Con la carrera a su favor desde la contrarreloj del primer día, Cristopher Froome puso a andar la caballería del Sky y plantó la que sería su estrategia de ahí adelante: aguantar los segundos de diferencia. No importaba que fueran 14, 18 o 51. Pudo haber sido uno solo y con eso le bastaba para liderar el Tour, casi de principio a fin. El equipo inglés tiró del pelotón a velocidades límite y exigía fuerzas casi sobrehumanas de los pedalistas que intentaran un ataque. El ritmo fue liquidando rivales sin necesidad de enfrentarlos frente a frente. Nairo perdió rueda en las primeras semanas. Contador, macerado por las caídas, cedió después. Otros abandonaron la carrera con los huesos rotos antes de que pudieran plantar pelea y solo tres sobrevivieron hasta la última semana: Aru, Rigoberto Urán y Romain Bardet. (Rigo, Aru y Bardet atacan a Froome en la etapa 12)

La responsabilidad de mover la carrera recaía sobre los tres y hoy, 20 de julio, con la llegada al Izoard, un puerto de 15 kilómetros mentirosamente marcado como fuera de categoría, se pintaba como el escenario adecuado para cambiar la historia. Pero no fue así. Bardet, el único que lo intentó, se equivocó en todas las estrategias. Puso a tirar a su equipo a falta de dos puertos de montaña, incluyendo una planicie intermedia que tenía el papel de alargar inútilmente el suspenso, a costa de incrementar la deshidratación: dejaba tiempo para desayunar, conversar sobre la semana, salir a la esquina a comprar el pan, charlar con el vecino y volver a prender la TV para ver la subida al Izoard, la que cobró gregarios de Bardet en cada curva hasta que el francés quedó solo en punta del lote.

Era el momento, el llamado de la naturaleza, el instante en que el líder de filas debe partir en soledad y enfrentarse en las montañas. Pero la promesa francesa escuchó el llamado de la cobardía, no el de la historia y, presa del temor por lo que podría suceder en los nueve kilómetros que restaban de ascenso, decidió regresar a las espaldas de Froome y dejar que la caballería del Sky condujera la marcha. Contador, en cambio, sí lanzó un ataque que sabía era fallido, solo con la intención de mostrarle a los demás cómo se hace, de enseñar una lección, de darles a entender que quienes quieran ganar el Tour deben estar igualmente dispuestos a perderlo en un intento corajudo y desesperado de fuga; el momento en el que las fuerzas se queman en la hoguera veraniega de las cimas francesas para echarse minutos encima, a favor en contra, con la firme esperanza de llegar a París. (¿Por qué Nairo no ataca aún?)

Pero no fue así. Bardet prefirió no salir y Rigo marchó siempre a rueda del hombre amarillo. Es el ciclismo posmoderno, en el que los contendores se rinden y prefieren defender una posición del Top 10, la que sea, contentar al patrocinador que da nombre al equipo, antes que dar la batalla que los puede hundir para siempre o subirlos hasta la cima. El Tour se definía y solo quedaban –y quedan– las esperanzas de que suceda lo improbable en la crono del sábado, que siempre es una manera mezquina de desear la victoria.

Al frente, en la fuga, en cambio, asistíamos a uno más de los incontables intentos de Darwin Atapuma por ganar una etapa en las grandes vueltas. Ha probado el sabor amargo de dejarlo todo en la carretera, las ilusiones, los recuerdos de una madre fallecida y las esperanzas de una patria que canta eufórica las victorias ciclísticas cuando son arriba, en las montañas. (Froome parece invencible y Nairo sufre en soledad)

 En todas las grandes vueltas intentó la victoria de la etapa reina y en todas entró segundo, bañado en lágrimas y apretando los dientes porque le faltó poco para obtenerla. Hoy tampoco pudo ser. Barguil, el campeón de la montaña, le dio alcance en el último kilómetro y se llevó la victoria. Luego Atapuma cruzó la meta y finalmente entraron Bardet, Froome y Urán, dando casi por terminado el Tour, abriendo paso a la etapa de transición de mañana para la exhibición anhelada de Froome en la contrarreloj del sábado.

Y Rigo, que terminará en el podio, corrió inteligentemente, pero nunca atacó. (Muchas razones para admirar a Rigoberto Urán)