Cuando me siento a trabajar, cuando estoy sola, cuando todos se han ido, de piernas cruzadas, mi cuerpo se resiste; su resistencia empieza con una efervescencia, unas cosquillas que parecían estar esperando la quietud para ascender. Ante esta manifestación, pierdo posibilidad de quietud; el cuerpo toma su mano y la pone entre las piernas. Digo “basta”, pero este y sus cosquillas y la inquietud no se detienen, así que, resignada, mecánica, el cuerpo me levanta, sube las escaleras, llega hasta el cuarto, va al clóset y le ayudo a buscar el vibrador, o a veces ni siquiera; nos acostamos en la cama, o a veces ni siquiera, y reconciliándonos (porque eso de la separación del cuerpo y esta primera persona ya sabemos que no es más que una ficción) imaginamos una escena, casi siempre orgías, sin condón, regueros de semen, una mujer, dieciséis hombres.

Pero, tristemente, también pasa que, sin quererlo, por una terrible perversión que se nos sale de las manos, extraemos placer de experiencas traumáticas; por ejemplo, cuando me enamoré de mis amigos homosexuales y sufría porque ellos no querían estar conmigo por ser mujer; imaginaba escenas de hombres en un bosque tocándose, masturbándose, penetrándose, y era en ese momento lo único que me excitaba. En esa época mi imaginación tenía que funcionar en su máxima potencia porque vivíamos en una finca, lejos de todo, lejos del porno, por lo menos. Y yo tenía que crear estas escenas de hombres a palo seco. Ahora, el tema que me obsesiona es el de mi novio y los cachos que me puso con una gallega que todavía no sé si es bonita o no, pero el caso es que no hay nada que me excite más que imaginar a esos dos revolcándose. Como medida de sanación, vuelvo a las orgías, y como mi imaginación está un poco atrofiada por eso del dolor de los cachos, vuelvo al porno, tan accesible, tan al alcance.

YouPorn, por lo general. Pero estoy cansada de lo general. Estoy cansada, por ejemplo, de ver porno, masturbarme y volver a lo que estaba haciendo medio mareada y como habiendo perdido veinte neuronas. Me pregunto si hay placer ahí. Lo hablo con mis amigos hombres. Uno de ellos me cuenta que su adicción al porno estaba a punto de llevarlo al suicidio hasta que descubrió el porno italiano de los años sesenta, en el que las mujeres aún no teníamos esa obsesión por afeitarnos. Y yo que lo hago y ni siquiera sé muy bien por qué; supongo, en parte, para satisfacer unos deseos masculinos de esta época, que no es que sea una época de unos deseos y una estética muy refinados, pues, pensemos, ¿qué es lo que tanto placer producen estas vaginas lampiñas como las de una niña?

Pero volviendo a mi amigo y al porno italiano vintage, me dijo que lo que más le interesa de este son dos cosas. Una, esa que ya mencioné, los espléndidos vellos vaginales. De repente, mi amigo descubrió una fijación que no sabía que tenía y que, dice, le produce un placer que no sabía que el porno podía producir. Por otra parte, la lentitud. Hay que ver, además del alivio estético que generan los colores y las texturas de los sesenta, lo que produce la lentitud con que la mujer rubia, de tetas con pezones paraditos y vagina de vellos rebosantes, masturba al hombre en la ducha, cómo corre el agua sobre sus cuerpos, y ella, con la punta de la lengua, le lame con tanta suavidad y entrega la punta del pene y con una esponja amarilla llena de jabón le restriega el placer del mundo sobre el pecho..