Dos hermosas mujeres con un hombre

Confesiones

La vez que le pedí a mi amigo que me acompañara a un bar «Swinger»

Por: Karen García

Era viernes por la tarde. Me encontraba leyendo un artículo en internet, cuando mis ojos se vieron atraídos por la frase: club «swinger» en Bogotá. La pauta publicitaria decía explícitamente: “Hoy, show especial exclusivo para parejas en el mejor club «swinger» de Bogotá”.

3/3/2022

¡Qué interesante, pensé! Dentro de mi filosofía de vida como ‘buen alma joven que soy’, siempre he tenido ese apetito por explorar, por ir más allá, por entender y comprender nuevas formas de hacer las cosas.

Esa noche, había quedado de verme con un amigo y su novia en el norte de la ciudad. Quise “echarle un ojo” a la página del bar antes de salir y encontré una lista sobre mitos que desmintió muchas de mis creencias.

Pensaba que para asistir a ese tipo de lugares se debían acatar una serie de ‘reglas eróticas’ y que, además, se debía ir con pareja. ¡Y no! Para mi sorpresa —como en la vida— tú eres el que pone los límites.

Cuando llegué a donde mi amigo, la idea seguía ‘rondándome’ la cabeza. Sin embargo, mi dilema era que no tenía novio y se supone que el concepto de la fiesta swinger nació para que las parejas puedan practicar un intercambio sexual. En realidad no es así.

Hablando con mi amigo esa noche, le dije lo que quería hacer y me dijo: “¡estás loca! ¿Con quién piensas ir?”, le dije: “Pensaba ir contigo, ¿no te gustaría acompañarme con tu novia?”.

La idea le quedó sonando, pero sabía que su novia no se atrevería, así que decidió despedirla y sin decirle nada, nos fuimos, como dos amigos llenos de curiosidad y atendiendo al impulso que surgía de la aventura que estábamos a punto de iniciar.

Por: SoHo

Llegamos al lugar

La entrada costaba $50 000 por persona, nos dieron una toalla blanca y la llave de un casillero. A la derecha vimos unas escaleras y a la izquierda una pista de baile vacía. Eran las 10:30 de la noche. Había otro grupo de personas conversando y tomando algo, pero nada más allá de lo usual.

Cuando subimos al segundo piso, lo primero que vimos fue el pene de un hombre joven que le colgaba mientras caminaba plácidamente por el lugar.

Luego, observamos cómo una mujer le hacia sexo oral a su pareja en el sauna. En el turco había un par de gais que se recostaban contra el vidrio transparente mientras se besaban desnudos y se tocaban apasionadamente.

En otro salón, una mujer ‘voluptuosa’ completamente desnuda se rodeada de dos hombres que le acariciaban los senos, la besaban de pies a cabeza y la penetraban con mucho deseo. Era como estar en una escena porno en vivo y en directo.

Nos quedamos ahí, contemplando con mi amigo el trío ‘maravilla’. Era inevitable no sentir deseo y excitación dentro de la vibra erótica que rodeaba el ‘salón’, que, además, estaba cubierto por una niebla blanca que hacía ver la escena más atractiva.

Eran las 11:30 de la noche y las personas ya estaban completamente desinhibidas —no habían límites, tabús o reglas que valieran— eran solo ellos, dejándose persuadir por el deseo sexual de su instinto.

Al mismo tiempo, los hombres se masturbaban mientras se complacían viendo a los demás. Algunos usaban sillas con formas y curvaturas para penetrarse. Dentro de los muchos sonidos que se oían, el que más se escuchaba era el de la orgía que estaban transmitiendo en el televisor. Todos con todas. Lujuria en el más puro de los sentidos.

Mi amigo, el ‘cachondo’

Mirada clandestina. Por: SoHo.co

Mi compañero de aventura se estaba poniendo ‘cachondo’, pero él sabía que en mí no iba a encontrar lo que buscaba. Así que decidió darse una vuelta por su cuenta, mientras yo me desnudaba para recibir un cálido masaje enfrente de todos los que estaban ahí.

Hasta ese momento, nadie nos había propuesto nada, pero queríamos ‘bajar el voltaje’, así que cambiamos de piso, pero no sirvió de nada. Allí también había personas tendiendo sexo oral, vaginal y anal.

También estaban dos mujeres rubias vestidas con ropa interior erótica que dejaba al descubierto sus grandes senos operados. Tenían entre 35 y 38 años. A plena vista se notaba que les resultaba cómodo el exhibicionismo. En contraste, nosotros acabábamos de cumplir los 23 años y nunca nos habíamos desnudado fuera de nuestra intimidad personal y de pareja. Ellas tomaron una actitud seductora, preguntaban: ¿a qué le tienes miedo? Yo solo me reía. Ya bastante era estar ahí como para ponerme a coquetear. Pero mi amigo estaba muy excitado. Eran muy bellas.

No obstante, en territorio desconocido no hay que bajar la guardia. Además, yo soy 100 % straight y ellas querían tener un sexteto con sus parejas: sentía que éramos un “caramelo de colágeno nuevo” en medio de tanto deseo. Mi amigo se fue aburrido.

Ellas no dejaron de insistir hasta el final, pero no pasó. Al salir, mientras esperábamos el Uber, las vimos vestidas. Ellas seguían insistiendo en que nos perdíamos de mucho y nos preguntaban: “¿por qué tan jóvenes y ‘morrongos?’”.

Pero mi misión era otra —tal vez la de mi amigo no—, pero yo la tenía clara. No quería hacerlo con gente desconocida. No quería ser tocada por ajenos. Quería ver. Tenía todo el poder para hacerlo y eso fue lo que hice. Salí del lugar con emociones encontradas, pero intacta, triunfante: había conseguido lo que quería... y aún más.

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