Abro el baúl y saco mi escopeta de una caja metálica en cuya superficie se ven calcomanías de aerolíneas y raspones de incontables viajes a lo largo del mundo. Es una Beretta DT11, el Lamborghini de las escopetas. El olor que me llega a la nariz, una mezcla de aceite, pólvora, sudor, acero y metal, me lleva de regreso a mi infancia. Junto a mí se estaciona una Ford de platón de la que baja un viejito con cabello blanco y las venas azules dibujándose bajo la piel traslúcida del dorso de sus manos. Viene remolcando un buggy camuflado con llantas de combate. Tiene placas de Montana, y calculo que para venir a la competencia debió manejar un buen par de miles de kilómetros. Me saluda con amabilidad, echa una mirada rápida a la escopeta que mis manos arman con ademanes mecánicos, y abre la parte trasera de su camioneta. Al lanzar un atisbo, veo varias cajas de munición marca Clever y dos escopetas dentro de fundas de cuero. El tipo es un veterano y no me cuesta imaginarme que si llego a la tercera edad quizás acabe convirtiéndome en alguien como él, un anciano que no necesita de un bastón para caminar, pero que sin una escopeta no tiene motivos para estar de pie.

Me despido y camino a lo largo del polvoriento parqueadero repleto de autos y camionetas. Trepo a un carrito de golf y arranco. El aire que golpea mi cara es caliente. Estoy en el Campeonato Mundial de Sporting Clays en Estados Unidos. Cogiendo el timón con una mano, hurgo en mi morral y saco mi horario. Cancha azul. Puesto nueve. Reviso el mapa. Este polígono es enorme y si me pierdo corro el riesgo de no llegar a tiempo. Paso junto a la sede, afuera de la cual hay varios corros de tiradores conversando animosamente. Aquí y allá hay carritos de golf atiborrados de escopetas, maletines y cajas de tiros. La fila de registro de tiradores alcanza a salirse por la puerta trasera de la sede. Me llega el olor a humo de puro. Las carcajadas nerviosas alcanzan mis oídos. Respiro hondo. Manejo pisando a fondo el pedal de ese carrito de golf en cuyas entrañas vibra un motor de podadora. Me cruzo con los carritos de otros tiradores, algunos de los cuales vienen de disparar en la cancha a la que estoy a punto de enfrentarme. En sus rostros leo todo tipo de expresiones que me abstengo de interpretar. Estoy nervioso. Tengo ganas de orinar y de vomitar. Es la competencia, poniéndome a circular la sangre. Bien. La adrenalina comienza a embriagarme. Respiro para mantenerla a raya, cosa que sus olas ácidas rompan contra mis pies. Vamos a hacer esto.

Llego al puesto nueve de la cancha azul con 15 minutos para respirar, fumar, relajarme, meter mi cabeza en el juego. El nombre del juego es sporting clays, y si no lo has jugado a muerte, como si de ello dependiera el mundo, entonces no lo has jugado en absoluto. El puesto es un marco de madera sembrado sobre un suelo de tablas junto al camino. Al lado del marco hay un tipo sentado en una silla plegable, protegido del sol con un paraguas. Lo saludo. No oigo qué me dice. Estoy demasiado nervioso. Boto el cigarrillo y me dedico a respirar. Al cabo de unos minutos llegan los otros dos miembros de mi escuadra. Uno de ellos es un jamaiquino. El otro es un gringo de Chicago. Nos saludamos y nos presentamos. No somos un equipo, sino una escuadra. Vamos a hacer el recorrido juntos y, técnicamente, estamos compitiendo entre nosotros. En un intento de espantar fantasmas con mi escoba zen, me repito que solo estoy compitiendo contra mí mismo. En el suelo frente al marco de madera hay una caneca rebosante de cartuchos vacíos, cajas de munición y botellas de agua estrujadas; rastros de los tiradores que recorrieron esa cancha en la rotación de la mañana. Ya casi es mediodía, y a las 12 en punto será nuestro turno. Alrededor se oyen los carritos de golf y los buggys que se esparcen sobre las trenzas de caminos polvorientos hacia las distintas canchas. El bosque de la Florida, inesperadamente salvaje, se alza espeso de los bordes del camino. Al mirar en rededor veo extensiones de pastizales altos, palmeras, solitarios árboles retorcidos que parecen haber sido calcinados por relámpagos y bosques lejanos que me recuerdan mucho a los morichales de los Llanos Orientales colombianos. La música de fondo son las constantes explosiones superpuestas en los campos de práctica, un sonido que me hace pensar en una enorme olla dentro de la cual revientan granos de maíz pira. De repente se forma un silencio tenso. Al mirar hacia el fondo del camino de tierra veo que se acerca una cuatrimoto a toda marcha. Encima va un miembro del staff del polígono, un tipo fornido con el rostro tostado por el sol y unas gafas Oakley desvencijadas y cubiertas de polvo. Al pasar ante cada uno de los puestos hace una señal con la mano y el sonido de su cuatrimoto va despertando los primeros tiros de la rotación del mediodía.

Soy el primero en la escuadra. Es cosa del azar. El juez llama mi nombre desde su silla, así que cojo mi escopeta y camino hacia el marco de madera. Es un marco normal, el tipo de marco que uno esperaría ver a la entrada de una casa campesina, pero a la altura de mi cintura está atravesado horizontalmente por una tabla de madera que sirve para apoyar la escopeta mientras recargas. Así son los marcos de sporting, como una puerta sembrada en medio del bosque para que te asomes y atisbes a los más íntimos rincones de ti mismo. Más que un marco, es un espejo. Pido las muestras. El juez tiene un control en la mano. Oprime el botón, suenan las máquinas que están escondidas tras los arbustos y dos platos anaranjados cogen vuelo y trazan sus parábolas a unos 20 metros de distancia. Leo el menú. Cuatro veces A más B simultáneo. Detrás de mí, el jamaiquino suelta un lamento, vencido de antemano, intimidado por la trayectoria y la velocidad de los platos. El gringo me desea suerte. Respiro hondo. Visualizo, tratando de simular la sensación de romper ese par de platos, como quien trata de recordar algo que aún no ha vivido, como quien sueña despierto. Reviso mi posición, confirmando que el pie izquierdo esté apuntando hacia el sitio donde pienso apretar el gatillo. Abro mi escopeta. De nuevo el olor a acero y aceite. Meto un cartucho en cada uno de los dos cañones. Cierro la escopeta, que se ajusta con un clic suave. Respiro nuevamente. Apoyo la culata en el hombro derecho. Acaricio el gatillo con el dedo índice. Poso los ojos en esa franja de cielo donde los platos comienzan a verse tras salir de las máquinas. Digo “pull” y ese par de platos endemoniados vuelan, distantes y más rápidos de lo que se veían cuando pedí la muestra.

En el sporting clays, a diferencia del trap o el skeet, los platos pueden volar en infinitos ángulos y velocidades. Las máquinas pueden estar a tu lado, detrás de ti, escondidas tras fardos de heno... Una cancha tiene entre 13 y 15 puestos. En cada puesto disparas tres o cuatro pares. Por lo general un recorrido suma 100 platos. Cada puesto tiene dos máquinas. Nunca vas a disparar una cancha igual a otra. Las variables son eternas. No terminas de conquistarlas nunca. Entonces: ¿cómo es posible que rompa ese par de platos, si no sé la distancia o la velocidad exacta a la que están volando? Solo tengo un dato, que es la velocidad de mis tiros, 400 metros por segundo, y eso no me sirve para absolutamente nada. ¿Cómo es posible que vaya a romper esos platos cuya velocidad desconozco y cuyas engañosas parábolas solo he visto una vez? Aquí es donde el sporting clays se convierte en un acto de cultivación espiritual.

La primera vez que disparé un arma fue a los 3 años de edad. Se trató de un revólver calibre .22 de mi padre. La primera vez que disparé una escopeta fue a los 11 años. Mi padre y yo estábamos caminando por un potrero en una finca de Tocaima, cazando perdices. El calor era absurdo. Los zancudos me estaban desfigurando la cara. Llevábamos cinco horas de caminata. Mi padre llevaba 12 perdices colgando de su cinturón en unas pequeñas horcas de cuero, con los ojos y los picos ensangrentados. Ese fue el día que maté una liebre con una escopeta calibre 16. Nos la comimos esa misma noche. La escena me marcó tanto que después la metí en mi novela Shotgun Zen, para que el joven Carter Atwood, el protagonista, sintiera lo que yo sentí ese día. Las jornadas de cacería con mi padre, las sesiones de limpieza de armas al atardecer, las cenas de codornices asadas en las que cada tanto debíamos pausar para escupir algún perdigón que se había quedado escondido entre la carne, esa novela está repleta de escenas autobiográficas. Los mejores recuerdos que tengo de mi infancia, cazando y disparando junto a mi padre. Toda mi vida he estado rodeado de armas de fuego. Algunos de los recuerdos que se reflejan en el acero no son tan buenos: a los 17 años de edad, el día en que secuestraron a mi abuelo, mi papá tocó a la puerta del apartamento donde yo vivía con mi madre, me dio su Colt .45 y me dijo que la usara si era necesario. Para este entonces yo ya tenía claro que las armas de fuego prestan una triple utilidad. Está el lado de la defensa y la depredación. Está el lado de la estética (no es en vano que en todo museo serio existe una sección con armas blancas y de fuego). Y está el lado espiritual: la insospechada realidad de que existimos quienes usamos estas herramientas de destrucción para cultivar nuestra disciplina, nuestro equilibrio y nuestro silencio interior.

Ambos platos explotan en el aire como ovnis. Polvo rojo yéndose en el viento. Yo ni siquiera sé bien qué pasó. Abro la escopeta, que escupe dos cartuchos vacíos y humeantes contra la palma de mi mano. Los arrojo a la caneca que está a mi derecha. Vuelvo a cargar. Vuelvo a respirar. Vuelvo a visualizar. La culata en el hombro. Los ojos bien abiertos. “¡Pull...!”.

Después de recorrer el continente en motocicleta con quien hoy en día es mi esposa y la madre de mi hija, la vida me empujó a la escritura de narrativa. Lo primero que escribí fue Brújulas rotas, una novela autobiográfica. Y seguí con unos cuántos experimentos, algunos de los cuales acabarían convirtiéndose en buenos proyectos. No fueron tiempos muy bonitos: había pasado los últimos dos años sobre una moto, a la intemperie, todo para acabar de regreso en Bogotá, con esa asquerosa sensación de no tener a dónde ir, ni por qué. No hacía sino escribir. El encierro era absoluto. Todos los días en el escritorio, por el simple hecho de que no había nada más en el mundo que me llamara la atención, nada más que representara un verdadero desafío. Esto tuvo un costo. Mi ansiedad, mi trastorno obsesivo, mi agresividad y mi neurosis se salieron de proporciones. Hubo violencia de la fea, de la que no necesita de armas ni deja rastros de sangre. Cierto día mi padre me llamó y me preguntó si quería ir a disparar platos. Le pregunté qué era eso. Platos, dijo, con escopeta. No tenía mucho que perder, así que fui a la que sería mi primera competencia de sporting clays. Recuerdo estar parado en medio de esa cancha, un potrero plano como una mesa de billar gigante rodeada por enormes montañas afiladas y lejanos bosques, encandilado, con el hombro adormecido, sin poder creer que algo así existiera y que yo me hubiera demorado tanto en descubrirlo. Tras apretar el gatillo y ver un plato volverse polvo en el aire por primera vez, supe que había tocado tierra firme. Esto no era un deporte, mucho menos un hobby: esto era aire para el hombre que se estaba asfixiando. Compré una escopeta y de inmediato me puse a competir en cuanto concurso aparecía en mi radar. Florida, Texas, Guatavita, Carolina del Norte, Illinois, La Calera, Montería, Francia...

Dos días después de su nacimiento, mi hija ya estaba en el polígono del Markham Park en Florida. Con ella y mi esposa hemos recorrido el mundo buscando competencias de sporting clays. Entre los tiradores de Colombia, a la mayoría de los cuales conocimos en el Club Cazandes, mi hija tiene un ejército de padrinos. También acabó por volverse famosa entre los tiradores de Estados Unidos, algunos de los cuales comenzaron a apodarla “Hollywood” tras verla en incontables competencias, siempre sonriente, saludando con sus enormes tapaoídos y sus pequeñas gafas de sol. De cierta manera, la escopeta ha sido la aguja de la brújula que marca el destino de nuestros viajes. Y los lugares que hemos visto, la gente que hemos conocido, las historias que hemos escuchado, todo esto nos lo ha dado la escopeta por viajar detrás de ella. Todos los pormenores, los problemas que hemos tenido tramitando permisos de exportación e importación, los papeleos, las exhaustivas requisas en los aeropuertos, los vuelos perdidos, todo eso ha sido un precio demasiado bajo a cambio de lo que hemos recibido a cambio. Y es que llega un punto en que la escopeta deja de ser una hermosa pieza de combate con cañones de acero y culata de madera: de pronto, se convierte en una representación tangible de algo profundo, instintivo, indomable, de esa parte de la voluntad humana que no solo quiere habitar el presente, sino penetrarlo para alcanzar su corazón palpitante.

En el puesto diez hay dos máquinas que lanzan platos rastreros que avanzan hacia el tirador como perdices en son de venganza. Comienza el jamaiquino, que rompe los tres pares, y después viene el gringo, a quien se le escapa un plato del segundo par. Llega mi turno y rompo el primer par. Esos platos vienen tan rápido que algunos pedazos de arcilla anaranjada aterrizan a mis pies después de haberlos quebrado. Rompo el segundo par. Estoy volando. Entonces pienso si hoy será el día. En la primera estación rompí los cuatro pares. Ya voy dos pares rotos de la segunda estación. ¿Será que hoy voy a rebasar mi récord de 94 platos sobre 100? Cargo. Y me como el último par. Es como si hubiera metido balas de salva en mi arma. Los platos caen al suelo intactos, anaranjados, sin un rasguño. Por supuesto que me los comí... No es que el segundo puesto del recorrido fuera demasiado temprano para preguntarme si ese día conseguiría un resultado excepcional: lo que sucede es que siempre es muy temprano para eso; aquí no hay espacio para el futuro. Quisiera reírme, quisiera tomármelo suave, pero siento algo frío derramándose en mi estómago.

El sporting clays nació en Inglaterra como un pasatiempo para entrenar fuera de temporadas de cacería. Y creció hasta convertirse en algo dramáticamente distinto. Técnicamente es un deporte. Para mí, se convirtió en un lugar de equilibrio. De autodescubrimiento. Al ver cómo alguien dispara en sporting, puedes ver cómo se comporta en la vida. Cómo reacciona ante los problemas. Cómo improvisa. Cómo se toma una derrota. Cómo se adapta a las adversidades. Cómo maneja el éxito. Como dije, no te paras ante un marco, sino ante un espejo.

Estoy manejando hacia la sexta estación y en total he perdido cuatro platos. Las matemáticas me están embrujando. Sí. Recuerdo ese par que me comí en el puesto nueve. Recuerdo con amargura que en el puesto once solo rompí tres de cuatro pares. Autoflagelo... Si aquí no hay espacio para el futuro, menos aún lo hay para el pasado. Pero el puntaje hechiza, el puntaje acecha; el mayor peligro que corres en estos polígonos es el mismo que corres fuera de ellos: acabar reduciéndote a un número, a una cifra. El jamaiquino se da cuenta de que me salí de los rieles y se me acerca cuando me parqueo junto al puesto 14. Me habla de mi escopeta. Me pregunta si puede sostenerla. Yo sé que él está disparando con una Krieghoff K-80, que es toda una máquina, y que toda esta charla es una excusa para subirme el ánimo. Entonces comenzamos a hablar y empiezo a sentirme más relajado. Este tipo de acercamientos entre tiradores es normal. De hecho, es un deporte en el que la camaradería suele rebasar el espíritu de competencia. No es inusual que, cuando fallas un plato, uno de los tiradores de tu escuadra trate de ayudarte a corregir tu error, aunque esto pueda llegar a representar que le ganes. En el fondo, todo tirador curtido sabe que si no hay placer en este deporte, entonces no hay nada. Tras mi charla con el jamaiquino, efectivamente me siento mejor. Tengo que confiar en mí. Pero lo que sucede es que, en el sporting, confiar en uno mismo consiste en confiar en las capacidades que uno mismo tiene para dejar que las cosas sucedan, porque no es uno el que rompe los platos. Pero tampoco es la suerte.

Una de las cosas que más me gustó cuando empecé a disparar sporting clays fue que de inmediato me di cuenta de que era un juego en el que, realmente, no había lugar para el pensamiento. Es todo entrañas, es todo instinto e intuición. Y por esto mismo resultó tan bueno para hacerle contrapeso a mi escritorio y brindarme algo de equilibrio. El que calcula demasiado, pierde. El que planea más de la cuenta, pierde. Por supuesto, hay un momento para hace planes, y este se acaba en el instante en el que dices “pull”. De ahí en adelante, los ejercicios conscientes son castigados con todo el peso del fracaso.

La rutina, la respiración consciente, la relajación y la visualización, todo lo que haces antes de enfrentarte a un par de platos está destinado a surtir un efecto específico: el de despertar al depredador interno y dejarlo trabajar en paz. El de mantener a raya al ser pensante y controlador, consciente, calculador, con el que el mundo civilizado ha arropado al cazador primario que llevas dentro. Si piensas en lo que sucedió en el pasado o en lo que pueda suceder en el futuro, el plato que está volando frente a ti no se va a romper. En cambio, si lo único que existe en el mundo es ese plato, si todos tus sentidos se han entregado a detallar el modo en que se desplaza por el aire, tu conciencia va a estar lo suficientemente hipnotizada como para que tu instinto haga el trabajo pesado. Entonces, el depredador interior entrará en escena y decidirá dónde poner el cañón de tu escopeta y apretar el gatillo para que esos perdigones que vuelan a 400 metros por segundo se encuentren con el plato en el momento preciso y lo vuelvan un remolino de polvo rojo. Es magia pura.

Después, mientras te alejas del marco, el depredador se escurrirá lentamente en medio de los pastizales de tu conciencia, pero permanecerá ahí, listo para volver a tomar control de tu cuerpo, alentado por el clic de tu escopeta al abrirse, salivando al oír los cartuchos deslizándose dentro de los cañones. Cuando, al final de la jornada, te den tu trofeo, realmente están premiando que cuentes con la capacidad de sustraerte, de no estar, o de estar más allá de ti; están premiando que hayas tenido las herramientas para distraer tu conciencia con una tarea simple mientras tu subconsciente se hacía cargo de la gran matanza. Exacto. No fuiste tú. Fue tu animal interior, ese cazador resiliente a los asedios de la civilización y el tiempo.

Los grandes arqueros japoneses tratan el tiro de arco como una actividad sagrada. No creo que el sporting se merezca menos respeto. Ellos también dicen que el tiro de arco es un pretexto para alcanzar un estado mental que se podría adquirir de muchos otros modos, pintando, sirviendo el té, danzando. Esto también es aplicable al sporting clays.

Efectivamente, es un pretexto. Como ejercicio, me ha enseñado a desligarme del ego y la vanidad para permitirle al subconsciente coger las riendas. Me ha enseñado que confiar en mí no es confiar en mi conciencia, en mis capacidades para controlar, manipular y calcular, sino confiar en una fuerza profunda que es sabia más allá de lo que alcanzo a imaginar.

Cuando llegamos a la última estación, el puesto ocho, vemos que la escuadra de adelante está terminando de disparar. Falta un tirador, que se está acomodando frente al marco y hunde la mano en la bolsa de cuero que le cuelga de la cintura para sacar un par de cartuchos. En un carrito de golf al borde del camino hay un chico de unos 14 años que está llorando en silencio. Las lágrimas ruedan una tras otra por su rostro inexpresivo. Sostiene la escopeta sobre los muslos y recorre el cañón con los dedos pensativamente mientras purga su impotencia y su tristeza. Lo entiendo. He estado ahí. Como dije, el nombre del juego es sporting clays.

La juez del puesto ocho me llama. Es una mujer amable, que tiene la inocente imprudencia de excusarse por la mala suerte que tuvo de ser nombrada juez de la estación más difícil de todo el recorrido. Me pregunto qué tan duro puede ser y me paro ante el marco. La máquina A está tan lejos que es un puntito naranja en medio del potrero. La máquina B está a unos 20 metros de nosotros. Pido las muestras. La primera máquina lanza un plato que el viento parece llevarse, es un punto negro, un zancudo, una mota. Detrás de mí, el jamaiquino y el gringo comienzan a preguntarse entre ellos si ese plato está a 60 o 70 metros. La segunda máquina arroja un plato a ras de suelo, de filo, envenenado con todo el resorte. Bien. Vamos. Disparo el primer par. El zancudo negro a lo lejos parece partirse por la mitad casi dos segundos después de que la escopeta se sacude contra el hombro. Al segundo plato le quito un pedazo diminuto, que por suerte la juez alcanza a ver. “Le arrancaste una pluma del culo”, dice el jamaiquino. “Le diste con el balín de oro”, suelta el gringo. Ignoro los comentarios, respiro, cargo, visualizo. Apoyo la culata en el hombro. Lo pido. De nuevo el primer plato se desmaya a lo lejos, otra vez un largo instante después del sonido del disparo: así de lejos está. Al segundo plato le doy en todo el centro y me quedo mirando los trozos que saltan por el aire.

Me preparo para el último par del recorrido. Esto es bueno. Esto está bien. De repente, no sé dónde estoy. Me siento tan cómodo como cuando patrullaba los potreros recalcitrantes de Tocaima en compañía de mi padre. No sé cuántos platos he perdido. No me importa qué diga la tabla de puntajes, porque ha dejado de existir. Solo sé que me encuentro en un contradictorio estado de ausencia y presencia pura. Estoy y no estoy. Soy y no soy. Esto es a lo que los arqueros japoneses se refieren por satori. He roto la frontera de mi cuerpo. Es como si pudiera extender el brazo y romper esos platos con la mano. No están cerca ni lejos. La escopeta ha cobrado vida y sabe exactamente cómo moverse, dónde situarse, y mis manos simplemente acompañan su movimiento. Esta es mi victoria íntima y personal: una vez más, el sporting clays me ha brindado el gran regalo de permitirme habitar el núcleo del instante presente.

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