En 1915, cuando D. W. Griffith estrenó The Birth of a Nation, el público aplaudió a rabiar al ver a los negros corriendo asustados ante las capuchas del Ku Klux Klan después de haber hostigado a blancas gentes de bien. La película, alusiva a los años de la Guerra Civil, fue incluso proyectada en la Casa Blanca durante el gobierno de Woodrow Wilson. Los negros, que eran vapuleados entre cruces en llamas, ni siquiera eran interpretados por negros sino por blancos con las caras pintadas y la protuberancia de los labios acentuada por el maquillaje. Más de cien años después, Spike Lee contraataca con BlacKkKlansman, una suerte de antídoto fílmico en clave de comedia policial ante el racismo y la intolerancia que empiezan a retornar sin pudor entre ‘trumpadas’. (Lea también: La serie sobre la corrupción en Brasil)

Un policía negro trabaja como agente encubierto para infiltrarse en los resquicios del clan en plenos años setenta. Se ocupa de la infiltración telefónica, mientras un compañero suyo judío pone la cara ante los miembros de “la organización”. El argumento, que parece un total disparate, remite al exquisito sketch en el que el comediante Dave Chappelle interpretaba a un líder del Ku Klux Klan que vivía aislado en un remoto pueblo de Virginia y que, por ser ciego, no se había dado cuenta de que era negro. En este caso, John David Washington hace el papel de Ron Stallworth, uno de los primeros policías afroamericanos de Estados Unidos. No es ciego, en absoluto. Joven y arrogante, lleva con orgullo su afro y la extravagancia setentera de Shaft, en una alusión directa al género de blaxploitation. Su contraparte femenina es Patrice Dumas, estudiante y activista, una suerte de Angela Davis, un poco cosmética, lejos de su peso ideológico. Juntos, más que panteras negras comprometidas, parecen un póster de tienda vintage para millennials.

John David Washington, en el papel de Ron Stallworth, y Laura Harrier, como Patrice Dumas, recuerdan a Shaff y a Angela Davis

Por momentos la película juega con eso: una vindicación estética y conveniente de la raza negra, su cultura y fuerza. Lejos de la potencia histórica y política de Malcolm X, de la intimidad melancólica de Crooklyn, de los profundos personajes de la Hora 25 o de la contundente representación de la complejidad racial de Estados Unidos retratada en Do the Right Thing o Summer of Sam, este podría parecer un Spike Lee menos incisivo. Sin embargo, en eso radica la fuerza del humor negro (jamás tan literal e irónico) de esta película. A través de una aliviada narración, la violencia que late por debajo se revela al desnudo y un respiro de esperanza se abre camino en tiempos aciagos para los negros del mundo. (Lea también: Movida pos-apartheid, la escena fiestera de la Johannesburgo actual)

A la risa como forma de venganza, una capa ligera que juega con la realidad sin pretender ocultarla, se suman los recursos documentales del director como intenso punto de contraste. La película transcurre entre dos sólidos paréntesis: por un lado están las escenas tomadas de Lo que el viento se llevó, con su exaltación de los confederados en su esfuerzo por expandir la esclavitud durante la Guerra de Secesión, y en el otro extremo, material de archivo del resurgir de la supremacía blanca en tiempos de Trump, los violentos ataques transcurridos en Virginia y declaraciones de odio abiertamente expresadas en los últimos años en Estados Unidos, un país que ha saltado de tener un presidente negro a elegir un gobierno que empieza a cerrar de manera simultánea las fronteras y la apertura a la diferencia.

Spike Lee logra hacer de ese incómodo choque una experiencia hilarante de ficción y una dura confrontación con el rigor de la realidad histórica. El momento más logrado de esa tensión, en el cual una ceremonia de iniciación del Ku Klux Klan transcurre de manera paralela a un encuentro entre Black Panthers, es acompasado por la voz vibrante de Harry Belafonte narrando las torturas recientes sufridas por los negros y por la sobrecogedora música incidental del trompetista de Nueva Orleans que ha acompañado al director neoyorquino en la mayor parte de sus filmes. Las composiciones musicales de Terence Blanchard inyectan una conmoción telúrica a aquello que, escenas atrás, alternaba entre lo cómico y lo trágico.

La historia de un país escrita con tinta negra no puede borrarse tan fácilmente con capucha blancas y cruces en llamas. La escena de Scarlett O’Hara entre heridos de guerra extrañando lo que el viento se llevó es reemplazada por puños negros en alto luchando por mantener viva la lucha de Martin Luther King, Jackie Robinson y Malcolm X. Así mismo, como respuesta a un Donald Trump que excusa a “las personas decentes” que marchan por la supremacía blanca, con BlacKkKlansman Spike Lee devuelve su color real a las cincuenta estrellas y trece franjas de su bandera. (Lea también: La nueva serie que dará de qué hablar)