Carlos José Nieto Peñaranda fue la personificación del dandi, definido por la Real Academia Española como “el arquetipo del hombre refinado en el vestir, proveniente de la burguesía, de buenos modales y una fuerte personalidad”. Así, tal cual, lo recuerdan sus amigos, novias y familiares. En la mente de todos permanece intacta su imagen a bordo de su Alfa Romeo rojo, con Sasha, la gran danés amarilla que viajaba en el asiento de atrás. Gracias a su buen gusto, reflejado en su colección de trajes, camisas, corbatas y zapatos, nunca pasaba inadvertido. Con sus 1,91 metros de estatura no podía sino llamar la atención, sobre todo cuando llegaba a la discotecas Unicornio y Keops, o a los restaurantes Café Imperial y Chicanos, sus favoritos.



Estuvo casado con la modelo Diana Bula por cerca de cinco años.

Pero ser el centro de todas las miradas no lo atormentaba. Por el contrario, se esmeraba en cada detalle de su apariencia, tanto que era imposible sacarlo de la casa antes de que peinara su frondosa melena con secador. Su vanidad, bien administrada, fue material para los chismes de la oposición y para las bromas que le gastaban sus compañeros de vida y de fiesta Eduardo Sáenz, Jackie Saad, Antonio Mallarino o Juan Bernardo Sanint.

Alfred Wild recuerda que le decían “Mister Blower”. Bromas aparte, dicen que fueron cientos las que cayeron en sus bien diseñadas redes de seducción. Le pasó a Diana Bula, una modelo que llegó a Colombia en 1976 después de vivir con sus padres diplomáticos una temporada en París, en donde desfiló para Yves Saint Laurent y Ungaro. Fue su única esposa y a los cinco años se divorciaron. Carlos nunca tuvo hijos, pero sí una bien ganada fama de playboy, que al parecer solo sus novias Adriana Sarmiento Gutiérrez y la diseñadora Bettina Spitz lograron apaciguar.

A su regreso de Italia abrió Don Carlos, su primer almacén de muebles y decoración. Allí también vendió los primeros trajes.

Es emblemática la historia del taxista al que Carlos le dejaba conducir su convertible, con la condición de que le prestara su carro negro y amarillo para hacerles carreras a mujeres con las que medía sus dotes de conquistador. Era muy divertido y le encantaban esos juegos, parecía un niño grande. Incluso algunos piensan que a veces pasaba por inocente y confiado. Tantas facetas lo hacían irresistible para quienes compartieron su ajetreada vida social, los viajes y los deportes como el tenis y el esquí acuático, en los que era muy bueno. Le gustaba más charlar que bailar y también fue novio de Jenny
Mitrani y de Diana Neira. Tenía una colección de música italiana en la que los acetatos de la pelirroja Mina Mazzini ocupaban un lugar privilegiado, y cantaba a coro con ella Questa vita loca loca loca. Con la sua loca realtà.

Carlos no solo se encargaba de sus diseños, también era productor de los desfiles y modelaba en las sesiones fotográficas.

Su vida fue, en definitiva, desenfrenada. Desde el almuerzo ya se estaba inventando un plan para la noche. Se destacaba como un espléndido anfitrión y experto organizador de grandes eventos. Una muestra de esa habilidad fue el Show 77, con el que debutó como diseñador de moda al lado de Nancy Pulecio, tía de Íngrid Betancourt. El jueves 19 de febrero de 1977, a las diez de la noche, los invitados al renombrado Club Unicornio de Bogotá presenciaron un espectáculo inspirado en las pasarelas mezcladas con teatro de Valentino. Las modelos colombianas Diana Bula y Marlene Henríquez, la estadounidense Angie Smith y la argentina María Helena Redondo actuaron junto al belga Jean Pierre Carbonelli, el cubano Fernando Ortega, el colombiano Óscar
González y el mismísimo Carlos Nieto, quien, para completar, también era un aventajado modelo. El espectáculo, en el que sonaron los éxitos del verano italiano de ese año como la pegajosa Fiesta, de Raffaella Carrà, fue reseñado en los periódicos capitalinos con el titular: “Novedoso y dinámico desfile de modas”.

La familia de José Nieto y Graciela Peñaranda respiraba moda. Sus dos hijos mayores, Carlos y Vicky, heredaron la pasión por el diseño.

Su viaje por el diseño, el lujo y la buena vida empezó a los 18 años, cuando colgó el uniforme blanco de botones dorados con el que se graduó en la Escuela Naval de Cadetes para buscar su destino en Roma. Durante dos años tomó algunos talleres de diseño y conoció de cerca la historia de los modistos italianos de la mano de Vicky, su hermana mayor, quien trabajaba para grandes casas de moda. Definitivamente el estudiante del Anglo Colombiano no iba a ser oficial de la Armada Nacional ni abogado ni médico. Sus padres, quienes para entonces vivían en Nueva York, sabían que no podían esperar nada diferente. La vena de artista le brotaba de lado y lado: José Nieto era publicista y periodista y Graciela Peñaranda, amante de la moda, representaba a las marcas francesas Yves Saint Laurent y Givenchy.

De regreso a Colombia abrió su primer almacén en un local que quedaba justo al lado del apartamento de la familia, en la carrera 15 con 89. Le puso un letrero bien grande que decía Don Carlos y allí empezó vendiendo muebles y accesorios de decoración. Pronto lo fue mezclando con lo que realmente le apasionaba, la ropa. Contrató al mejor sastre de ese momento en la capital y se aventuró a diseñar trajes para hombre con siluetas modernas y lanzadas, siempre inspirado en Giorgio Armani, Gianfranco Ferré y Hugo Boss. En 1981 le quitó el ‘Don’ y le agregó el apellido. Carlos Nieto montó su segundo almacén en Unicentro, al lado de Uniclub, el lugar preferido por los ejecutivos de la sociedad bogotana.

Muchas veces fue catalogado como el hombre más elegante de Colombia. Aunque era muy vanidoso, su buena onda y gran sentido del humor lo hacían irresistible.

Su primer socio fue su padre y en 1989 su hermano menor Alberto, el publicista y locutor, entró a hacer parte del negocio. Hasta ese momento no se conocían muy bien. La temprana muerte de su madre, la diferencia generacional de 10 años y las estancias en el extranjero los separaron. No era perfecto. Se descomponía con el desorden y cuando en sus almacenes las cosas no estaban acomodadas como lo había dispuesto, su mal genio salía de la lámpara, energúmeno.

Tampoco fue bueno en materia de finanzas. Su espíritu libre y creativo no le daba para revisar facturas y eso, sumado a la despreocupación y los excesos, le pasaron factura doble. Su salud se deterioró al punto de ser diagnosticado con cáncer de colon en 1993. El final llegó muy pronto, murió el 23 de abril de 1994 a los 42 años. Rodeado de sus amigos, todos los días del año que sobrevivió a la enfermedad recibió visitas. Fue un desfile permanente de gente. Dicen que se fue tranquilo y en paz. Como siempre y hasta siempre se dedicó a conversar. Pidió perdón, agradeció, recordó y dejó un encargo: que Vicky y Alberto mantuvieran viva su marca. Esa misma que este año celebra su aniversario número 40 y gracias a la cual el nombre sigue más vigente que nunca.

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