Usted llega solo a un bar, se sienta en la mitad de la barra y pide un trago. De repente una mujer bonita se queda viéndolo fijamente y usted solo atina a preguntarse si de verdad es el destinatario de esa mirada. Empieza a prever la posibilidad de aproximación, pues sería una idiotez perder una oportunidad de esas. La mujer se acerca a la barra, sigue copiando y arma charla. Usted se siente invencible. La noche es su noche. O eso parece hasta que de un momento a otro todo se pone negro. Horas más tarde, desde la clínica, se da cuenta de que la mujer bonita le sacó toda la plata del cajero con la ayuda de dos compinches, y de que ese trago que se suponía le abriría las puertas del cielo estaba plagado de burundanga.

Las veces que vivimos eso en el campo deportivo son innumerables: la gran expectativa antes de un torneo, la prensa haciéndose un festín fantástico yendo a importunar a las casas de madres, tías y sobrinos de jugadores, la exacerbación del nacionalismo mal entendido que nos hace sentir mejores que el resto del planeta. Todo para terminar aterrizando de barriga, derrotados, incluso, antes de jugar.

Como en aquella ocasión en que ganamos el derecho de ser sede de la Copa del Mundo para 1986. La chica linda nos hacía un guiño, pero la dejamos hablando sola. Colombia renunció y perdió el cupo que tenía asegurado como organizador. Debimos disputar las eliminatorias como cualquier mortal.

Fue ahí donde se gestó uno de esos inolvidables momentos en los que quisimos ganar mucho y perdimos todo: el técnico Gabriel Ochoa Uribe era entrenador del América de Cali y, al mismo tiempo, de la Selección Colombia. Su misión era darle al club rojo una alegría en la Copa Libertadores y a Colombia la ansiada entrada al mundial. Y a fe que parecía poderse. América debía jugar el tercer partido en campo neutral para definir la final de la Libertadores y la Selección tendría que disputar el repechaje de eliminatorias ante Paraguay a encuentro de ida y vuelta si quería ir a México. Los dos momentos tenían como sede a Asunción. Los juegos América-Argentinos Juniors y Paraguay-Colombia se disputarían allí con 72 horas de diferencia. América jugaría el 24 de octubre y Colombia el 27.

Ochoa planeó todo de manera meticulosa. En la convocatoria de la Selección había varios futbolistas del América y era como matar dos pájaros de un solo tiro. Todo se veía perfecto porque Argentinos Juniors era un equipazo pero no tenía experiencia y Colombia podía dar guerra en el Defensores del Chaco con jugadores recientemente coronados campeones de Libertadores. Pero América perdió la final de la Libertadores por penales y Colombia cayó goleada 3-0 ante Paraguay.

El Mundial de 1994 no se queda atrás. El 5-0 que les aplicamos a los argentinos en Buenos Aires y el vaticinio salino de Pelé, que dijo que veía a la Selección con posibilidades de llevarse la copa, nos condujo a lugares insospechados. Ese agrande nos pegó una mareada de la que no nos hemos repuesto del todo. Una gira eterna de amistosos de media petaca empezaron a hinchar el globo, que seguió inflándose de ínfulas victoriosas cuando el sorteo nos dejó en el grupo más fácil posible: Estados Unidos, Suiza y Rumania. Fácil, como la mujer del bar.

Tras el papelón ?que terminó de manera trágica con el asesinato de Andrés Escobar? varios de los referentes de aquel equipo coincidieron en que nunca se hizo un análisis táctico de los rivales.

Podemos seguir en estas: como ese día en que ante las buenas actuaciones de su equipo, Javier Álvarez, técnico de la mayores y de la preolímpica, dijo que “equipo que agarremos mal parqueado lo goleamos”. Y resultó que a pesar de estar prácticamente instalados en segunda ronda (se necesitaba que perdiéramos por más de siete goles) nos despedimos con un humillante 9-0 contra Brasil en Londrina.

Con el mismo entrenador algo similar nos sacó de carrera en la Copa América del 99 ante Chile, donde no supimos mantener una ventaja de 2-0 y caímos 3-2. Otro día desperdiciamos una canastada de goles frente a los brasileños y, en el minuto 92, Roque Junior nos ajustició con un cabezazo.

A veces es mejor no hacer ruido y dejar que todo fluya. A veces hay que sospechar de la mujer del bar y no pararle bolas. Pero, por sobre todas las cosas, a veces es mejor desconfiar de nosotros mismos. Es la mejor manera de llegar lejos.

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