El 13 de octubre de 2017 recibí un correo en el que me notificaban que el médico Carlos Alberto Ramos Corena pedía eliminar los artículos "Los cargos que enfrentará el médico de las barbies" y "Así cayó el médico de las barbies", publicados en 2016 en el portal web de la revista Semana. Después de cinco meses en manos de la justicia gringa, Ramos Corena había salido libre y absuelto por cinco delitos, que se resumían en la práctica ilegal de la medicina en Puerto Rico. Estuvo en prisión domiciliaria por cinco días en Miami, veinte días en San Juan y, tras pagar una fianza de 500.000 dólares, se le concedió la casa por cárcel en la isla, de donde solo salía para presentarse ante el juez. En los trayectos para las diligencias judiciales su abogado lo llevaba a la barbería para que se acicalara, pues su primera obligación era mostrarse digno en Instagram. En Medellín muchos creían que el médico nunca volvería, nunca operaría de nuevo, pero a la vuelta de unos meses regresó y quiso saldar cuentas, arreglar su imagen.

En un grupo de WhatsApp de periodistas de Antioquia pedí su número y a los dos minutos sonó mi celular, hablaba el mismo Ramos Corena:

—Mi hermano, ¿cómo estás? Soy Carlos Ramos, me dicen que me estás buscando —dijo con acento costeño.

—Doctor, recibí un derecho de petición que solicita eliminar dos artículos que yo escribí. Lo siento, pero fueron noticias verdaderas.

—Ajá, papi, pero yo salí libre.

—Eso es otra cosa.

—¿Qué hacemos ahí?

—Una entrevista en la que usted dé su versión.

—Vente para la clínica y hablamos.

La clínica se llama Quiruestetic, queda en el barrio La Aguacatala y es quizá el lugar donde más operan en Medellín y donde más problemas ha habido: algunos muertos, cicatrices atroces, prótesis que se escurren. Carlos Ramos Corena se sale de una cirugía para hablar cinco minutos. Lleva pantalón y camiseta azul de quirófano, gorro y tapabocas.

—Yo te contesto pero con mis abogados, porque a mí me han clavado muchas veces; ya estoy cansado, mi hermano. ¿Y tú qué haces?

Antes/ Después

Lleva un rastro de sangre en el pantalón de médico y habla como si nos conociéramos desde hace mucho. Tiene la facultad de eliminar las barreras, los prejuicios. Puede hacer que olvides las dos pacientes que murieron después de pasar por sus quirófanos y algunos escándalos que vinieron después de algunos malos procesos.

—He operado a más de 6000 personas, casi todas mujeres, y se me han muerto dos por problemas inherentes a la cirugía, pero eso no quiere decir que no sepa. Papi, y eso es duro; a mí me dio muy duro.

—¿Y por qué tantas denuncias?

Porque aquí creen que los únicos que pueden operar son los médicos de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, pero a mí la ley me habilita, yo soy médico cirujano. No solo a mí se me mueren los pacientes; tú hiciste una nota de Alfredo Patrón.

Es cierto. Paula Andrea Moreno Quintero fue operada por Alfredo Patrón, reputado cirujano plástico y miembro de la Sociedad, y días después sus senos supurantes parecían reventarse. Perdió un pezón y quedó con cicatrices de por vida. Su lucha judicial no ha desembocado en ninguna parte. Su causa parece no importarle a nadie porque la operó un médico con todos los títulos.

—Hermanazo, tengo casi 10.000 mujeres operadas y siguen viniendo, mi fama no es gratis. Soy el médico más famoso de Colombia, sé que suena a poca humildad, pero qué hago si es verdad.

Carlos Ramos Corena habla con el acento cantarino de un juglar, no parece contar la verdad sino algo más grande que la verdad: una leyenda fundacional. En su frente está el rastro de un bronceado de cámara, lleva un reloj Rolex, el pelo liso por obra de lo que parece ser un tratamiento capilar y la nariz perfecta por efecto de una rinoplastia. Ha perdido algunos kilos gracias a una lipo.

—¿Papi, te imaginas yo en SoHo con esta pinta de actor mexicano?

Antes/ Después

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Carlos Ramos Corena tiene 42 años, es el único hijo de la relación entre el cirujano santandereano Alberto Ramos y la comerciante barranquillera Magdalena Corena. Nació el 12 de octubre de 1976 en Barranquilla y su infancia estuvo marcada por la inestabilidad académica: era indisciplinado porque no lograba adaptarse a las reglas.

Nos vemos en un restaurante del barrio Laureles de Medellín. Llegó a la cita en una camioneta Mercedes-Benz modelo 2018 y acompañado de su hija, una muchacha de 15 años con apariencia de 18, pelo rubio, sonrisa perfecta, gafas redondas, exparticipante de La voz kids.

—Soy hijo de padres separados. Siempre hablo de mi mamá. Ella es una mujer a la que le tocó muy duro, trabajaba de lunes a domingo para pagarnos la carrera a mi hermana y a mí. Soy el consentido de mi mamá. Soy el pechichón, el pechiche.

Carlos Ramos pide salmón con ensalada. Habla duro y en el restaurante suena música lounge: está en su elemento natural. Todas las noches sale a comer a un restaurante distinto, todos los fines de semana se va de fiesta, si es posible viaja a Cartagena, a Miami, a Barranquilla y hace fiestas interminables en yates y playas.

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En su oficina en Medellín, el concejal Bernardo Alejandro Guerra dice que más o menos a finales de 2009 viajaba de su casa al Concejo y vio una valla publicitaria en la que un médico se anunciaba como el nuevo mago de las cirugías estéticas en Medellín.

Aparecía Carlos Ramos Corena en una playa con gafas Ray-Ban y cadena de oro, como si fuera un actor de cine, y al lado tenía a una mujer casi desnuda acostada en la arena, lo más lobo que he visto en promoción médica. Me dijeron que era un cirujano plástico muy prestante. Y pensé: “¿Un cirujano plástico? Muy raro”. Luego mi equipo hizo un seguimiento en redes sociales y encontró una cantidad de fotos con gente de la farándula, aparecía en fiestas con ellos, y también en programas de variedades en la televisión dando consejos. Me seguía pareciendo atípico. Además, había venido de Barranquilla a hacer una rotación de internado en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), de donde decía que era egresado.

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Cuando Carlos Ramos Corena tenía 15 años, su padre lo invitó a que le pasara instrumentos en sus cirugías de nariz y a cambio le pagaba 50.000 pesos. (Lea también: Fama drogas y sueños la vida de Epa Colombia más allá del Instagram)

—Empecé a ver las rinoplastias y así me empezó a gustar la cirugía plástica.

—¿Y no lo impresionó?

—Al principio sí, es una de las cirugías más cruentas porque toca quebrar el hueso. Sangra mucho. La primera vez que vi que cogió el cincel y le pegó así, pum, casi me desmayo, pero me daba pena que él me viera mal, así que me hice el fuerte y le dije que iba al baño. Me daba cosa que dijera “se me mariquió acá”.

Terminó de estudiar el colegio en Carolina del Norte, Estados Unidos, donde vivió un año. En 1994 entró a estudiar Medicina en la Universidad Metropolitana de Barranquilla. En 2001 llegó a Medellín.

—Hice el internado en la Bolivariana y, mano, ver a un niño muriéndose y que le negaran los exámenes me dio muy duro. Soy muy sentimental. Llegaba mal a la casa, güevón, yo decía “me gusta la medicina pero no puedo con esta vaina, ¿qué puedo hacer? Pues, la estética”. De hecho ahora mismo hago obras, les regalo cirugías a las pacientes.

Entre sus excentricidades está haber viajado a Perú con el unico objetivo de comprar este perro afgano por el que pagó diez millones de pesos.

—Usted de pequeño quería ser actor, ¿no?

—Uy, sí. Yo decía “mira a estos manes, no joda, con las viejas más lindas, mira cómo se besan”. Yo decía “qué vaina no ser famoso”.

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El concejal Bernardo Alejandro Guerra es médico graduado de la UPB, especialista en Salud Pública de la Universidad Eafit y el CES. En 2005 empezó a denunciar que se realizaban cirugías en oficinas de abogados, centros de estética, spas, peluquerías, gimnasios, apartamentos: un rosario de lugares inverosímiles donde hombres y mujeres se metían para que les inyectaran sustancias en las nalgas, les removieran prótesis, les sacaran líquidos turbios del abdomen. Su primer caso de denuncia no fue Carlos Ramos Corena, antes hubo médicos cubanos, esteticistas y médicos sin posgrado.

No es difícil creer que en Medellín se realizan cirugías en cualquier parte. La belleza estandarizada obliga: el pelo rubio, los senos protuberantes, las nalgas redondas puro reguetón no se fabrican en las manos de Dios. La cirugía es un negocio de muchos millones de pesos y todos los médicos, con especializaciones o no, quieren una parte de las ganancias. Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética, Colombia es el séptimo país en el mundo donde más se realizan estos procedimientos, superado por Estados Unidos, Brasil, Corea del Sur, India, México y Alemania, pero el segundo adonde más extranjeros llegan para operarse. Solo en 2016 se realizaron 790 cirugías por día, sobre todo liposucciones y aumentos de senos. Además, la cirugía estética es una especialidad que no está reglamentada en Colombia y cualquier médico puede practicarla.

—En 2010 nos llegan dos denuncias de Ramos Corena. La primera tenía que ver con una paciente canadiense a la que le quedaron mal unas prótesis en los senos. La segunda fue Marcela Vélez, a quien le hicieron unos retoques mal y después del problema no la querían atender. Ella me contó que él se había tomado todo el primer piso de Fórum, un edificio al lado del centro comercial Santafé, en plena milla de oro, donde se vende el metro cuadrado más caro del área urbana de Medellín. (Lea también: Cuáles son las cirugías estéticas más comunes entre los hombres)

***

Reímos con grandes carcajadas. Carlos Ramos Corena puede hacer de lo miserable un viaje épico. Cuenta las historias con gracia, le da giros al lugar común haciendo del lenguaje un artefacto de cercanía. Dice que tiene carisma, que es buena gente y le sale natural, que cuando las pacientes van al consultorio para que las revise, terminan encantadas.

Terminó viviendo en Medellín porque se enamoró de Marisela García, una paisa que tenía familia en Sahagún, Córdoba, y con quien finalmente tendría a sus dos hijos, Manuela y Simón. Hizo prácticas en el Hospital La María, el internado en UPB y el año rural en San Roque, Antioquia.

Los Ángeles de Charlie. Estas modelos pasaron por las manos de Carlos Ramos Corena y por las páginas de SoHo. Viviana Castrillón

Después de pasar por varios pueblos de Antioquia, volvió a Medellín. Lo contrataron como médico en la Fundación Médico Preventiva, donde ganaba 2.500.000 pesos. Por entonces ya había nacido su hija Manuela y buscaba dinero a como diera lugar.

Dios a uno le da dones, y a mí me dio el de hacer cirugías. La cirugía es de lógica, de práctica. En 2004 empecé haciendo lipos en el spa de un amigo, de buenas que nunca se murió un paciente, güevón. Salía a las cinco de la tarde y me iba a hacer consulta. Hacía ‘lipitos’ en el consultorio y tenía un horno estéril y lo hacía con anestesia local.

—¿Y si se le hubiera complicado una paciente qué?

—Me cagan. Pero no hacía cosas tan grandes. Eran jovencitas que tenían un gordito aquí, una barriguita acá; cobraba 500.000 pesos. En una noche me hacía lo que me ganaba en un mes. Entonces me salí de la Fundación: dejé algo fijo por aventurarme y me fue bien.

—¿A la gente no le da miedo operarse en un spa?

—Normalmente quienes van son personas de estratos bajos. Yo no iría a un sitio de esos. Gente estrato 2. Eso es el voz a voz. Una pelada que queda bonita y dice “me operaron allá y en tanto”.

***

Después de los procedimientos en el spa montó su consultorio en Fórum, donde llegó a operar ochenta mujeres en un mes. Compró una casa de más de 2000 millones de pesos y cinco carros. Fue por esa época, en agosto de 2011, que atendió a Tatiana Andrea Posada, de 26 años, la valoró y unos días después asistió la operación que realizó la doctora Ana María Socarrás: le hicieron una mamoplastia y una liposucción. Tres días después, el 17 de agosto de 2011, Tatiana murió tras un penoso paseo de la muerte en el que no encontró atención oportuna. El caso llegó a los medios gracias al concejal Guerra y Carlos Ramos Corena se quebró.

Según Medicina Legal, Tatiana murió por un trombonismo pulmonar, uno de tantos riesgos de la cirugía plástica, y pese a que Ramos Corena ha ganado en dos ocasiones en lo contencioso administrativo, ahora la Fiscalía le está imputando homicidio culposo y estafa. Él cree que es una persecución, Guerra dice que es apenas lo justo. Luz Jiménez, madre de Tatiana, opina otra cosa:

—El caso de Tatiana ha sido muy dilatado. La Fiscalía no tenía con qué pagar un perito en cirugía estética y lo conseguí, contraté uno del CES, y en el dictamen salió que le aplicaron aldehídos linfáticos, una especie de biopolímeros, y ya pasaron y pasaron los años y nada. El doctor Guerra ha estado de frente con este cuento.

—¿Luego buscó al concejal Guerra?

—No me acuerdo. Pasé dos años metida en una pesadilla porque mi marido murió ochos días después de Tatiana, de estrés. Recuerdo muy poco. Pero creo que él me buscó.

—¿Qué espera ahora?

—Que la justicia actúe. Lo único que tengo es la justicia divina. Ramos Corena es poderoso, si fuera un medicucho ya estaría condenado. Él demandó a todo el mundo: al exnovio de mi hija, a Guerra, a la única que no le ha hecho nada es a mí porque tiene un cargo de conciencia muy grande.

Bernardo Alejandro Guerra dice que hay varias denuncias de personas a las que les salieron mal las cirugías, sin embargo no hablan porque renunciaron a los casos después de recibir indemnizaciones.

***

—Cómo va a decir Guerra que no puedo operar. Opero mejor o igual que cualquier médico de la Sociedad. Tatiana murió por un trombonismo pulmonar, que le puede pasar a cualquiera, pero a mí no me puede pasar.

Cerró el consultorio, se fue a vivir a un apartamento pequeño y creó una cuenta en Instagram que llamó Medicina Internacional, donde montaba videos de operaciones exitosas pero sin revelar su identidad. Rápidamente volvieron los caudales de pacientes. Es el mismo método que usa hoy en su cuenta personal: videos impresionantes de abdómenes perfectos y marcados; de nalgas que pasan de la ruina ocasionada por otros cirujanos al cielo redondo de los melocotones. Sin embargo, en 2014 operó a Nancy Santana, ciudadana puertorriqueña que murió al día siguiente en un hotel de la calle 10, en El Poblado. Murió porque estaba tomando medicamentos para adelgazar, contraindicados cuando el paciente se va a someter a una cirugía. (Lea también: Yenis Lugo la reina de las cirugías plásticas en Colombia)

Nos vemos en un restaurante peruano en Bogotá. En medio de la cena, inundada por tragos de pisco sour y a la que llega una modelo que presentaba Show Caracol, gran amiga del médico, Carlos Ramos Corena dice:

—Empecé a operar gente de Puerto Rico que venía y una de las clientes era dueña de un spa. Ella me invitó a ir allá, fui con mi novia, que en ese momento era la modelo Rosa Caiafa, la del Desafío de Caracol, papi, ¿sabes cuál? ¿Cómo que no? Bueno, fuimos al spa y eso estaba lleno de mujeres que querían que las operara. Les dije que no podía. Y empezaron que “Carlos, mírame la barriga, ¿tú qué me harías?”. Y yo: “No joda, yo te haría una lipo”, “¿cuándo?”, “no joda, tienes que viajar a Colombia porque no te haría nada aquí”. Ahí conocí a Nancy.

Santana murió el 19 de octubre de 2014 mientras la cuidaba una enfermera del equipo de Ramos Corena. Guerra denunció el caso, pero no pasó a mayores en Colombia. Pero el 31 de octubre de 2016 el doctor viajó a Miami a un congreso de cirugía plástica en el que hablaría de una de las técnicas que dice haber desarrollado.

—Cuando llegué al aeropuerto me sacaron de la fila. Me metieron a un cuartico cuatro horas, donde me preguntaron qué había pasado en Puerto Rico. Me metieron a un calabozo dentro del aeropuerto. Estuve dos días sin dormir. Luego me llevaron a la cárcel de TGK. Dije, aquí me van a culear. Estuve cuatro días sin ir al baño.

Cuenta sus días en prisión con el humor de quien sobrevive a un trauma que con los años recuerda como algo ajeno.

***

En la entrada de la casa hay tres camionetas parqueadas, todas último modelo: Mercedes-Benz, Audi, Range Rover. Bajando unas escaleras está la sala con grandes sofás blancos y detrás un jarrón altísimo con flores plásticas enormes como sacadas de un jardín extraterrestre. "El Gym Ramos" —así le dicen modelos como Kimberly Reyes, Viviana Castrillón, Paola Cañas o Ana Córdoba, porque hace en minutos lo que con ejercicio toma años— viste de médico, tiene la sudadera y la camisa de cirugía que llevan su nombre bordado. Un perro blanco y pequeñísimo, que podría confundirse con uno de pilas hecho en China, aparece corriendo con la poca habilidad que le dan sus patas cortas. El doctor está cansado, fue un día con cuatro operaciones, dice, y detrás de él —en un gran ventanal que da un jardín— aparece un enorme perro afgano golpeando el vidrio; le costó diez millones de pesos y fue a Perú solo para comprarlo.

Paola Cañas.

—¿Ya te dije que terminé mi especialización en cirugía plástica? ¿No? Imagínate, voy a recoger el diploma en enero. Estoy feliz. Pero no digo dónde porque, papi, Guerra empieza a joder.

—Pero, ¿sí es joda?

—Papi, estamos hablando de que las cirugías estéticas dan plata. El año pasado a un solo médico de la Sociedad Colombiana de Cirugía se le murieron seis mujeres, ¿por qué de él no hacen escándalo? ¿Por qué solo quieren regular la cirugía estética? Porque da plata.

Al día siguiente, Guerra explicará la diferencia entre un médico general haciendo cirugías y uno especializado: dos hombres atropellan a una mujer en la calle y la matan, uno tiene licencia y otro no, ¿sobre quién cae el peso de ley con más fuerza?

Mientras tanto, sigue Ramos Corena:

—Papi, tú ya sabes que he comido mucha mierda. Me han dado muy duro y sin razones. Tengo más de 8000 cirugías. No me tires muy duro. Que eso sea como el avance de un héroe. Que sea vea cómo me he levantado con verraquera. Que quede en esas fotos como un "Ken".

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