"Se puede juzgar el corazón de una persona por el trato que le da a los animales"

Kant

     

             

Una de las características más claras en el comportamiento de un colombiano puede ser la violencia.

Los colombianos somos violentos por naturaleza. Sólo falta recorrer la historia a través de las constantes e interminables guerras civiles y conflictos internos que el país ha sufrido desde su independencia  u observar unos minutos de algún noticiero nacional en televisión o simplemente caminar o manejar por las calles de Bogotá para entender que ser violento en Colombia está directamente ligado a nuestro ADN, a nuestra conformación genética.

La semana pasada, Paco, un hermoso pastor alemán de cinco años salió en la noche de la finca para dar una vuelta, con seguridad atraído por alguna perra en celo de la región.

Ya en la madrugada, el animal regresó pero con grandes dificultades para caminar, deambulando de lado a lado, emitiendo sonidos de profundo sufrimiento y dejando a su paso un río de sangre. Con gran esfuerzo logró volver al lugar donde vivía pero cayó muerto y desangrado.

El perro había sido literalmente cortado en dos con un machete y sus genitales mutilados brutalmente.

Un acto de barbarie absoluto, de salvajismo decadente, una demostración criminal de irrespeto total por la vida.

De matar un perro de esa manera a violar un niño, a golpear una mujer o a asesinar o torturar una persona, no hay ninguna diferencia.

Un reflejo contundente de esa triste realidad cotidiana que se respira con frecuencia por Colombia y que ojalá algún día se pueda controlar.

Siempre he escuchado que entre más se conoce a las personas, más se quiere a los perros.

Hoy quiero a los perros como nunca.

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