su lista de escritores fotografiados la de Santiago Gamboa arrastrándole la ruana a la escritora más joven que hayan invitado al festín literario a ritmo de La guaneña.

Intentando ser ‘muy originales’, las tres fiestas planeadas de manera ‘muy original’ en tres baluartes diferentes de Cartagena se harían en tres lugares idénticos de la ciudad sorpresa y a todas llevarían una murga del Carnaval de Blancos y Negros, hasta que a los extranjeros les supiera a cacho el ritmito del Son sureño o el Sanjuanito. Centenares de bandejas de cuy, ají de queso, pambazas, allullas, hojaldras, mostachones y lapingachos quedarían servidos luego de que todos los invitados VIP a la fiesta pasaran de ellos por haberse comido ya una sopa de arrancadas en la casa de… oh, no, un momento, no hay ninguna socialité que tenga casa en Pasto, ¿cómo le hacemos? De pronto Navarro Wolff les parece muy de a pie; mientras, los verdaderos arrancados no podrían ni acercarse a dichos manjares.

Y hablando de sopa, Juan Gabriel Vásquez nos daría sopa y seco sobre el reconocidísimo poeta nariñense Aurelio Arturo y, aunque no lo conocieran sino en su casa, el público asentiría en plan de entendido, como si hubiera leído al señor Arturo de pe a pa. Wendy Guerra, sin duda, llevaría las alpargatas más finas de toda la fiesta (con el logo de Coco Chanel cruzando sus blancos tobillos). Jaime Abello y yo nos tomaríamos todos los hervidos del caso hasta ponernos literalmente de ruana el fiestorro. El palco de los periodistas estaría desierto, por supuesto. Excepto por el juicioso cubrimiento de un Henry Posada Losada, a los demás les tendrían que pagar por ir hasta semejante lejura tan poco chic. Y los dos o tres grupos emperifollados de señoras del interior que mantendrían su pose por la literatura así tuvieran que ir hasta Pasto comentarían que tan churro ese Juan Gabriel y comprarían la obra completa del poeta Arturo, pero dirían también: “¡Eso sí, cómo hace de falta la muralla para estar juntos pero no revueltos, ala!”.

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