Como buena parte de mis amigos y colegas, viví la década de mis 30 años con una agenda social apretada. Consumía alcohol regularmente, me convertía en fumador social de vez en cuando y no me ejercitaba con frecuencia. Una subida de peso, ya en mis 40, me obligó a cambiar radicalmente de vida: dejé por completo la bebida, las grasas saturadas y los carbohidratos y volví rutinario el ejercicio y la alimentación saludable.

Pero al cumplir 47 hubo un nuevo giro: me sentía verdaderamente cansado. A las seis de la tarde terminaba mi día. Y la fatiga no era únicamente física, sino mental. Solo yo sé cuánto me costaba concentrarme. Esto aplastó mi vida entera. Los fines de semana dejaron de ser para compartir con mi familia y amigos y se volvieron para descansar. Mi vida social se alteró completamente, mi apetito sexual se volvió casi nulo y Netflix empezó a ser mi único entretenimiento.

Quise saber si eran consecuencias normales de la edad o si se trataba de síntomas de alguna enfermedad. Busqué en internet: encontré que luego de los 30 años a muchos hombres se les empiezan a reducir drásticamente los niveles de testosterona y pensé que esta podría ser la causa de mi malestar. Encontré, también en internet, “una solución”. Según muchos de los participantes en los foros que leí, el tratamiento era “simple”. Bastaba con inyectarse 100 miligramos de testosterona cada siete días para que todo volviera a la normalidad e, incluso, para sentirme mejor de lo normal, tanto en lo físico como en el rendimiento sexual.

Sin contárselo a nadie, emprendí mi camino hacia la “recuperación”. Visité un par de droguerías y rápidamente descubrí que en una de ellas vendían sin fórmula un medicamento a base de enantato de testosterona, por un precio de 28.300 pesos por caja. Pero había que inyectárselo intramuscularmente. Compré jeringas y me entrené con videos tutoriales en YouTube para hacerlo yo mismo.

Al principio fue difícil por el temor que produce, pero luego de tres semanas la inyección se volvió un acto ceremonial. Me inyectaba siempre en los muslos, sin mayores misterios. Al comienzo todo fue maravilloso. Al día siguiente de la dosis me sentía más fuerte y activo, más joven y muy viril. Mi apetito sexual se volvió como el de un adolescente. Y mi pareja, una mujer maravillosa que se había aguantado los días de cansancio y apatía, estaba feliz; por lo menos eso ocurría al principio, porque después parecía asustada. Yo siempre estaba listo y con ganas de más. Y ella, por momentos, no podía seguir.

Me inyecté durante un par de meses y las cosas comenzaron a cambiar, pero para mal. Me volví malgeniado e irascible. Me apareció acné en la parte baja de las mejillas y se me cayó el pelo. Pero nada se comparaba en gravedad con el hecho de que sentía que me estaban saliendo tetas. Eso me aterrorizó. Fue lo único que me llevó a parar y a hacer lo que debí desde un principio: ser responsable y ponerme en manos de un médico.

Fui donde mi urólogo de toda la vida. Le conté. Y luego del consabido regaño, pidió que me hiciera unos exámenes que terminaron mostrando algo sorprendente: en lugar de tener la testosterona alta, sus niveles estaban bajísimos. El doctor me explicó que, al notar un aumento tan importante de la hormona, el cuerpo deja de producirla naturalmente. Y que, al dejar de inyectarla, no arranca nuevamente su producción sino que se requiere de un tratamiento para que el proceso vuelva a darse de manera natural.

Entiendo, doctor… pero, ¿y por qué sentía que me estaban saliendo tetas?

La respuesta me dejó frío:

¡Hombre, pues porque le estaban saliendo tetas!

Con el descontrol hormonal que generan las inyecciones de testosterona también se activa el crecimiento de las hormonas femeninas y, por lo tanto, de la glándula mamaria. El proceso se llama aromatización y el resultado, ginecomastia, que consiste en que a los hombres les empieza a crecer el pecho como si fueran senos.

Ante toda esta situación, el médico me tranquilizó, me dio medicamentos que suelen usarse en los tratamientos de fertilidad que debí combinar durante otras semanas y me impuso una rutina estable de ejercicio y una dieta especial a base de frutas, verduras y proteína, constituida por cinco comidas al día. Todo lo más natural posible, sin químicos ni conservantes, y balanceado en calorías. Así, mi vida se empezó a normalizar.

Hoy, un año después de haber hecho el experimento, el tratamiento médico hizo efecto y todo ha vuelto a la normalidad. Mi ímpetu sexual y mi ánimo regresaron. El deporte y la dieta me tienen con buena salud, física y mental. De haber seguido por el camino de autorrecetarme me habría hecho un daño irreversible. No solo mi salud estaría perjudicada, sino que mi novia probablemente me habría dejado y yo tendría tetas.

¿Por qué lo hice? Porque me sentía bajito de vida. Mi error no fue la testosterona, sino emprender este proceso en solitario, sin orientación médica.

Lea también: