Inglaterra, 1975. Jeremy Thorpe es uno de los políticos más prestigiosos, presidente del Partido Liberal y con muchas posibilidades de convertirse en primer ministro. Nada parece frenar su camino hacia este objetivo, excepto un fantasma que lo persigue: un amante. Con más exactitud: Norman Scott, un hombre que compartió un inolvidable romance con él una década atrás. Dicho de otra manera, a sus 46 años, Jeremy tiene un obstáculo para convertirse en el hombre más poderoso del país: su homosexualidad es una mancha inconcebible en un hombre que aspira a dirigir una de las potencias del mundo.

Ese es el argumento básico de A Very English Scandal, una miniserie que, a simple vista, tiene todos los ingredientes del éxito. Primero, una historia real sacada de las mejores tragedias y comedias shakesperianas. Dos, un guionista, Russell T. Davies, y un director, Stephen Frears, en sus mejores momentos (este último el afamado firmante de biopics de nombres como The Queen, Philomena, Florence Foster Jenkins o Victoria & Abdul). Tres, los sellos de calidad de Amazon y la BBC, esta última con su imbatible fórmula de miniseries, en este caso tres capítulos exactos, casi perfectos. Cuatro, dos actores, Hugh Grant y Ben Whishaw, que dan lo mejor de sí en tres horas de una trama con romance, traición, sexo, sobornos, ambición y asesinato. Y cinco, el humor, indispensable en este escándalo. Un humor muy inglés que va en aumento hasta llegar a su punto máximo en el último capítulo.


Thorpe

Pero la historia hubiera sido una más si no suceden otras circunstancias. Si Norman Scott, el amante olvidado y ardido, no decide amenazar al político con revelar las cartas que se enviaron durante sus intercambios sexuales y amorosos. Y si Thorpe, sediento de poder, a punto de lograr el cargo para el que tanto ha trabajado desde joven, ignora las presiones de su antiguo amor. Lo que no ocurre, porque este político no va a permitir que un don nadie acabe con su reputación de hombre perfecto, carismático, intachable, con esposa e hijo a bordo. Por esto decide enviar al político Peter Bassel para callar a Scott, con ofertas tentadoras que dejen en paz al flamante ganador de las siguientes elecciones. Sin embargo, no lo logra.

El amante no acepta los ofrecimientos, que incluyen puestos en el exterior, y a raíz de esto el pueblo presencia uno de sus mayores escándalos. Scott está decidido a acabar con la carrera política del hombre que tanto tocó en la intimidad, que luego lo olvidó y se cree ahora intocable; aunque él posea los secretos que pueden volver su vida de mentira un puñado de polvo.

Lo que viene es el desespero de un político acorralado que decide contratar a alguien para que asesine a su examante. Pero ni él ni el asesino cuentan con la aparición de una perra: Rinka, la gran danés de Scott, el hombre que debe recibir los disparos, es la desafortunada, la que muere y se convierte en un símbolo, en la salsa que le falta al plato para acaparar titulares en los tabloides. Es, en definitiva, el ingrediente que se necesitaba para que el suceso se convirtiera, sin más y literalmente, en un perro escándalo. O un escándalo de perros, porque a partir de aquí se desatan diferentes jaurías.


Scott

La prensa enloquece y quiere conocer todos los detalles de una investigación que se conoce como “el juicio del siglo”. El público no puede pensar y hablar de otra cosa, y desea el minuto a minuto. Los enemigos de Thorpe, desesperados por acabar con su carrera, se lanzan a buscar elementos que aviven el asunto. Los defensores de los animales se indignan in crescendo, porque es inconcebible que una perra inocente muera por un lío de poder y pasión, y menos por algo tan sospechoso como una relación homesexual. Y el aparato defensor se enardece, con todos los colmillos posibles, para proteger al político y demostrar que el amante solo desea aprovecharse de la fama y el poder de un pobre hombre cuyo único pecado es defender su intimidad más secreta.

Parece que todos estos detalles hacen innecesario buscar la serie y devorarla en una tarde dominical, cuando el mundo cae al fondo del aburrimiento. Pero no. Si usted quiere comprobar cómo una historia de la que se conoce casi todo puede crear tensión y sorprender, ponga a A Very English Scandal en la lista de sus próximos divertimentos. No se arrepentirá. Todo lo que leyó en este texto serán simples palabras lanzadas al viento, porque lo que sucederá en los tres capítulos será un viaje vertiginoso que lo mantendrá como un enajenado frente a la pantalla. Un producto emocionante que cada minuto se hará más y más asombroso, más y más macabro. Y más divertido. Eso sí, como se divierten, a veces incomprensiblemente, los ingleses.

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