El autor de Rosario Tijeras acompañó a Lida Marín en una jornada en la que la incertidumbre, la desolación y la esperanza luchan entre sí para llegar siempre a la misma pregunta: “¿Dónde estará mi hija?

Lida Marín tiene la mirada vidriosa y a veces el pelo le tapa los ojos cuando habla moviendo la cabeza, pero un segundo después vuelve a descubrirlos y aparece en ellos la tragedia. Lida es una mujer sin edad, como tantas mujeres colombianas que a fuerza de trabajo y dolor envejecen al excesivo ritmo de sus cargas. Hasta hace poco vivía en el campo con su marido, pero rompieron después de 15 años por razones que no vienen al caso. Es menuda, aunque lleva a cuestas una pena cien mil veces más grande que ella: su hija, Diana Mayerli, de 22 años, despareció hace seis meses. Lida comienza a contar de la noche que se perdió Diana y por un instante soy yo quien se pierde en la extrañeza de sus palabras. “Perderse” ha adquirido un significado particular y siniestro en la historia de Colombia. No es el mismo que vivimos nosotros media hora antes, cuando nos perdimos tratando de encontrar su casa. Ni es el de los caminos ciegos de un laberinto donde, con paciencia, tarde o temprano se encuentra la salida. A lo que se refiere Lida es que Diana Mayerli se perdió en un camino que ya conocía bastante, y en el tiempo que tardaría en recorrerlo de regreso a su casa.

“El día que Diana se perdió”, dice Lida varias veces, y cada vez que lo hace queda la sensación de estar evitando otra palabra atroz y que no tuvo más remedio que ponerla en los carteles con los que empapelaron las calles: desaparecida. Perderse suena menos definitivo que desaparecer. Entonces cuenta que ese día Diana Mayerli salió con zapatos bajitos, con leggings negros bajo una falda también negra con cuadros blancos, chaqueta, bolso, bien arreglada y bonita como siempre. Lida no la vio salir porque todavía vivía en el campo sin sospechar que un par de días más tarde le cambiaría la vida drásticamente. Diana vivía con Héctor, uno de sus hermanos, en una urbanización en Soacha, en una casa que no tiene más de tres metros de fachada. Y fue a partir del momento en que ella cruzó la puerta de la casa cuando comenzó a desvanecerse. Al poner el pie en la calle, su destino se llenó de incógnitas, vacíos, contradicciones. Aunque era domingo, 13 de noviembre de 2011 para ser más exactos, tenía que ir a trabajar a un asadero de pollos más al norte. Lida dice que Diana era recepcionista y llevaba pocos días en el puesto. También pasó un año sin trabajo y cuando se le dio la oportunidad tuvo que hacer el sacrificio más grande de su vida: separarse de su hijo de 3 años. El niño se fue a vivir con su papá, muy cerca de ahí pero muy lejos del corazón de Diana. Algunos líos con la suegra y la familia política hicieron que ella y su compañero tuvieran que vivir separados. Ella pasaba en las noches a visitar al niño y luego se iba para su casa. Esa era la rutina en la que se perdió Diana.

La mañana del domingo salió acompañada de una amiga y ahí comenzaron a enredarse las versiones, que a esa hora del día no vaticinaban nada extraño porque de todas formas Diana Mayerli llegó a su trabajo, cumplió el horario, terminó su turno y antes de pasar a ver al niño, entró a un café internet, abrió la cuenta de Facebook y chateó con una amiga. Fue una conversación breve, normal, que no dio para pistas que sirvieran más adelante. De ahí salió a recoger a su hijo, porque quería pasar la noche con él así tuviera que trabajar al día siguiente, un lunes festivo. Llegó y lo encontró dormido. Su excompañero le dijo que el niño estaba un poco resfriado y se opuso a que ella se lo llevara. Y discutieron. Antes de salir, ella anunció que volvería por él a las siete de la mañana. Lida no sabe cuáles eran los planes de Diana, si de todas maneras tenía que ir a trabajar al otro día, pero en fin, dice. El caso es que ella salió, cerró la puerta y esa fue la última vez que la vieron. Después solo se la encontrarían pegada en los postes y en los muros, con su nombre completo, Diana Mayerli Marín Arango, con la descripción de su ropa y su tatuaje y bajo el rótulo de desaparecida.

Que por una noche no llegue a dormir una mujer joven y bonita, dueña de su vida porque no tiene que rendirle cuentas a nadie, no es muy extraño. Héctor, el hermano, trabaja como vigilante, y como hace turnos de día y de noche, debe de estar siempre más preocupado de su propio sueño que del de los otros. Sin embargo, fue él quien le avisó a Lida que Diana Mayerli llevaba dos noches sin ir. Ella lo tomó con calma y la llamó varias veces al celular. El teléfono timbraba hasta que entraba a buzón, cuenta Lida, pero al día siguiente dejó de sonar, como si lo tuvieran apagado o se le hubiera acabado la batería. Hasta ahí le llegó la calma y comenzó su viacrucis, el mismo que padecen miles y miles de colombianos a quienes también se les ha ‘perdido’ un ser querido.

Diana Mayerli ingresó, con agravantes, a la ignominiosa lista de desaparecidos en Colombia. Hasta septiembre de 2011 el número ascendía a 62.745, de los cuales, dice la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas, 16.884 son desapariciones forzadas. Llama la atención que un poco más de 45.000 personas del grupo restante hayan desaparecido como por arte de magia. Aquí, creo yo, es donde se comienza a marcar la diferencia entre perderse y desaparecer.

La vergonzosa tradición de desapariciones en nuestro país llevó a que, finalmente y después de muchos proyectos fallidos, se tipificara el crimen de desaparición forzada a través de la Ley 589 de 2000. Como dicha ley, y casi todas, se estancaba en la teoría, surgieron luego otros proyectos para intentar activar varios mecanismos de búsqueda. Se aprobaron diferentes leyes, la 971, la 975, y las de indemnización 906 y 600, que deben ser atendidas y aplicadas por todo el engranaje oxidado del Estado: que la Procuraduría, que la policía, la Fiscalía, la justicia ordinaria, las defensorías, las ONG y hasta la Iglesia. En este punto nos perdemos todos. Ante ese monstruo pasivo de mil brazos cruzados han tenido que enfrentarse Lida y su familia para intentar encontrar a Diana. Han llenado cientos de folios y solicitudes, han hecho incontables visitas a un organismo y a otro, se han resignado a los “vuelva mañana” que tan bien les sale de la boca a los funcionarios, han cumplido cada petición hasta el cansancio, no se han detenido en la búsqueda ni se detendrán. Lida, sin embargo, intuye que por ese lado no es. Dije que Diana Mayerli entró con agravantes a la lista de desaparecidos, y es que al no presentarse una motivación violenta en su desaparición, sin antecedentes ni amenazas, su caso no puede denunciarse como una desaparición forzada y, en consecuencia, no se le pueden aplicar todos los mecanismos de búsqueda. Ante esta situación, y como si el caso estuviera resuelto, en la Fiscalía de Soacha le dijeron a Lida que Diana se perdió porque así lo quiso, y para adornar su versión con detalles, han dicho que Diana se fue con alguien. Las conclusiones de la Fiscalía llenaron a Lida de ira e indignación. Diana nunca se hubiera ido sin su hijo, dice y lo enfatiza: nunca. Se queja de que ni siquiera han querido hacerle un seguimiento al teléfono de su hija, más cuando dos meses después, en enero, al teléfono volvió a entrar una llamada. Nadie hablaba cuando dejó de repicar, como si escucharan en silencio, pero su tía Zoila, la que llamó, habló durante dos minutos con la esperanza de que Diana la escuchara y le pidió que hiciera todo lo posible para darles una prueba de vida. Al mes siguiente, en el extracto de la cuenta del teléfono de Zoila aparecieron registrados los dos minutos de esa llamada, y Lida dice que ni así la Fiscalía ha hecho nada sobre ese tema. Cansada de negativas y de burocracia, Lida decidió encomendarles a sus familiares los trámites terrenales porque ella iba a dedicarse exclusivamente a los que tenían que ver con el cielo.

Lida ha peleado con Dios y ha vuelto a reconciliarse. Es cristiana devota. Reza y llora hasta quedarse sin lágrimas. Dios le responde que lo importante no es por qué suceden las cosas sino para qué suceden. Su respuesta la tranquiliza. En el último mes ha recuperado un poco de paz, tiene más confianza, más fe en el regreso de Diana. Ya no espera una llamada de la Fiscalía ni de ningún organismo dándole noticias de ella, sino que confía en oír la voz de su propia hija. Habla en silencio con ella, le cuenta del niño, le dice que está bien y que todos lo cuidan, le pide que busque la manera de salir de donde está. En su corazón de madre, Lida siente que Diana está viva. El niño, entre tanto, reclamaba a su mamá, le pedía a Lida que se la llevara y preguntaba por qué había tantas fotos de ella en la calle. Su abuela insiste y le dice que está perdida y que en cualquier momento vuelve. Pero con el paso de los días y los meses la ausencia de ella ha comenzando a hacer estragos: ahora el niño no pregunta por su mamá, sino por Diana. El vínculo y la palabra han comenzado a borrarse.
A Diana Mayerli la han buscado en las morgues, en los hospitales, en Medicina Legal y hasta en las cárceles. A los pocos días de su desaparición escudriñaron en cada centímetro cuadrado de la zona por donde debió haber regresado. Rastrearon en los sitios donde pudieron haber arrojado su cadáver. Como dice la canción, también la buscaron “en el agua y en los matorrales”. Su foto apareció, por unos segundos, en televisión y ha hecho su recorrido por las redes sociales. No pueden parar de buscarla, porque de hacerlo, también se perderían en la desidia los expedientes, los formularios y las denuncias, todo el papeleo que han hecho por encontrarla. De tanto buscarla no ha faltado quien la ha visto. Alguien dijo que vio a Diana por un sector de Kennedy y otra persona aseguró que la había visto en una estación de TransMilenio. Corrieron a verificar en las cámaras de la estación, pero les pidieron, una vez más, una orden de la Fiscalía. La orden no se dio porque ellos dijeron que investigarían y analizarían los videos, y al cabo de un buen tiempo les informaron que la que supuestamente era Diana Mayerli resultó no ser ella. Dos personas, en sitios diferentes, dijeron que días antes de perderse la vieron con un muchacho flaco, alto y crespo. Que una de esas veces iban cogidos de la mano. Lida no sabe nada de novios ni de amigos. Por esos días Diana estaba sola, dedicada al trabajo, a su hijo, y en los ratos libres se convertía en una chateadora compulsiva. A la confusión se suman las versiones contradictorias de la amiga con la que salió ese domingo en la mañana. Primero dijo que se fue con ella a su casa, la amiga estaba buscando que le dieran trabajo en el mismo asadero donde trabajaba Diana y tal vez quedaron en pasar a recoger unos papeles. Luego dijo que no, que se habían separado en una parada de bus y cada una cogió por su lado. Las contradicciones no la comprometen mucho, porque ya se sabe que Diana llegó muy puntual a trabajar. Ocho días después, la amiga dijo que a su celular había entrado una llamada de Diana. Lida y sus familiares no alcanzaron a ilusionarse, porque casi inmediatamente la amiga dijo que no, que no había sido ella. Y para rematar con las incoherencias, llegó a afirmar que había visto el cadáver de Diana en Medicina Legal lo cual tampoco resultó cierto. Ni siquiera tenía forma de conseguir el permiso para entrar a reconocer un cuerpo.

Al comienzo, todos fueron sospechosos para Lida. Se agobiaba con los “qué habría pasado si...”. Mil conjeturas cruzaron por su cabeza, cada suposición se enredaba en otra, nada cuadraba con nada, por ningún lado asomaba una luz y como música de fondo estaba el sonsonete de la Fiscalía: Diana no está secuestrada, Diana no está desparecida. Más tarde llegaron las opiniones de los brujos, algunos parientes acudieron a ellos en una decisión desesperada, y tanto las cartas como el tabaco, el fondo en la taza del chocolate, las prendas que les llevaron de Diana coincidieron en que ella estaba viva. Los ángeles celestiales fueron más lejos y les comunicaron que Diana se había perdido por medio de una mujer.

En estos meses, Lida duerme en la cama de su hija y, sin embargo, ha guardado en cajas todas las pertenencias de ella. No quiere tropezarse con sus cosas. Tampoco hay una sola foto de Diana en la sala. Imagino qué sentiría Lida al encontrarse con su imagen a cada instante. En todo este tiempo ha soñado con ella dos veces. En el primer sueño, Diana llegó y se quedó quieta frente a la casa. Lida la vio afuera a través de las cortinas y la invitó a entrar. Diana siguió quieta y le dijo que tenía miedo de entrar a la casa. En el segundo sueño, Lida se encontró con la voz de Diana, le preguntó por qué no llegaba y ella le respondió que estaba embarazada.

Cada vez que suena el teléfono, el timbrazo se le mete en los huesos. Cualquier cosa puede pasar al otro lado de línea, lo mejor, lo peor. Al momento de tomarle una foto a Lida sosteniendo un retrato de su hija, estalla. Seguramente ya había llorado antes ese día, pero ahora vuelve y llora, desgarradamente, y dice que lo peor es eso, no saber nada. Que si tuviera la certeza de que Diana está muerta, tendría al menos un cuerpo para llorarla, la invadirían la tristeza y el dolor, pero estaría frente a la verdad.

Desde hace unas semanas han logrado que a través de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos un abogado tome su caso. Lida suelta un ligero suspiro impregnado de esperanza. Yo sé que ella está viva, insiste. Pienso en el tatuaje que Diana tiene en la espalda y que tanta rabia le dio a Lida cuando se lo hizo: un hada sentada sobre una rosa, y creo que así ha sido su historia, un cuento de no creer, un relato de horror al que aún le falta un final feliz. Con dos pasos cruzo el pequeño antejardín en el que Héctor y Lida han sembrado hortensias y begonias. Vuelvo a ver a Diana Mayerli pegada de la ventana de una tienda, mirándome con sus ojos brillantes de pestañas largas. Ante tanto silencio hay solo una cosa clara: ella se perdió por ser joven, por ser bella, por ser pobre y, sobre todo, por ser colombiana.

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