En el acto de fumar coinciden los cuatro elementos fundamentales de la naturaleza que identificaron los antiguos griegos: el fuego en la lumbre, el agua en la boca, el aire en el humo y la tierra en el tabaco. Quizá por esa confluencia cósmica este placer ha significado tanto para tantos a lo largo de la historia. Y digo placer porque esa es una de sus reconocidas virtudes, tal vez la última que nos ha quedado de esta antiquísima costumbre.

Sin embargo, el tabaco era mucho más que eso para los indígenas originarios del Perú, que empezaron a cultivar esta planta sagrada en el tercer milenio antes de Cristo y la usaron para las actividades más diversas, desde emplastos y sahumerios, hasta ofrendas y enemas. Todos los pueblos de lo que ahora es América también la emplearon por siglos para la sanación y el discernimiento, para entrar en contacto con los espíritus del propio ser y del mundo. Todavía hoy en Colombia no es difícil encontrar curanderos o lectoras que escarban el tabaco buscando pistas sobre lo desconocido hasta en el cigarrillo más ordinario, trepando por la escalera de su humo hasta penetrar los mensajes más elevados.

Es poco probable que la mayoría de fumadores de hoy piense en esto. Pero tal vez en nuestro fumar contemporáneo todavía quede algo de esa nostalgia de trascendencia, de esa comunión con lo desconocido, de ese lejano impulso del chamán que hace señales de humo a los espíritus desde su boca.

Es increíble que la mayor parte de la humanidad haya vivido milenios sin conocer el tabaco: no lo fumaron los chinos mientras construían las murallas de su imperio, no lo depositaron los egipcios en las tumbas de sus fastuosos faraones, ni se intoxicaron con él los griegos, tan dados a aspirar diferentes tipos de humo en sus rituales oraculares. No fue hasta finales del siglo XV que los primeros europeos lo probaron, y se enamoraron de inmediato. Poco después, y más rápido que cualquier otro producto en la historia, el tabaco se esparció por Europa y luego por todo el mundo, como un incendio en un pajar seco. Los ingleses imitaron a los indígenas de Norteamérica, quienes hacían la guerra y sellaban la paz fumando largas pipas llenas de tabaco, y desde entonces en las islas británicas la pipa se convirtió en un emblema (Sherlock Holmes la usaba para determinar la complejidad de un caso según el tiempo en que se demoraba en resolverlo: “Este es un problema de tres pipas”).

Los españoles aprovecharon el despegue del consumo y usaron sus colonias del Caribe para sembrar tabaco extensivamente y enriquecerse con los impuestos, un derivado del tabaco tan adictivo para los Estados como la nicotina para los fumadores. Junto con el café, el azúcar y el cacao, el tabaco hizo equipo con los estimulantes legales más gloriosos de Latinoamérica, para consolidar la “economía de sobremesa” que ha caracterizado a este continente. Cuba se volvió sinónimo de puros, cigarros de hojas de tabaco enrolladas que han fumado desde los grandes señores de la Inglaterra del siglo XIX en salones elegantes (adonde iban a fumar vestidos de smoking, de allí el nombre) hasta los revolucionarios de la Sierra Maestra que lograron que el puro pasara de ser un símbolo de la colonización a uno de la rebeldía; y al que no pudieron resistirse ni los presidentes de Estados Unidos (Kennedy decía que fumar puros cubanos era una manera de debilitar al régimen de Castro: era quemar sus cosechas). (Lea también: El gringo que combatió con Fidel)

John F. Kennedy. El mandatario era aficionado a los puros cubanos. Decía que fumarlos era una manera de debilitar al régimen de Castro quemando sus cosechas.

Por su parte, los franceses, siempre tan franceses, hicieron del tabaco un sabroso bocado para su sofisticación pagana. Jean Nicot lo llevó a la corte de la reina Catalina de Médici, a esta le gustó y pronto se convirtió en el invitado de honor de las fiestas palaciegas en las que los aristócratas lo consumían en forma de rapé (tabaco en polvo que se aspira por la nariz). Algunas veces, en esas fiestas, las parejas se ausentaban e iban a habitaciones privadas para esnifarlo y aprovechaban la escapada para tener breves encuentros sexuales. De ahí también viene el nombre de otro de los placeres relacionados con el tabaco: echarse un polvo. (Lea también: Lo que me gusta de la rumba)

Pero el tabaco no solo fue un placer. Durante mucho tiempo se vendió como una cura a casi todos los males: podía quitar la jaqueca, aliviar el estreñimiento y hasta anestesiar un dolor de muelas. Muchos países, incluido el nuestro, prosperaron con él. Los comuneros del Socorro se rebotaron porque no los dejaban cultivarlo, y criollos como Antonio Nariño incluso se vieron envueltos en gestas independentistas por oponerse a su monopolio. En 1850 finalmente se liberó el cultivo en Colombia, en un momento en que el consumo estaba en ascenso en todo el mundo, y regiones como Ambalema, Carmen de Bolívar y Piedecuesta prosperaron a la sombra de la mata de tabaco.

Humphrey Bogart. El ícono del esplendor de Hollywood hizo del cigarrillo un símbolo de sofisticación. Murió de cancer de esófago a los 57 años. 

En Europa, los soldados turcos introdujeron la costumbre de fumarlo en cigarrillos envueltos en papel y con este nuevo formato el consumo se disparó. No fue sino hasta finales del siglo XIX que algunos doctores empezaron a desaconsejar su uso por efectos secundarios como adicción y enfermedades respiratorias. Empezó entonces un debate que llega hasta el presente sobre lo malo y lo peor del tabaco (ya casi nadie habla de sus virtudes). Sin embargo, es difícil creer que los fumadores de todos los tiempos no hayan sabido que su vicio era el culpable de sus toses de la mañana y de los ahogamientos que sentían con cada afán. Un fumador puede no saber exactamente qué se está metiendo cuando fuma, pero sabe muy bien en qué se está metiendo. En su cuento ‘Humo’, William Faulkner lo dice sin ambages: “Los no fumadores pierden una de las experiencias más gratas de la vida para un hombre sensible: la convicción de estar sucumbiendo a un vicio que solo lo puede dañar a él”.

Ya que menciono a Faulkner, vale la pena recordar la larga relación de los escritores con el tabaco. Debido al comprobado estímulo que le da al proceso de sinapsis cerebral o tal vez a sus antiguas reminiscencias chamánicas, muchos escritores y pensadores han impregnado de humo sus páginas más gloriosas. André Gidé llegó a decir: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”, una frase que no olvidé desde que la vi en el cuento ‘Solo para fumadores’, resumen hilarante de la experiencia como fumador del peruano Julio Ramón Ribeyro (que termina abruptamente porque el escritor dice que tiene que parar para ir a comprar más cigarrillos).

Pero muchos también han terminado por dejarlo y han llegado a despotricar de él, como si de una examante perversa se tratara, porque, según Stephen King, prolífico autor y alguna vez también prolífico fumador, “el cigarrillo te mata mientras te ayuda a escribir”. Entre nosotros, fue famoso el caso de Gabriel García Márquez, quien durante su juventud fue un fumador de esos que enciende cada cigarrillo con la colilla del anterior, pero que lo abandonó en los años setenta no por miedo al cáncer sino porque un médico le dijo que fumar podía llevar a la pérdida de la memoria, algo que le terminó pasando de todos modos, con cigarrillos o sin ellos. Los que lo hemos intentado, sabemos que dejar de fumar es una de las tusas más terribles que hay, y que, incluso si se logra, no siempre es una experiencia feliz. Ya lo dijo la uruguaya Cristina Peri Rossi, cuentista y autora de las memorias Cuando fumar era un placer: “Desde que dejé de fumar he dejado de toser, de expectorar, mi hipertensión ha disminuido y la isquemia cardíaca que padecía ha desaparecido. En cambio, me siento mucho más sola”. 

Quizás atraído por el halo de misterio que ha rodeado al humo empecé a fumar poco después de entrar a la universidad. Pero en esa época era un fumador aún inexperto y creía que era el cigarrillo lo que hacía a Joaquín Sabina mejor cantante o a Julio Cortázar mejor escritor. Seguramente también fui víctima de la seducción de Hollywood, que desde la Segunda Guerra Mundial ha servido de gigantesco aviso publicitario a las grandes tabacaleras, mostrando a Humphrey Bogart fumando taciturno en El halcón maltés o a la indomable Sharon Stone cruzando las piernas con un cigarrillo entre los dedos en Bajos instintos. Todavía en la segunda década del siglo XXI, cuando se pensaba que las campañas antitabaco acabarían para siempre la costumbre de fumar, apareció el irresistible y despreciable Don Draper, de Mad Men, para recordarnos los tiempos en los que se fumaba en ascensores, en cines y hasta en los aviones, cuyas sillas venían con un cenicero incorporado. Cuando yo era niño solía ver esos ceniceros aéreos, o la lumbre que tenían los paneles de los carros, como atractivos juguetes de adultos.

Don Draper. El protagonista de la aclamada serie Mad Men le recordó al mundo la época en que fumar en aviones y ascensores estaba bien visto.

También escuché historias universitarias de mis padres sobre los tiempos en los que el Pielroja era un símbolo de rebeldía estudiantil contra las grandes empresas multinacionales. Y cuando entré a estudiar Sicología, mi amigo René Botero me terminó de traer al bando de los fumadores cuando encendió un cigarrillo en plena clase, ante la alarma de todos los presentes. Cuando le pregunté después por qué lo hizo, me dijo: “Porque lo que decía el profesor estaba muy interesante”. Sin embargo, cuando al fin me hice fumador regular, no fui Bogart ni Sabina. Lo terminé haciendo por las mismas razones que lo han hecho millones de donnadies en todo el mundo: para volver sublime la más mundana soledad. Aunque me sigue pasando, detesto la idea de asociar emociones con el cigarrillo: fumar porque se tiene angustia, fumar porque uno se siente eufórico. También me ha aburrido fumar como si de un tic nervioso se tratara o porque no hay nada mejor que hacer mientras se toma cerveza; “fumar para matar las manos”, como decía el poeta Raúl Gómez Jattin. Una larga práctica me ha enseñado que solo vale la pena fumar cuando uno tiene la disposición para compartir un momento de comunión iluminada con el tabaco, ya sea en un cigarrillo, un puro o una pipa. Hay que fumar como fumaba Sarita Montiel mientras esperaba al hombre que ella quería: sintiendo que “fumar es un placer genial, sensual”. (Lea también: Lo peor de tener 60 años)

Es casi un sacrilegio decir que uno puede aprender a fumar en estos tiempos de miedo, en los que no nos dejan más opción que dejarlo; en los que a los fumadores nos están intoxicando todos los días con terror. Tiempos absurdos en los que uno encuentra en cualquier banco mensajes que dicen: “No cuente dinero en presencia de otros. No se deje ayudar de extraños. Está siendo grabado por una cámara de seguridad. Respire tranquilo, este es un espacio libre de humo”. Pero es seguro que la humanidad no dejará de fumar, incluso si llega a pasar el capitalismo esquizofrénico que nos conmina a fumar y al mismo tiempo nos bombardea de salubres advertencias que nos producen más ansiedad y, por ende, más ganas de fumar.

Justamente para paliar la culpa de fumar, las compañías tabacaleras han venido en una loca carrera para vendernos cigarrillos cada vez más inocuos, con filtros de acetona que han terminado por ser un problema ambiental peor que el propio tabaco, con aditivos cancerígenos para suavizar el sabor, mentolados para que sintamos que fumar nos está limpiando los pulmones, y ahora hasta con cigarrillos electrónicos que nos dan la carga justa de nicotina, como si de un chute de jeringa se tratara. No sé cómo se sentirá tragar el vapor de uno de esos cigarrillos electrónicos, pero cualquier humo que no venga de un fuego encendido me parece sospechoso. Al mismo tiempo, no quiero ni imaginar la cara que haría una señorita que fuma diez cigarrillos ultralight al día si un día le dieran a masticar una hoja de tabaco de verdad. El mundo no se divide solo entre fumadores y no fumadores, también entre estos últimos tomamos partido. Y yo estoy a favor del tabaco real, ese que da miedo porque es intenso, amargo, agresivo, adictivo y tóxico, y que hay que enfrentar con respeto. Y con cariño. Ha estado encendido por siglos y seguirá ardiendo después de que los fumadores hayamos muerto.

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