Los dos balazos que descargó sobre la cabeza de Gianni Versace el 15 de julio de 1997, cuando el italiano se disponía a entrar en su mansión de Miami Beach, le aseguraron a Andrew Cunanan aquello con lo que soñó toda la vida: un lugar en la historia.

A los 27 años había tejido a su alrededor una telaraña de fantasías y verdades a medias en las cuales era difícil distinguir, incluso para él mismo, la realidad de la ficción. Ya de niño solía aburrir a sus compañeros del colegio hablándoles sobre la riqueza y los lujos de su familia, y si bien procedía de un entorno acomodado, exageraba para mostrarse como el millonario que no era. De esa época viene la anécdota de cuando le pidió a su mamá cocinar langosta y llevársela a la escuela para impresionar a una chica con quien tenía una cita para almorzar; él llegó ataviado como el príncipe Carlos —a ella, por supuesto, le pidió que fuera vestida como Diana—.

Quien cuenta la anécdota es la periodista Maureen Orth, autora del libro Vulgar favors: Andrew Cunanan, Gianni Versace and the Largest Failed Manhunt in U.S. History. Cuando apareció, en 1999, fue desautorizado por la familia Versace y por estos días ha vuelto a los titulares, pues es la base del guion de El asesinato de Gianni Versace, la nueva temporada de la serie de FX American Crime Story.

Como era de esperarse, el clan italiano de la moda no tardó en pronunciarse sobre el programa e incluso antes de ser estrenado, Donatella —hermana del difunto y cabeza del emporio— lo calificó como una “simple ficción”, al tiempo que resintió el hecho de que los productores hubieran escogido el libro de Orth para hablar sobre su hermano.

La molestia está centrada en que el show, como el libro que lo inspira, remueve el pasado de la víctima y pone en la palestra algunos hechos que la familia ha desmentido por años. El más grave es la afirmación de que al momento de morir, el modisto era VIH positivo y que sus hermanos —Santo y Donatella— habrían ordenado una cremación express para que la noticia no saliera a la luz y no afectara la próxima salida a la bolsa de la marca —un negocio calculado en 1400 millones de dólares—. Además de eso, pone en evidencia una vida sexual licenciosa y desenfrenada en la que su pareja, Antonio D’Amico —interpretado por Ricky Martin, el más flojo del casting—, era el encargado de colar jóvenes en su cama y preparar las orgías.

¿Por qué los productores decidieron avalar el libro de Orth para contar la historia del asesinato de Versace? Entre otras cosas, por los vacíos que dejan las fuentes oficiales al respecto. Y porque Orth, corresponsal de Vanity Fair, es una periodista curtida que trabajó el libro durante varios años y se entrevistó con cientos de personas para construir su relato.

De hecho, al momento del asesinato de Versace llevaba dos meses haciendo un perfil sobre Cunanan, quien en ese momento ya hacía parte de la lista de los más buscados del FBI. Fue ella la primera en desvelar la conflictiva personalidad del asesino: un homosexual con delirios de grandeza, un altísimo coeficiente intelectual, cero empatía y una inclinación enfermiza hacia la mentira. Un hombre frustrado que quería ser grande, pero que solo llegó a prostituto y timador ocasional. Cuando le arrebató la vida a su ídolo —un homosexual que había conquistado el mundo—, se sintió tan grande como él.

Polémica aparte, la serie ha sido bien recibida por el público y la crítica. El casting, que incluye a Darren Criss (Cunanan), Penélope Cruz (Donatella) y Édgar Ramírez (Versace), logra darle verosimilitud a la historia. Además, la narración mantiene a los espectadores frente a la pantalla, a pesar de que todos saben el desenlace. De hecho, en el primer capítulo se despacha el asesinato de Versace y, a partir de ahí, desenvuelve hacia atrás la madeja de los sucesivos crímenes de Cunanan —cinco en total—, que incluyeron a sus tres examantes Jeffrey Trail, David Madson y Lee Miglin. Este último, un magnate de Chicago brutalmente torturado antes de morir y cuya familia tampoco debe estar nada contenta con la serie, pues lo muestra como un setentón atormentado que escondía su homosexualidad tras la fachada de hombre exitoso y padre de familia.

Todo el mundo conoce cómo termina todo. Una semana después del asesinato de Versace, Andrew Cunanan se suicidó con un disparo en la boca que le voló la tapa de los sesos. Lo que pocos saben es el macabro detalle de que esa bala atravesó su cerebro en la misma trayectoria en que lo hizo uno de los dos proyectiles que disparó, con la misma pistola, sobre la cabeza del diseñador italiano.