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Cuando María Sharápova anunció una inesperada rueda de prensa en marzo de 2016, todo el mundo asumió que se iba a retirar. Pero, vestida de negro y con aspecto lúgubre, reveló que no había pasado un examen de drogas: “Asumo toda la responsabilidad, cometí un grave error; he decepcionado a mis admiradores y al deporte. Sé que debo asumir las consecuencias pero espero tener una nueva oportunidad”. Fue uno de los momentos más sorpresivos en la historia del tenis y uno que marcó para siempre a la tenista rusa.

Esa mañana, en un hotel de Los Ángeles, Sharápova habló frente a decenas de periodistas con la pausa y la tranquilidad que suele demostrar cuando tiene bajo control un partido de tenis. Contó que llevaba 10 años tomando meldonium, un medicamento que solo se distribuye en Rusia y los países bálticos, y sirve como remedio farmacéutico. María tiene un problema cardiaco y un historial familiar de diabetes, así que, en 2006, su doctor se lo recetó. Lo que ella no sabía, ni su equipo de trabajo le comentó, fue que a partir del primero de enero de 2016 había entrado en la lista de sustancias prohibidas por la Federación Internacional de Tenis (ITF) luego de encontrar que, entre sus efectos, se encuentra la capacidad de mejorar el rendimiento físico de los atletas. La habían notificado por correo, pero ella jamás lo leyó. El que sí vio —varias veces para asegurarse de que no era un error o una broma— fue uno en el que le informaban el positivo en una prueba de orina en el abierto de Australia, semanas atrás.

En su reciente autobiografía Unstoppable, publicada en septiembre, Sharápova cuenta que se sintió atrapada y engañada, y si fallaba en sus argumentos para ganar cualquier apelación, sería el final de su carrera. Aun así, su primera sensación fue de alivio; supo que había hecho lo correcto al anunciar la rueda de prensa y pensó que sus familiares, amigos y hasta rivales la iban a entender. Pero se equivocó: la prensa la tildó inmediatamente de mentirosa y tramposa. Horas después, la marca de ropa deportiva Nike, que lleva patrocinando a la rusa toda su carrera, lanzó un comunicado suspendiendo el acuerdo. Las siguientes dos semanas, la tenista lloró como nunca antes lo había hecho hasta que logró armarse de fuerza y coraje, con un solo objetivo: dar la batalla, quizá la más difícil de su vida.

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María Sharápova nació en el pequeño pueblo de Niagan, al noreste de una Unión Soviética comunista, con pocas oportunidades para familias de escasos recursos como la suya. Su padre, Yuri, que aprendió a jugar tenis solo, le puso una raqueta en la mano a María cuando tenía 4 años y ella demostró su habilidad y coordinación a pesar de su corta edad. A los 6, María, que se colgaba de vigas y andamios para estirar y crecer más rápido, llamó la atención de entrenadores en Moscú. A Yuri le aseguraron que podía convertirse en la mejor del mundo, pero no en la Rusia del siglo XX.

Su padre, entonces, decidió dejarlo todo (el país, el trabajo y hasta la esposa) y llevar a María a Estados Unidos; tan solo tenían 700 dólares y un sueño. Llegaron al lugar al que sabían que tenían que llegar: la renombrada academia de tenis de Nick Bollettieri en Bradenton, Florida, cuna de grandes tenistas como Andre Agassi, Jim Courier, Marcelo Ríos, entre otros. A Sharápova le negaron la beca pero Bollettieri dejó que se entrenara ahí. Sin embargo, en unos meses fue sacada del todo porque les estaba ganando partidos a niños mayores y sus papás se quejaban. Tres años después, Bollettieri, dejando claro que no podía desperdiciar el talento de Sharápova, quien ya tenía otro entrenador, decidió otorgarle una beca y hasta una vida sostenible a su familia, algo que permitió que su madre, Yelena, dejara Rusia y finalmente se reencontrara con su hija y su esposo.

Sin duda la rusa era la tenista más talentosa de la academia pero, en ocasiones, parecía estar en el lugar equivocado: mientras a todas las niñas les gustaba chismosear y tener un modelo a seguir, ella solo quería entrenar y ser la mejor. En una ocasión, las hermanas Williams, ya catalogadas como las responsables del futuro del tenis femenino, visitaron la academia. Mientras todas sus compañeras se peleaban por conocerlas, Sharápova, demasiado orgullosa para hacerlo, se escondió en un cobertizo y las vio entrenar por un pequeño hueco en la pared.

Fue esa personalidad competitiva la que la llevó a ver a las Williams como un simple obstáculo en su ambición de ser la mejor. En 2002, con apenas 15 años, ganó el Torneo Junior de Wimbledon, mientras Serena Williams conquistaba su primer título de mayores. En la gala de campeones no le interesó saludar a la estadounidense, solo tenía una misión: ganarle. Dos años después, en ese mismo escenario, lo consiguió. Con 17 años y frente a la gran favorita al título, la rusa demostró un desempeño implacable y memorable para conseguir su primer título de Grand Slam.

Son muchos los que titulan ese partido como el inicio de la rivalidad Sharápova-Serena, una batalla que, en la cancha, claramente está a favor de Williams con un apabullante historial de 19 victorias y dos derrotas. Por fuera de la cancha, la historia es otra: la rusa tiene muchos más ingresos en patrocinios y en su autobiografía aclara que siempre ha respetado a Serena, pero que jamás le ha interesado ser su amiga. En 2013, tuvo una breve relación con el tenista búlgaro Grigor Dimitrov, exnovio de Serena, quien varias veces tildó a la rusa de aburrida e incapaz de asistir a eventos importantes.

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Si hay algo que ha cambiado en la personalidad de María Sharápova es la mentalidad de no dejarse ganar por lo que piensen otros. Su carácter fuerte, y sus ganas de superarse cada vez más, no solo la llevaron varias veces a ser la tenista número uno del mundo, sino que fueron piezas claves para armarse de coraje y presentar una apelación que pudiese, a fin de cuentas, reducir su suspensión. Aunque hubo varias semanas en las que contempló el retiro, sabía que su historia necesitaba otro final.

El 4 de octubre de 2016, ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) en Lausana, Suiza, María ganó la apelación, y la sanción (originalmente de dos años) fue reducida a 15 meses. El TAS determinó que la rusa no había tomado meldonium con intención de doparse, sino por desinformación y mala comunicación con la ITF. El miércoles 26 de abril de 2016, justo el día en que terminó la sanción, Sharápova regresó a una cancha de tenis. Fue gracias a una invitación que recibió en el abierto de Stuttgart, Alemania, en donde le ganó a la italiana Roberta Vinci y llegó a semifinales de aquel torneo.

Debido a su larga ausencia, la rusa perdió muchos lugares en el ranking de la WTA, algo que la llevó a arrancar de ceros y verse obligada a competir en los torneos desde las etapas clasificatorias o al recibir invitaciones. En septiembre, la recibió para el US Open (uno de los cuatro torneos grandes del año), en el que llegó a la cuarta ronda y dejó a un lado a la rumana Simona Halep, hoy número uno del mundo. Ese abierto de Estados Unidos, un torneo que promueve más los flashes, la publicidad y los patrocinios que la tradición y la elegancia, le sirvió a María para ingresar nuevamente a las cien mejores del mundo. Un mes después, ganó el abierto de Tianjin en China, su título número 40 y su primero desde que regresó.

La rusa ahora se prepara para reinventarse y tener un 2018 soñado en el que sabe que tiene mucho por aclarar, aunque ignore las críticas. Son varias las personalidades importantes del tenis que aún debaten su regreso, y se estipula que Sharápova tendrá difícil su participación en torneos como Roland Garros o Wimbledon, en los que el juego limpio es prioridad. Pero ella no se dejará vulnerar, solo espera su próximo rival.

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