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Dijo el fiscal general, en medio de una defensa de sí mismo, que él no era ningún ateo y que Dios existía porque la noche anterior Él le había hecho llegar unas pruebas de su inocencia (hablamos de la inocencia del fiscal, no de la de Dios, que ha quedado en duda con este episodio). Viendo esta intervención, era casi imposible no recordar esos pasajes de la Biblia en los que Moisés les dice a sus soldados israelitas cosas como esta: “Amigos, acabo de hablar con Yahvé, ya saben ustedes cómo es Él, y dice que deben matar a todas estas mujeres y niños capturados, pero que dejen con vida a las muchachas vírgenes”. Si no me creen, échenle un ojo a Números, capítulo 31, versículos 1 al 20. Al parecer, la mayoría del Senado aceptó la escrupulosa evidencia presentada por el máximo investigador penal.

Siempre es un poco sorprendente este doble rasero: gente que cree que Moisés hablaba con Dios, pero que, por otro lado, no le cree al profeta contemporáneo que propone cosas menos drásticas (como la que le oí a un pastor evangélico: que los padres apliquen una golpiza a sus hijos maricas para curarlos del homosexualismo). Una amiga cristiana me ha explicado: “Lo que vos no entendés es que Moisés ya había abierto el mar Rojo”. Y quizá mi amiga tiene razón porque, como lo señaló Hobbes, la psique humana está hecha de tal modo que tendemos a honrar el poder, cuando es muy grande, independientemente de consideraciones morales o lógicas.

Dijo un senador, en aquella misma sesión, que era posible que en Colombia hubiera mafiosos o delincuentes, y que hubiera gente inocente que no sabe nada. Agregó que también era posible que hubiera muchas componendas en algún lado. Aclaró que no quería acusar a nadie, que solo estaba haciendo una incursión en la posibilidad lógica. Recordé a un amigo al que un médico le dijo: “Señor, no hay nada que hacer, definitivamente su hijo es un retrasado” (era una época que ya parece la prehistoria, en la que hasta los médicos decían lo que pensaban). Me imaginé que la mueca que hacíamos al oír al senador enumerando las infinitas posibilidades de mafiosos y crímenes colombianos, debía de ser similar a la de mi amigo al recibir la noticia sobre su hijo. Aunque con una diferencia: mientras él sabía que le iba a tocar manejar ese asunto toda su vida, nosotros estamos bajo el poder del senador posibilista y de los colegas que le celebraron esa vesánica incursión en la metafísica de lo posible.

Ambas intervenciones me dejaron lecciones. Hace un tiempo me burlé de otro amigo que elogiaba la siguiente frase de un novelista colombiano: “No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos”. Ingenuamente respondí que eso era una tontería, que había miles de manías más funestas y de caprichos más peligrosos. Pero ahora, teniendo fija la memoria en los discursos del senador y del fiscal, y en la reacción aprobatoria del parlamento, me doy cuenta de mi estupidez: la sola visión de las posibilidades puede ser terrible. Y tienen razón también los cristianos, quienes nos recuerdan que Dios obra de modos misteriosos, lo cual incluye usarnos a los idiotas y abrazafarolas para mandar Sus mensajes..

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