Son las tres de la tarde del 12 de junio en Wellington, Nueva Zelanda, y Catherine Healy —la mujer que hace una semana estaba frente a la reina de Inglaterra recibiendo la Orden del Mérito— se acomoda el cabello tímidamente mientras repasa una última vez las gráficas y textos que reposan sobre su escritorio. A su lado, Ahi Wi-hongi, miembro del Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda (NZPC), le ayuda a configurar el computador para poder usar la cámara frontal.

Healy comienza la entrevista rememorando su infancia. A sus 62 años, la activista no ha parado de responder las preguntas de quienes quieren desenterrar los secretos de la vida de una exprostituta. Con ritmo pausado se asegura de que su inglés sea lo más claro posible para el periodista colombiano que la observa desde el otro lado de la pantalla. Vuelve sobre sus respuestas varias veces y busca amparo en la mirada de sus compañeras cada vez que algún dato le es esquivo.

Se define a sí misma como una víctima de los sesenta. Sus padres trabajaban como servidores públicos mientras ella, sus dos hermanos y hermana asistían a un colegio católico cerca a Eastburn, un suburbio de la ciudad de Lower Hutt. Los Healy terminaron su educación secundaria en una institución estatal y para Catherine, quien solo quería viajar y disfrutar de los misterios que escondía el mundo, convertirse en profesora era la opción más viable para cumplir su sueño. “No era que quisiera ser maestra, era solo que para obtener una carrera profesional tenías que pensar en qué podías hacer. Además, los profesores gozaban de unas excelentes vacaciones”, dice.

A finales de los setenta, la prostitución era ilegal en Nueva Zelanda y las mujeres que se dedicaban a ello corrían el riesgo de terminar encarceladas. Healy recuerda lo alejada que estaba de ese mundo y el asombro que le produjo conocer a una trabajadora sexual de carne y hueso. Fue cuando una de sus compañeras de piso les confesó a ella y otros amigos que se acostaba con hombres por dinero. “Todos quedamos impactados y tratamos de detenerla. Yo era una mujer joven que rechazaba la prostitución; realmente pensaba que era terrible y no podía entenderlo. Entonces ella se paró frente a mí y dijo: ‘Esto es lo que estoy haciendo y no tienes derecho a juzgarme’. Ese fue mi primer acercamiento a una prostituta real, que no fuera el personaje de una película”, afirma.

Tras la distinción de la reina, Healy dice, entre risas, que será una chica buena por el resto de sus días.

Catherine Healy empezó a trabajar como maestra según lo planeado y sus recuerdos de esa época son borrosos: que viajó por el mundo, que gastó todo su dinero y que regresó llena de deudas y con la necesidad de encontrar un segundo empleo para pagarlas. “Me convertí en trabajadora sexual porque vi un anuncio en el periódico en el que requerían masajistas. Al comienzo no entendí la conexión. La verdad no sabía que tenía algo que ver con un trabajo sexual”, comenta encogiendo los hombros. De cierta manera, Healy se convirtió en prostituta por accidente, pero en activista por elección.

Una vez en el negocio, llegó a ganar 2000 dólares neozelandeses a la semana, el equivalente actual a unos cuatro millones de pesos, que en comparación con los 400 dólares que lograba facturar como profesora hacían que el panorama económico empezara a mejorar. Pronto dejó los salones de clase para dedicarse de lleno a los burdeles. Recuerda que por esa época ella y sus compañeras del “salón de masajes” salían a fumar a un balcón y desde el otro lado de la calle, entre asombrados y asqueados, las observaban y señalaban los sacerdotes que vivían en una gran catedral vecina. Por esa época también se encontró con un problema mucho más grande: como prostituta no tenía acceso a ninguno de los beneficios que tenían los demás trabajadores. 

Las mujeres que ejercían la prostitución tenían que arreglárselas por sí mismas. Si querían sacar el producido que guardaban bajo el colchón, llevarlo a un banco y consignarlo, debían cargar con bolsas llenas de billetes que levantaban todo tipo de sospechas. La imposibilidad de justificar sus ingresos, además, les cerraba la puerta a cualquier crédito bancario. Más grave aún era el tema de acceso al sistema de salud. “Recuerdo haberle comentado a mi doctor que era prostituta. Su respuesta fue tajante: ¿cuándo vas a parar con esto? Hoy casi el 50 por ciento de las trabajadoras sexuales se sienten cómodas hablando con sus doctores sobre su trabajo”, comenta Healy mostrando una gráfica que sostiene en las manos.

Catherine trabajaba 32 horas a la semana. Como en cualquier trabajo, las jornadas se dividían en turnos diurnos y nocturnos. Podía trabajar de 11:00 a. m. a 7:00 p. m. o en las noches de 7:00 p. m. a 3:00 a. m. Sus clientes solían hacer citas y eso le permitía manejar su tiempo libremente. 

La falta de condiciones laborales no era el único problema. La Policía también aportaba lo suyo. Los agentes neozelandeses perseguían a toda persona que pareciera prostituta. Una de sus compañeras en el salón de masajes fue arrestada dos veces y se vio obligada a trabajar en las calles. “No era justo que una persona que estaba feliz en un establecimiento donde gozaba de cierta protección tuviera que terminar en las aceras, arriesgándose para poder sobrevivir. Pero los dueños del lugar enfrentaban penas de hasta cinco años que no estaban dispuestos a pagar”, comenta. 

En ese contexto recuerda una ocasión en la que tuvo que ir a una estación de Policía para denunciar la violación de una de sus compañeras. Después de contarle al agente lo sucedido, el hombre, de manera despectiva, le respondió que agradeciera más bien que no la arrestara por ser prostituta. El maltrato de las autoridades era constante. Cuando se quitaban el uniforme muchos agentes asistían al salón de masajes y solían chantajear a las trabajadoras del burdel para obtener sus servicios gratis. 

Fue por abusos como esos que Catherine Healy, después de ser arrestada en un burdel en Wellington, ayudó a formar el Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda en 1986. “Al principio nadie quería ser miembro porque tenían que anotar su nombre real en una hoja de papel. Así que simplemente dijimos que todos podían ser parte de NZPC. Hoy somos 22 personas”. 

Con la epidemia de VIH tomándose el mundo y el surgimiento de iniciativas como el movimiento de intercambio de agujas, el colectivo del que Healy hacía parte empezó a tomar relevancia. Entre tímidas risas, Catherine recuerda trabajar desde las sombras por los derechos de las trabajadoras sexuales. El colectivo solía distribuir condones clandestinamente a las prostitutas que operaban en Nueva Zelanda. “Todo tenía que ser en código por si la Policía estaba escuchando nuestras conversaciones telefónicas. Algo así como: ‘Hola, será que me puedes traer… ya sabes qué. Los necesito’, y entonces nosotras íbamos a entregarlos”.

Al otro día de legalizada la prostitución en Nueva Zelanda apareció este anuncio en la prensa en el que se lee: "Se requieren prostitutas"

Entonces, tras casi dos décadas de lucha sistemática, Healy, junto con los miembros de NZPC lograron lo impensable. El 27 de junio de 2003 el gobierno sufragó y, con solo un voto de diferencia, la Ley de Reforma de la Prostitución fue aprobada. Desde ese momento y hasta la actualidad las trabajadoras sexuales tienen derecho a vacaciones, jubilación, contratos legales, denunciar abusos de los empleadores o explotación, pueden organizar sindicatos y trabajar hasta cuatro personas juntas sin necesidad de un certificado. La descriminalización de la prostitución significó el fin de las llamadas a hurtadillas y de los salones de masaje con doble intención. Al otro día del pronunciamiento, un conocido establecimiento llamado Monica’s publicó un anuncio publicitario en la prensa neozelandesa titulado: “Se requieren prostitutas”. Seguido de la frase “el oficio más antiguo en la ciudad es ahora una profesión legal”. Se trató del comienzo de una nueva era. Las condiciones laborales eran increíbles, Catherine dice que nunca hubiera podido imaginar que algo así sucedería. Era imposible vislumbrar la prostitución alejada de las persecuciones policiales y el riesgo que la profesión misma significaba. Pero ahora todas las trabajadoras sexuales deciden cómo y dónde trabajar. 

A pesar de este gran paso, toda moneda tiene dos caras. Y la otra es la de Sabrinna Valisce, una de las principales opositoras de la descriminalización de la prostitución. Tras una infancia en la que la violencia desempeñó un papel protagónico, no pasó mucho tiempo para que Valisce se encontrara en las calles ofreciendo sexo para sobrevivir. 

Sabrinna llegó a ser parte de NZPC y afirma que cumplió una labor importante dentro de la organización, aunque Healy lo niegue. Valisce comenta que el modelo de despenalización solo favoreció a los dueños de los establecimientos y a los clientes. Dice que después de 2003 los paquetes ‘todo incluido’ eran acordados por los proxenetas sin el consentimiento de las trabajadoras sexuales y que las mujeres no obtuvieron más derechos, sino que perdieron los pocos que tenían. Después de ser diagnosticada con síndrome de estrés postraumático, Valisce abandonó la prostitución en 2011 y ahora aboga porque se establezca el modelo sueco en Nueva Zelanda. Esto es, penalizar a los consumidores de servicios sexuales. 

Para Healy dicha opción solo haría las cosas más peligrosas y no sería un avance. Después de entrevistar a aproximadamente 773 trabajadoras sexuales, NZPC afirma que el 6 por ciento dijo no saber qué otro oficio ejercer, 10 por ciento admitió necesitar ayuda para salir del negocio y el resto afirmó que se sentían cómodas con su trabajo. 

Aunque muchos celebran los logros de Catherine Healy, otros afirman que ahora ejercer la prostitución en Nueva Zelanda es incluso más peligroso que antes.

Abogan por castigar a los consumidores.

“Creo que cuando das la vuelta al mundo y hablas con diferentes grupos u organizaciones de trabajadoras sexuales generalmente dicen lo mismo... ‘Quiero ganar dinero, estoy de acuerdo con ser lo que soy, pero también quiero un trabajo con buenas condiciones laborales’. Todas queremos ser respetadas, queremos estar seguras”, dice Catherine mientras sus compañeras asienten con la cabeza. Contrario a Valisce, encuentra esas historias extremas y peligrosas como un motivo para seguir trabajando por los derechos de las prostitutas, no para devolverlas a la ilegalidad. “Las trabajadoras sexuales somos personas comunes y corrientes que muchas veces terminamos haciendo cosas extraordinarias”.

A pesar de haber vivido una vida colmada de señalamientos y secretos, hoy Catherine habla tranquilamente sobre su historia. Aquellas preguntas sobre si no le daba asco estar con tantas personas, si tenía algún problema mental o cuándo dejaría esa vida quedaron atrás. Sus luchas y logros la enorgullecen. Se siente feliz de que los medios ahora prefieran hablar con ella a simplemente hablar de ella. “Además, estoy muy preocupada por lo que la reina piense de mí. Creo que voy a ser muy buena por el resto de mis días”, responde entre risas cuando se le pregunta sobre su distinción. 

Al parecer, el físico inglés Stephen Hawking no se equivocó al decir que “a los científicos y las prostitutas les pagan por hacer lo que les gusta”, puesto que las oficinas de NZPC son la prueba viviente de eso. Aunque los días en los que Healy satisfacía clientes se ven lejanos, el fruto de su trabajo está más vivo que nunca. Mientras más periodistas ingresan por la puerta de la casa del colectivo en Wellington, Catherine se despide sin afanes. Cámaras y trípodes se cuelan torpemente y el viento azota la puerta anunciando el final de la conversación.

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