Mi Maratón

Afortunadamente ya lo sé, y quiero compartirlo con ustedes, para que de una u otra forma ustedes nunca lo vivan.

8:00 de la mañana; me despierto con la acostumbrada llamada de mi señora madre a saludarme. Como siempre, prendo mi televisión y como ustedes saben, en este país solo se habla de crisis; crisis en la política, crisis en la economía, crisis emocional, y la más famosa y renombrada crisis, la de las pirámides.

Miraba el noticiero con cierto sentimiento de tristeza, con las personas que por su ignorancia y falta de educación, caen engañadas por mentirosos que prometen dinero fácil, y claro; vida fácil.

Mientras hablaba con mi mamá recibí a mi celular uno de des esos mensajes de texto que sorprenden un sábado tan temprano. Al ver que la fuente del mensaje era COMCEL, pensé que era alguno de esos cobros virtuales. Pero no, algo muy diferente se había metido en mi celular. El mensaje me informaba que había sido el Feliz Ganador de 15’000.000 de pesos.

Me imagino que ya estarán oliéndose lo que viene. Y sí, estúpidamente devolví la llamada al número que me enviaban, mientras le dije a mi mamá que tenía que colgar por la probabilidad alta de que igual a Murcia, pude haberme vuelto millonario de la noche a la mañana.

Centro Master Comcel, me contestaron. Una voz de locutor profesional me atendió la llamada. Con tono inseguro le pregunté acerca del mensaje que había recibido. De forma inmediata me comunican que acabo de ser un ganador más del maravilloso “Maratón Comcel”. Me indican que son en total 700 los ganadores de esta renombrada triatlón de ganadores.

Mientras me informaban que mi prodigiosa suerte se había revelado, me levanté de mi cama, todavía con los ojos medio pegados. Esto sonaba muy bien; simplemente me había ganado 15 millones de pesos en una tarjeta débito. Ya era un ganador. En ese momento me arrepentí de tantos agarrones con el call center, en ese momento me sentí orgulloso de pagar mi celular mes a mes, en ese momento sentí que por fin, Comcel devolvía pagos en una muestra de cariño hacia sus clientes especiales, como yo.

Y aquí empezó mi maratón.

Lamentablemente, existe la ganancia ocasional; buenas noticias para el Estado, malas para el ganador. Por ganancia ocasional y gracias a un convenio especial de Comcel, el impuesto a pagar sobre los 15 millones de pesos, corresponde a un 1%, es decir, 150.000 pesos.

A continuación recibo por parte de Comcel la siguiente instrucción: “Señor, la forma de pago de este 1% se debe hacer por medio de nuestras épicas tarjetas prepago de Comcel, para esto usted tiene 15 minutos; es decir, antes de este tiempo usted debe llegar a una tienda, comprar 150.000 pesos en tarjetas, y así será un feliz ganador, ¿qué le parece?” Mi respuesta fue obvia. Increíble, contesté mientras me ponía unos zapatos que me regaló mi abuelo, una camiseta roja feísima que me llega a las rodillas y unos jeans rotos que no me ponía desde los 13 años.

Salí de mi apartamento como un loco que acababa de tener una tragedia terrible; en el camino hacia mi carro, casi arrollo al portero. Sosteniendo el teléfono en mi hombro mientras hablaba con mi redentor de Comcel, manejé hacia una tienducha cercana. La gente de otros carros me miraba, mi estado era deplorable. Preguntaba cada minuto al centro Máster: ¿cuánto tiempo me queda? Me contestaban, 8 minutos… 6 minutos… apúrele señor. Dios mío, qué mezcla de emoción y estrés al mismo tiempo. Pero lo logré; llegué a la tienda.

El tendero pensó que era un atraco, seguramente desacostumbrado a ver entrar esperpentos a su tienda. “Déme 150.000 pesos en tarjetas prepago” le dije. Me miró muy raro, realmente muy extrañado. Sacó un 50% del inventario en tarjetas y me las entregó, mientras yo sacaba de mis bolsillos mis billetes de 50.000. En este momento me informaron de Comcel, que estaba solo a un paso de mis 15 milloncitos. Mientras todo esto ocurría, me hacían varias preguntas; como por ejemplo: “¿qué piensa hacer con los 15 millones?” Yo no podía ni contestar, pensaba en mi soñado MiniCooper que se veía más cerca que nunca.

Me pidieron entonces meterme en mi carro de nuevo, donde pudiera estar tranquilo y concentrado para el último paso antes de ganar mi fortuna.

Debía raspar las 10 tarjetas que había comprado, dictar los códigos, y de esta manera hacer el pago del impuesto. Y así, empecé a raspar.

Mi uña se puso negra, muy negra; imagínense raspar 10 códigos de estos. 1025678909, 1345278704, 456239087, 5465789098. Dicté uno por uno el código de cada tarjeta. Cada vez que dictaba uno me decían: “¡Código correcto! ¡Adelante con el siguiente!”

Finalmente acabé, me dolía el dedo, pero me alentaba el premio. El Centro Máster me informó entonces que ya había ganado la Maratón Comcel y me informaron que un representante de Bancolombia y de la Superintendencia estaban presentes y querían brindarme un caluroso aplauso por mi odisea. Oí aplausos, oí la felicidad de una empresa que se alegra por la suerte de sus clientes. Fue aquí donde me abrieron un espacio para que yo dijera unas palabras de agradecimiento. “De corazón, quiero agradecer a Comcel, Bancolombia y al superintendente, por tan maravillosa sorpresa, cosas como estas son las que hacen que los clientes se enamoren de las compañías”.

Pero aquí no terminaba esta llamada de más de 40 minutos. El Centro Máster hace un llamado a mi buen corazón, qué lindo. Me piden, claro de forma voluntaria; donar alguna parte de mis 15 millones al hospital Cardio-infantil. Pero cómo decir que no, “claro que sí” dije emocionado, pensando en estos miles de niños que necesitan mucho más que 15 millones para curar su salud. Entonces dije con tono de salvador: “Dono 500.000 pesos”; pero lamentablemente la forma de donar esta plata se debía hacer también por medio de las tarjetas Comcel. Por lo que desafortunadamente para estos niños, solo puede donar 150.000 pesos más.

De nuevo, entré a la tienda. El tendero no sabía qué hacer cuando le pedí 150.000 pesos más en tarjetas. Finalmente, sacó las últimas tarjetas que tenía y me las vendió, con una mirada que yo nunca había visto en mi vida.

A raspar de nuevo; con la misma uña; para dejarla aún más negra y desagradable. Dicté al Centro Máster 10 códigos más.

Y ahora sí había terminado, había ganado. Al otro día me visitarían en mi casa las cámaras del canal RCN, un representante de Bancolombia y la gerente del CardioInfantil, para hacerme entrega de mi tarjeta débito por 15 millones de pesos.

Me pidieron visitar la página ideascomcel.com donde podría ver mi nombre en la lista de ganadores del Máraton Comcel.

Y así, después de 40 minutos de un arduo ejercicio mental, colgué.

Inmediatamente, llamé a mi papá. “¡Me gané 15 millones!” le dije mientras me reía. Le conté esta maravillosa historia y me hizo una pregunta muy sabia, demasiado sabia: “Chino, ¿no te habrán tumbado?”. “Nooooo, esto era serio” Contesté yo. Le pedí a mi papá que entrara a la página de Internet, que ahí saldría mi nombre en contados instantes. “Busca el banner de Maratón Comcel” le pedí. Después de unos 5 minutos me dijo: “No veo ninguna Maratón”.

Por lo tanto llame al *611; mientras miraba mi camiseta roja y zapatos desgastados. Le pregunto a la operadora de Comcel sobre la Maratón, y la gran respuesta:

“Lo sentimos señor pero esa Maratón no existe, ¿usted no habrá pagado, verdad?”.

No lo soporté, colgué inmediatamentre sin ni siquiera contestarle nada. Me senté en mi cama y entendí que yo solo era el ganador de una maratón de estúpidos. Había ganado el primer puesto. Había ganado con honores.

Me miré al espejo. Qué triste escena. La camiseta, los zapatos, los jeans y 20 tarjetas prepago raspadas encima de mi cama. Había donado 300.000 pesos en minutos de celular a algún mercenario.

Pero qué imbécil, ¿cómo pude caer en esto?

Decidí averiguar entonces a profundidad sobre el tema. Resulta que estas llamadas las hacen desde la cárcel; el centro de operaciones de los ladrones, sicarios y violadores de nuestro país. Lo reconfortante es que en este tipo de robos, solo cae el 0.1% de la población, siendo parte de este porcentaje el autor de este artículo. En la cárcel, recargan celulares con estos minutos de la Maratón, y los venden como arroz.

Quiero pedirles disculpas por hacer pública esta estupidez, esta ignorancia, esta falta de criterio. Deben estar pensando, “¿Quién será este idiota?”. Eso mismo me pregunto yo; ¿quién fui ese sábado?

Definitivamente creatividad en Colombia hay por todos lados; ideas buenas o en este caso ideas malas para estúpidos como yo.

Quisiera cerrar pidiéndoles que el día que reciban este mensaje de texto, piensen en mí. Solo si quieren ser parte del 0.1% de la población, arranquen a raspar.







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