Enping es un pueblo de China que ya casi es un pueblo de la nueva China. Aunque tiene algunos edificios de cristales negros, como mi hotel, en su mayoría aún exhibe las monótonas construcciones de hormigón de los años ochenta y noventa, con sus balcones enrejados y llenos de trastos. Una sucesión de ferreterías, talleres de mecánica y tiendas de repuestos: en la entrada de una de ellas cuelga un retrato enorme de Mao con su sonrisa de Monalisa.

De aquí provienen casi todos los chinos que alguna vez han vivido en Venezuela y que desde 2014, con el colapso de la economía, regresan en desbandada a su tierra de origen: una región con innumerables cultivos de arroz y a 180 kilómetros de Guangzhou (o Cantón), esa descomunal capital comercial de China, donde pululan inquietos negociantes del Sudeste Asiático, Oriente Medio, África y Latinoamérica, buscando proveedores que inunden sus países con productos "Made in China".

El cielo se ha cubierto de nubarrones sobre los que se perfilan grúas de construcción. Los nuevos edificios harán falta para recibir al tsunami de retornados, pues si hoy Enping tiene unos 500.000 habitantes, de Venezuela podrían llegar 200.000 o 300.000 más.

El día antes de tomar el autobús hacia Enping hablé con Xiong, un joven de 27 años que era ayudante de una importadora colombiana. Su acento era de Caracas y tenía una quijada varonil, cejas anchas y una camiseta de la selección venezolana de fútbol. En su perfil de WeChat (la principal red social china), a manera de presentación personal escribió la frase: “Una época confusa es solo para un espíritu confuso”. Xiong, fiel a su axioma, desde que salió de Venezuela es una rueda suelta. Unos días antes de la publicación de este reportaje volví a llamarlo por WeChat y me dijo que ya no vivía en Guangzhou.

¿Dónde vives ahora?

"En ninguna parte. En hoteles, de aquí para allá. Ayer estaba en Panamá".

¿Y hoy?

"En otro país centroamericano, comprando materias primas para llevar a China", dice reservado, pero sin perder el tono amigable.

Los tíos de Xiong fueron casi pioneros de la migración china a Venezuela.

Ellos escaparon de China en los años sesenta porque eran gente de dinero. Fueron terratenientes con muchas propiedades, y aunque el gobierno comunista ya las había expropiado desde hacía mucho tiempo, a mi familia la seguían persiguiendo y reprimiendo. Entonces se fueron primero a Nueva York, pero no les gustó y escucharon que Venezuela era el país de las maravillas. Se quedaron en Caracas y abrieron una tienda de abastos.

Pertenecieron a la ola de chinos que emigraron hacia Venezuela escapando de la Revolución Cultural, una convulsa década entre 1966 y 1976, durante la que Mao Zedong radicalizó al país en torno al culto de su personalidad y fomentó la persecución de las “cuatro cosas viejas”: viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos y viejas ideas. La familia de Xiong, por haber sido alguna vez terrateniente, se arriesgaba al escarnio público, en el mejor de los casos, y al linchamiento en el peor.

Venezuela, en cambio, entraba a una época dorada impulsada por un boom petrolero que le ganó el apelativo de la “Venezuela Saudita”. El país apostó a dar ese gran salto cuántico del tercer al primer mundo, de manera similar a como pretendieron hacerlo Brasil y Argentina en las primeras décadas del siglo XX, y al igual que esos países, si bien no pudo cambiar de clase social por lo menos alquiló el frac. Construyó autopistas, puentes futuristas y uno de los primeros sistemas de metro subterráneo de la región.

Y aunque las perlas de río del desarrollo venezolano se perdieron en una década que culminó en 1989 con los motines del Caracazo, la bicicleta estática que fue su economía durante la década de los noventa seguía prometiendo más prosperidad que Enping.

"Mi padre era carpintero, pero en Enping no había mucho trabajo. Así que viajó a Caracas en los años noventa y comenzó a trabajar en el restaurante de mis tíos", dice Xiong.

Como tantas otras cosas en China, la migración es en buena medida un asunto familiar. Los latinos somos tan confucionistas como los chinos en ese rasgo idiosincrático: la acogedora y agobiante omnipresencia de la familia, una institución que reúne a todas las instituciones. La familia es, en sentido figurativo y a veces también literal, la escuela, el club social, el consejo de ancianos, el juzgado, la prisión, el manicomio, y más importante aún para el inmigrante, el banco y la agencia de empleos.

"La familia es el mejor banco que puedes encontrar", confirma Xiong. "No te pide documentos de crédito, no te cobra intereses, y como al chino no le gusta llegar a un país y emplearse para otros, sino montar su negocio, al principio trabaja con sus familiares y luego se independiza".

Motivados por el éxito de familiares y amigos que daban el giro hacia el Caribe, los emigrantes de Enping formaron una de las colonias chinas más numerosas en el sur de Estados Unidos. No hay Chinatown en Caracas, pero sí un club abierto a todos los chinos, donde cada año celebran el Año Nuevo chino con comida a rodos y fuegos artificiales, y donde se puede (o se podía) tomar té chino y comer platos para matar la nostalgia, como el dim sum propio de Enping. Allí crean la burbuja en un país que los recibió bien, pero no acabó de respetarlos. Xiong se quejó de que a menudo la gente se burla de su forma de hablar y de sus ojos rasgados. En Latinoamérica el racismo contra los chinos es un tipo de discriminación que aún goza de cierta aceptación social. Está normalizado decir que todos los chinos son iguales, que en los restaurantes chinos sirven perros y gatos, que los chinos no dicen “69”, sino “cachichechenta”.

"A mí siempre me molestó eso de Venezuela, porque es una falta de respeto. Yo no imito a nadie hablando español. Hablo español normal", dice Xiong, que culturalmente se identifica más como un venezolano que como un chino. "Mi mamá y yo llegamos a Venezuela cuando yo tenía 5 años. Éramos muy humildes y vivíamos en una casa de dos cuartos: mi mamá y mi papá en uno, y mi hermana y yo en otro, donde estaba la cocina. Todo estaba junto. Recuerdo que había cumplido 9 años cuando Hugo Chávez ganó las elecciones y las cosas estuvieron muy bien hasta 2013 o 2014, pero ahora es imposible", agrega.

China y Venezuela tomaron caminos diametralmente opuestos. Mientras una pasó del comunismo al capitalismo salvaje, y desde el totalitarismo político derrotó la pobreza extrema en pueblos como Enping, Venezuela, tras su tropiezo del capitalismo a la dictadura socialista, devino en Estado fallido.

Veinte años más tarde, cuando Xiong regresó a China, debió aprender chino desde cero, como cualquier otro extranjero. Después de tantos años en Venezuela, lo había olvidado por completo: ahora solo hablaba español con un musical acento caraqueño. La última vez que conversamos lamentó que, por andar tanto en Centroamérica sin practicarlo, otra vez estaba perdiendo el chino.

* * *

¿Tú quieres que te traiga una mujer?, me pregunta Liang Lintao.

Liang no es proxeneta, sino un hombre de negocios, o mejor, un hombre que busca un negocio en China para traer a su familia, que sigue al frente de su tienda de abastos en Caracas. Aunque un poco a la antigua, su pregunta es un gesto de hospitalidad común entre empresarios y funcionarios.

Cuando llegamos a su camioneta, debo hacerme en el asiento trasero porque en el delantero lo espera una chica bajita de unos 20 años, con cuerpo menudo, un corto vestido negro y un pie desnudo apoyado sobre el tablero mientras estudia sus uñas.

Camino al restaurante donde almorzaremos, cruzamos un río de un adusto color marrón que divide a Enping en dos. El río Jinjiang, o Río Claro, alguna vez tuvo aguas cristalinas. En aquella época el pueblo era pobre y la gente pasaba hambre. Liang recuerda muchos días de su infancia en los que no era posible siquiera comer vegetales, sino apenas un puñado de arroz. Antes de aprender a escribir, trabajaba en el campo. Desde los 6 años invertía jornadas enteras junto a su familia en los cultivos de arroz y maní. A los 18 años, es decir en 1994, viajó a Caracas para ser ayudante en la tienda de abastos de su tío.

"Busqué la salida, porque si no te la pasas sembrando y sembrando y no puedes vivir. Afuera había más futuro", dice. "Cuando tenía 19 años, yo no quería a China, pero Enping está mucho mejor ahora. Es muy bonito. Ha cambiado mucho. Al principio mis hijos no querían venir a Enping porque no hablan bien el idioma. Hablan mejor el español. Mi mujer tampoco quería, pero ya se están haciendo a la idea de venir".

Llegamos a un restaurante de la nueva burguesía. El diseño y la decoración son de estilo occidental. Los acabados invocan un espíritu italiano, de columnas con capiteles, paredes con ladrillos pintados y enormes macetas con plantas de plástico.

"Aquí vienen mucho los chinos que regresan de Venezuela porque hay parrilla, carnes y pasta", dice Liang mientras escogemos una mesa callada para los tres. "Yo quiero a Venezuela. Llevo casi 25 años allá. Se trabajaba muy bien porque estaba mucho mejor que otros países, pero ahora está muy difícil por la inseguridad y porque hay que comprar la comida en dólares, y todo el tiempo sube el cambio. Como tú sabes, el bolívar no vale nada ahorita, entonces todo el tiempo están subiendo los costos. No es negocio llevar nada a Venezuela para vender. La ganancia no nos alcanza para la comida", dice.

¿Es difícil tomar la decisión de regresar con su familia a Enping?

"La decisión de venir no fue repentina. La tomé poco a poco. Lo que pasa es que no quiero perder mi negocio, y si me devuelvo el gobierno me lo quita. Entonces tengo que venderlo pero no hay quién lo compre".

Por lo pronto, los viajes que Liang hace a Enping son intermitentes, pues sigue atado a Caracas por la amenaza de la expropiación. Tan solo explora posibilidades de negocios, visita a su madre y pasea con su joven acompañante, que no habla español pero lo entiende, pues también vivía en Venezuela trabajando en el restaurante de un familiar.

"No sé si las cosas en Venezuela vayan a mejorar, pero algún día tendrán que estar mejor. Cuando eso pase sí me gustaría regresar", dice Liang.

A los chinos que regresan a Enping les ha perjudicado casi tanto como a los venezolanos una crisis que salpicó a su población por el mundo. Su opinión sobre el chavismo tiene dos caras.

"Hugo Chávez fue bueno", opina Liang. "Cuando él estaba en el poder la situación era buena. Es Maduro el que no sabe manejar el país. Para mí, Venezuela ha tenido muchas reservas de petróleo y podría estar mejor, pero gastan mal los dólares. El gobierno le da casas a la gente que no trabaja. ¿Cómo puedes tener una casa si no trabajas? Pues porque el gobierno te dice, tú votas por mí y yo te doy una casa. No puedes regalarle cosas a la gente si no trabaja. Por eso Venezuela está así, con la gente pasando hambre en la calle".

Quiero señalarle que fue Chávez quien comenzó con el derroche, pero Liang sigue por una línea más pragmática y acorde con el carácter chino:

"Hay cosas que uno no entiende. Tú sabes, en Venezuela están pasando hambre, pero la gente sigue comprando su taza de café. Yo digo, coño, ¿si no tienes para la comida por qué compras café? Gastan la plata en cosas que no necesitan. Son flojos y no les gusta montar su propio negocio", dice Liang, y después de un corto silencio añade:

Les gusta tomar alcohol, les gustan las mujeres.

Salimos del restaurante a una húmeda tarde. El gobierno local ha pavimentado vías amplias en el centro de la ciudad, pero de una cuadra a la siguiente la infraestructura y las residencias se transforman sin transición. No hay miseria, pero la prosperidad es selectiva. Dejamos a la acompañante de Liang en un barrio de calles estrechas, antes de volver a la zona boyante, poblada de edificios en construcción.

"Muchos de estos se construyen con inversiones de los chinos de Venezuela. No se sabe qué va a pasar ahora. Es posible que se queden sin terminar o no puedan vender los apartamentos. Sin el dinero que venía de Venezuela, este pueblo va a tener problemas", dice Liang, mientras entramos al parqueadero que comparten un hotel Radisson y un centro comercial de lujo.

* * *

El amplio salón trasero de la tienda de vinos de Mingo Zhong tiene un televisor de 55 pulgadas empotrado en la pared, una colmena de botellas de vino tras una barra de madera y una mesa de diez puestos bajo un candelabro hecho con botellas de vino vacías.

Mingo nos recibe a Liang y a mí, y nos invita a una esquina donde tres amigos pasan la tarde del domingo en un sofá. Acompañan sus platos de arroz frito y dim sum con una botella de rioja Cuné Reserva. Mingo sonríe con timidez. Se pasa una mano por la frente amplísima, secándose el sudor en un gesto nervioso, como quien no está acostumbrado a hablar sobre su vida con desconocidos.

?Salí temprano de Venezuela, en 2014, cuando todavía se podía vender, porque vi que las cosas iban muy mal ?dice?. Abrí esta tienda hace unos meses con un socio, gracias a la venta de las propiedades que tenía allá.

No habla español y cruza los brazos mientras explica su situación. Es tímido y hace un esfuerzo exagerado por aparentar sobriedad.

"No creo que la situación política en Venezuela vaya a mejorar y no tengo ningún plan para regresar. Estoy buscando otros negocios, además de los vinos", dice.

En la tienda de Mingo hay vinos italianos, españoles, argentinos, chilenos, portugueses, franceses. No puedo evitar preguntarle quién compra tanto vino en este pueblo.

"La mayoría no los vendo aquí, sino para eventos de empresas. Me piden por cajas", responde. Nos va bien. Tenemos ganancias.

Más tarde, mientras Liang y yo cenamos en un restaurante en el último piso del Radisson, él da su veredicto sobre la tienda de Mingo.

No es un buen negocio. Él dice que gana bien, pero eso no da dinero. ¿Quién va a comprar aquí ese vino?

La mesera del restaurante nos interrumpe para anotar nuestro pedido, pero justo antes de tomar la orden se queda mirándome con fijeza y finalmente me pregunta con un español inseguro:

"Hola, ¿tú eres venezolano?"

Le digo que soy colombiano y le pregunto si vivió en Venezuela. El restaurante está lleno y se le nota apurada, así que nos resume su historia. La misma de tantos. Trabajó en un restaurante chino de Caracas con su tío, hasta que hace un par de años la situación se volvió insoportable por la criminalidad y la crisis económica. Al final decidió regresar, pero su tío sigue allá. No ha podido salir porque nadie quiere comprar sus propiedades.

"¿Qué negocio preferiría montar usted?",pregunto a Liang, retomando el tema anterior.

"No sé qué negocio es bueno aquí. Todavía estoy buscando. Mi hermana montó una agencia de viajes".

* * *

Al día siguiente visitamos a Lyan, la hermana de Liang. Desde su ventana en el piso 16 se ven las afueras de Enping, donde los edificios en construcción comienzan a quitarle terreno a los arrozales. Abrió una agencia de viajes en China, pero su esposo y cuñado siguen en Caracas, pues no han logrado vender la tienda. Buena parte de la clientela de Lyan son chinos que buscan tiquetes baratos para ir o venir de Venezuela.

La de Lyan, una historia de familia dividida por el retorno, es la de muchos chinozolanos. Más que ella y su relato, me sorprende la elocuencia de Liu Yanyi, su hija de 11 años, que aparece entre nosotros y habla en medio de los adultos con una espontaneidad muy latina:

"Extraño Venezuela porque es donde están mis amigos. Pero allá no puedo salir a jugar, hay mucho malandro. Me gusta estar en China porque puedo jugar y divertirme", dice con impecable acento caraqueño.

Me impacta también su patriotismo. Se niega a renunciar a su nacionalidad venezolana para adoptar la china, a la que tiene derecho.

"Soy venezolana. Me gusta China pero soy venezolana. Voy a volver a Venezuela algún día", dice con una convicción emotiva.

Si bien sus padres pertenecieron a la diáspora china que huía del comunismo, Yanyi hace parte de la diáspora venezolana que huye del socialismo, y en cada giro, el país latinoamericano es ese horizonte agridulce de la esperanza: antes encendido de ambición, ahora contaminado de nostalgia.

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