Por. César Augusto Muñoz Vargas*

“Al que no le guste el fútbol es un pendejo”, aseguró Darío Arizmendi hace unos meses durante las horas previas a un partido por eliminatorias mundialistas de la Selección Colombia. Creo que como yo, muchos de los aficionados al fútbol compartimos esa apreciación por el torrente de emociones que desencadena el deporte de las multitudes, sobre todo cuando se gana. Pero aún cuando se pierde, si se es seguidor de la selección o de un club en particular, queda sembrada la esperanza porque pronto llegará un nuevo partido de revancha para canjear tristeza por alegría. Esa podría ser una de las razones por la que muchos hablan de la “pasión del fútbol”.
 
Pero dándole un sentido inverso a la frase de Arizmendi, es decir, que los pendejos seamos quienes sufrimos por el fútbol, es cuando me pregunto si de verdad vale la pena tanto padecer cuando pasa y pasa el tiempo y no obtenemos rédito alguno por el incondicional amor. Sacrificamos buena parte de nuestro tiempo en un estadio, frente a una pantalla de televisión o pegados al parlante de un radio; y al final de los noventa minutos sucede una nueva frustración, la historia es reincidente.
 
Personalmente me sucede como hincha de Millonarios, el  ‘Ballet Azul’, el del uniforme bonito, el equipo de más caché, el de más seguidores en Colombia, el que otrora le ganó al laureado Real Madrid; pero también el que hace más de veinte años no gana un título en el torneo doméstico y el que cada domingo pone a mínimo quince mil hinchas  con el corazón en la mano en su habitual ritual de tortura.

Pasé mi adolescencia  y estoy transitando mi juventud con la esperanza de la anhelada estrella catorce, sin embargo, la realidad me diluye sin piedad la fe. En mis tiempos mozos de enamoradizo sufrí varias veces por amor, y aunque cada tusa fue en su momento la pena más grande, ahora no estoy tan convencido y creo que las penas más grandes de amor me las ha causado Millonarios.

Soy de la generación que alcanzó a ver a Juan José Irigoyen, Willington Ortiz, Arturo Segovia, Alejandro Brand, Alejandro Esteban Barberón, Waldomiro, Mario de Queiroz, José Daniel Van Tuyne. De cuando era casi imposible que un equipo visitante sacara al menos un empate en El Campín, templo sagrado que quien intentara profanar se llevaba mínimo tres goles en contra.
 
Gocé con las carreras irrefrenables de Barberón y de Iguarán, con las piruetas mágicas de la ‘Gambeta’ Estrada, la clase del ‘Misionero’ López, las atajadas magistrales  de Vivalda, los goles de Juan Gilberto Funes y Rubén Darío Hernández  y la garra de los recios Pimentel, ‘Barrabás’ Gómez y Mario Vanemerak. Ah tiempos aquellos en los que ir al estadio era una fiesta con paseo de olla incluido. Los partidos de Millos se disfrutaban, hoy no se ven, se sufren.

A excepción de un par de resultados y el triunfo dos por cero frente a Nacional en el 2006 con goles de Orlando Ballesteros, no recuerdo un reciente e inobjetable triunfo del azul frente a sus tradicionales rivales. Desde hace un buen tiempo se tradujo en pánico la presencia de la camiseta blanca del Caldas; la verde de Cali, Quindío y Nacional; o la roja de Santa Fe y América. Todos le ganan o le empatan, los arqueros contrarios se crecen. A Millonarios le perdieron el respeto.
 
Ya no voy al estadio con tanta frecuencia, no por desamor al equipo, pero sí porque el presupuesto no alcanza  y porque resulta jarto, además de la incertidumbre que produce el cuadro albiazul, ver una horda vociferante de hinchas desesperados que ya no putea al árbitro sino a los once jugadores del equipo que dicen querer. Y es que hasta en occidental las palabras más cariñosas que se escuchan son “hijuetantas” o “gonotantas”.  Puede que tengan razón, la desesperación ha rebasado los límites, pero no hay que comulgar con eso de que “porque te quiero te aporreo”, además porque la culpa no es exclusiva de la nómina y del cuerpo técnico actual. Son más de dos décadas de melancolía.

Las estadísticas dicen que a Millonarios el tiempo se le acaba y que las posibilidades de clasificación a las próximas finales son remotas. Y a mí como hincha enamorado también el tiempo me respira en la nuca, y no porque me vaya a cambiar para La Equidad o le haya perdido el gusto al fútbol. El paso de los años es cruel, los bríos y el vigor de la juventud también se van esfumando y será muy aburridor llegar a la adultez con los hálitos de la derrota a cuestas.
 
No hay que echarse a la pena por estas contrariedades futbolísticas, sin duda hay cosas mucho más importantes en la vida que sufrir por un amor no correspondido. Pero qué vaina, ¡cómo influyen las cifras del marcador en nuestro estado de ánimo! Reconozco que en mi caso son estímulos de gran poder, y más dramático que a causa de las reiteradas adversidades la tristeza se convierta en resignación.
 
Doctores López y García, queridos (de corazón) profesor Quintabani y  jugadores de Millonarios, ustedes no tienen la culpa. La culpa es de mis hermanos mayores que me llevaron por primera vez al Nemesio, y la culpa será mía cuando nazca y crezca el hijo que espero y llegue el momento de transferirle esta inconmensurable pasión por Millonarios. ¿Surgirá la misma química por el equipo del que me niego a aceptar se quede eternamente como el trece veces campeón? No seamos tan pendejos…

*Hincha de Millonarios, periodista, fotógrafo y editor de la revista El Andariego (www.revistaelandariego.com <http://www.revistaelandariego.com/> )

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.