El escritor holandés Cees Noote-boom no se equivocó al decir que “todo hombre célebre tiene un doble. Su yo de otro tiempo que lo acompaña o lo lastra y no lo deja en paz”. La fama, lejos de ser solo gloria, les significa a las celebridades una marca indeleble con la que deben vivir incluso cuando los reflectores se apagan y las cámaras dejan de grabar.

En el caso de Ron Jeremy y Jenna Jameson, su otro yo está inmortalizado en las más de 2200 escenas de cine para adultos que acumulan en su carrera. Y realmente poco importan sus aciertos y desaciertos en la vida, ya que a los ojos de los más de 800 millones de internautas que entran anualmente a sitios como YouPorn, Xvideos o PornHub, ellos siempre serán vistos como estrellas del porno, una etiqueta difícil de borrar y con la que muchos ingenuos creen que es fácil vivir.

Más allá de criticar a una exestrella del porno, lo que alimenta el morbo de quienes ‘googlean’ con regularidad sus nombres es ver su declive. En el documental After Porn Ends, dirigido por Bryce Wagoner, varias figuras de la industria narran lo escabrosa y solitaria que puede ser la vida para un actor o actriz que decide dar un paso a un lado y llevar una vida “normal”. Pero no solo es por la ardua labor que significa encontrar un trabajo en el que no los reconozcan, los abusos que sufrieron, los excesos con los que vivieron, sino también porque las personas que conforman la industria son segregadas, atacadas y vistas con asco, incluso por aquellos que a medianoche rinden culto a Onán viendo las producciones que tanto dicen aborrecer.

Jenna Marie Massoli, mejor conocida como Jenna Jameson, es una de las caras más reconocidas en la historia de la pornografía. Si bien pocas cosas pueden llegar a ser tan crueles como la vejez, llegar a ella después de ser considerada ‘la reina del porno’ tiene un ingrediente extra. No solo es el desgaste del cuerpo y la mente, sino ser perseguida por esa joven de 19 años que en 1993 debutó de la mano de Randy West. Con apenas 44 años, Jenna ya se ha dado cuenta de lo que vendrá. Internet está plagada de imágenes suyas contrastadas en las que la joven y exuberante Jenna mira con desdén a la mujer en que se ha convertido, obesa por el embarazo y con el rostro rígido por el exceso de bótox. Una comparación injusta entre una actriz producida y una gestante en un día cualquiera. Una de esas fotografías aparece en su Instagram, y en ella responde a las críticas. “Quiero hablar de las historias que están circulando. Sí, he ganado una gran cantidad de peso con este bebé… pero he recibido comentarios terribles, eso me entristece… ustedes no saben lo mucho que sus palabras pueden herir”.

A comienzos de este siglo, Jenna era la porn star número uno del mundo. Su fama llegó a ser tanta que se convirtió en ícono de la cultura popular.

La ganadora de más de 40 reconocimientos por su desempeño frente a la cámara y la mujer que vendió su imperio a Playboy por 30 millones de dólares (hasta ahora la única estrella porno en llegar a una cifra semejante), hoy es una feliz madre, que se dedica a disfrutar de los días soleados en familia y los paseos en el parque. Su cuenta de Instagram no tiene un solo atisbo de pornografía y, a pesar de que muchos la recuerden por sus producciones para adultos, también ha sido parte de campañas de PETA, para tratar éticamente a los animales, y del Partido Republicano estadounidense, en las que ha llegando a afirmar: “Cuando eres rica quieres a un republicano en la oficina”.

La Jenna Jameson de hoy es una mujer con un rostro rígido por el exceso de bótox y un cuerpo estragado después de tres embarazos.

Jameson se convirtió al judaísmo y no ha probado un solo sorbo de alcohol desde hace poco más de dos años y medio. Es una de las escasas mujeres que han salido con la cabeza en alto y no ha regresado a la industria desde que, en 2008, durante la gala de los Premios AVN (Adult Video News), pronunció la frase “nunca jamás volveré a abrirme de piernas para esta industria, jamás; pero, los quiero”. En medio de abucheos, y con los bolsillos llenos, Jenna se retiró para siempre. Sin embargo, ha seguido haciendo dinero de su pasado, esta vez en forma de un libro confesional llamado How to Make Love Like a Porn Star, esos que tanto disfrutan los fanáticos.

Al igual que ella, Ron Jeremy sigue viviendo de su fama. En el reportaje gráfico de Ingvar Kenne y Cameron Gray llamado The Hedgehog and the Foxes, se puede ver al actor de 65 años, oriundo de Long Island, en medio de despedidas de soltera, firmando senos, con una sonrisa escueta bajo su característico bigote en un par de fotos, y caminando en medio de mojitos y trajes cortos.

Junto a su amigo Axl Rose, cantante de Guns N´Roses

Con un evidente sobrepeso y los estragos del tiempo sobre su piel, Jeremy es una avinagrada sombra de lo que alguna vez fue. Una efigie viva de los albores de la pornografía, el hombre con el récord de mayor número de apariciones en películas para adultos, el actor que podía chupar su propio pene, si es que eso alguna vez fue motivo de orgullo para él. Toda una leyenda que vive de las ventas de mercancía con su cara impresa: camisetas, un ron y una que otra pancarta que anuncia alguna charla.

Pero ‘el tío Ronnie’, como se refiere a sí mismo en algunas entrevistas, es uno de los sobrevivientes de lo que William Margold, controversial actor, director, escritor y mánager de la industria de entretenimiento para adultos, define como ‘el corralito de los condenados’: un mundo al que se entra sin pensar que hay algo después. Ese océano sin fin en el que desde el primer instante se deja una estela cinematográfica que nunca desaparece.

La historia nunca es la misma para dos actores. Para el director, actor y productor John Leslie terminó con un infarto en su casa después de una buena vida al lado de su esposa. Para la exactriz Crissy Moran, cuyo nombre aún arroja más de nueve millones de resultados en Google, casi todos de portales pornográficos, el final de su carrera se vio envuelto en intentos de suicidio, abuso de drogas y una conducta autodestructiva de la que hoy se ha librado gracias a Treasures, una fundación que fue creada para ayudar a que las mujeres que están en la industria del sexo vivan una vida sana. Para Crissy la salida fue la religión, por la que hizo un voto de celibato hasta el día que contraiga matrimonio.

Ron en sus mejores épocas.

Algunos se van porque encuentran el amor. Otros, como lo afirma la leyenda activa Nina Hartley, “ven a Dios y se van, pero esas son las personas que necesitan irse de todas formas y no tenían la fuerza para hacerlo. Así que buscan algo para ayudarles a salir”. Muchos encuentran un espacio en la industria desempeñando diferentes roles, pero pocos logran encontrar una salida limpia de un mundo que sigue embistiendo a sus protagonistas, incluso después de muertos.

El escritor austriaco Stefan Zweig afirmó que “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Lo más posible es que de las decenas de miles de actores y actrices que incursionan en este mundo, pocos recuerden con nostalgia en el ocaso de sus vidas los motivos por los que empezaron en una industria muchas veces ingrata y violenta. Pero el ser parte de esas producciones no significa que el resto de su existencia deba estar marcado por la desnudez y el sexo. Al momento de marcharse, ellos, como cualquiera, deberían poder hacer valer su derecho a ser olvidados, si es que eso es lo que quieren.

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