A 13 kilómetros de la meta, Christopher Froome perdió el control de su bicicleta y salió de la carretera en una curva de noventa grados. Un frenazo en seco lo salvo de estrellarse contra una casa rodante. En la cuneta, con él, estaba también Fabio Aru, intentando destrabar la cadena de su bicicleta para volver al grupo en compañía del líder. (10 Cosas que usted no sabía del Tour de Francia)

Adelante, el grupo vacilaba. ¿Continuar o no continuar? ¿Atacar o no atacar? Empezaba el penúltimo puerto de montaña, que imponía un reto de 10 kilómetros. Bardet consultó con Nairo y el boyacense sacudió la cabeza, de lado a lado, diciendo que no. Contador, que lo intentó una montaña atrás y fue derrotado, tampoco se animó. Quizás fue la falta de compañía, quizás la desconfianza, lo que desanimó a Bardet de lanzar un ataque. Tal vez pudo ganar el Tour, en ese momento, si lo hacía. Pero lo venció la duda y decidió esperar. Pudo pensar que, si los demás no le ayudaban era para perseguirlo después y reventarlo en el último puerto. Curiosamente, nunca le preguntó a Rigo, que estaba en el grupo y a quien los favoritos seguían considerando un competidor de bajo riesgo hasta entonces.

Después vino la crisis. Nairo tomó el carril derecho, tal como lo hizo cuando atacó en El Terminillo para ganar su primera Tirreno Adriático y todos hicimos la venía porque creímos que venía su tradicional ataque largo, partiendo desde el lado. Pero no fue así. Fue cediendo terreno, poco a poco, como si se dirigiera al vehículo de asistencia. Aunque ese tampoco era su rumbo. Simplemente se rezagó, dijo ‘no más’ y redujo el paso para no gastar de más, no morir –literalmente– a causa de la fatiga y pensar en que es mejor reservarse para los años siguientes de su carrera como ciclista, en un movimiento justo y necesario. (Comiendo como los ciclistas del Tour de Francia)

Luego el Sky demolió las piernas de sus contendores. Sus gregarios impusieron un ritmo que no permitía ataques. O, por lo menos, eso se creaía. Y los favoritos al Top 10 de la carrera, un premio que en el ciclismo es tan importante que la lengua inglesa ha inventado el eufemismo ‘GC riders’ para tipificar su papel de luchar por la clasificación general en las grandes vueltas, se fueron desgranando de la punta de carrera hasta que el lote quedó reducido a ocho, más dos gregarios del Sky.

Después vino una demostración de ciclismo moderno: etapas largas de montaña y la puesta en marcha de un superequipo que impone un ritmo tan fuerte que nadie tiene motor para lanzar un ataque, etapas que apenas pintan para un ataque en el último kilómetro, en una rampa final de 200 metros, donde aparece el pedaleo sardo que se asemeja a los dibujos animados de ‘Las Trillizas de Beleville’ y que lleva la bandera italiana de Fabio Aru.

Aru, que no es un escalador nato, sino que las montañas nacieron para él, su nuevo rey, se viste hoy de amarillo y relega a Froome a la segunda posición. La etapa la ganó Bardet, es verdad, en una iluminación de oportunismo que lo incentivó para salir a rueda en el ataque del italiano, pero el gran vencedor del día es Fabio Aru.

Quizás la andadura del Sky en esta etapa era una puesta de escena para no revelar que su líder no es superior a los que compiten contra él, porque en el último kilómetro entró séptimo y cedió segundos que pudieron ser minutos si le hubieran atacado más atrás. (10 Cosas que usted no sabía de Nairo Quintana)

Y finalmente está esa foto mítica que se presenta en todos los Tour de Francia, un momento de etapa de montaña en el que solo tres corredores marchan escalando en la punta, tres corredores que, usualmente, terminan en el podio de París. Generalmente, se da durante un transcurso largo de una montaña desértica y eterna, pero esta vez pareció –solo pareció– darse en ese remate de los metros finales cuando Bardet, Aru y Rigoberto Urán pedaleaban apretando los dientes hacia la línea de meta, como corren los sabuesos persiguiendo a la presa.

Rigo, entonces, está mejor que nunca. Tiene fuerzas para llegar a los remates finales y cruzar etapas largas y desgastantes como la de hoy, de 214 kilómetros y seis puertos de montaña. Rigo ha vuelto y está para más. Sube bien y es un bajador hábil y ligero. Un ciclista ideal para una etapa como la de mañana, de apenas 100 kilómetros, tres subidas y tres bajadas, donde Bardet también lanzará las redes de su trampa final. Un paso rápido en Los Pirineos que, muy probablemente, decidirá el Tour de Francia de 2017.