La lujosa casa en la que vivió Santiago Medina Serna esta destinada al amor y a las relaciones públicas. Durante sus últimos años, el tesorero de la campaña de Ernesto Samper vivió en la mansión del norte de Bogotá rodeado de misterio, lujos y especulaciones. Su pareja por años, y quien lo acompañó hasta su muerte, fue Édgar Ernesto Hernández, un decorador de interiores con quien Medina compartía el gusto por los anticuarios, las lámparas doradas, las esculturas de bronce, los pianos de época, los tapetes persas de color rojo, los espejos, las campanas y los cuadros, los mismos con paisajes de la sabana, con cuya supuesta venta justificó la entrada a sus cuentas de 40 millones de pesos provenientes de una empresa fachada del cartel de Cali, que terminaron en las finanzas de la campaña samperista.

Hoy la casa todavía sigue tapizada con espejos dorados. Como también son doradas las barandas, las duchas, las llaves de los baños, las chimeneas y las chapas de entrada a la piscina en la que, a sus 48 años, y poco tiempo antes de morir, Medina hacía ejercicios para aliviar sus problemas de salud. Pero entre tantas antigüedades no hay fantasmas. De hecho, la mayoría de cosas que tenía Medina en la casa no eran del todo viejas. También había muchas imitaciones que le gustaban en sus recorridos por los mercados de pulgas, cada vez que viajaba a Europa. Algunas de ellas las vendía en el anticuario que tenía en el barrio Rosales, y con otras decoraba su sala mientras un desfile de políticos colombianos admiraba su gusto. Fue particularmente sonada una de las fiestas que hizo para celebrar el triunfo de Ernesto Samper a la presidencia de la república, en 1994, a la que asistió buena parte del establecimiento bogotano. “Invitaba cien personas y me llegaban doscientas”, dijo en el libro Mis verdades, tus mentiras, que publicó después de ser condenado por el proceso 8000.

Hoy la casa de Medina sigue siendo un espacio de fastuosas fiestas. Pero a ella no van miembros del establecimiento, sino decenas de parejas de clase media que quieren celebrar su matrimonio con toda la pompa del caso. Se llama Mansión Francesa y le dicen Mansión Medina, confundiéndose a veces con el lujoso Hotel Casa Medina, ubicado en la carrera séptima con calle 70 en Bogotá. En su salón principal idealmente caben cien personas, que antes de sentarse a comer acompañan a los novios a tomarse fotos en el ático, la piscina o los jardines. Pero hay un lugar que prefieren las novias: la escalera principal. Suelen adornarla con flores y pétalos en el piso, como los que adornaron algunas de las novelas nacionales filmadas en el lugar: La viuda de la mafia, Pura sangre y Verano en Venecia.

La Mansión Medina es considerada patrimonio por su valor arquitectónico. Sin embargo, sorprende que esta casa, imitación republicana, tenga un valor más paisajista que estructural. Su estilo es similar al de otras edificaciones bogotanas, como la Alcaldía y algunos edificios de San Victorino, pero es menos antigua. En plata blanca, es una rareza. Ni siquiera hay claridad sobre quién fue su arquitecto. Para la urbanista Katya González, experta en patrimonio, es una casa que llama la atención y que tiene un valor paisajístico, pero responde a una tendencia de mediados del siglo XX en Colombia en la que se puso de moda importar planos desde París para hacer construcciones similares.

La primera referencia que se tiene de la mansión en la Oficina de Instrumentos Públicos de Bogotá es del 7 de octubre de 1954, cuando la propiedad fue vendida por Jorge Salcedo Salgar a Federico Schorr. De Salgar se sabe que era un doctor vinculado a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, que lideró el debate sobre la modernización de los hospitales en los años cuarenta y se enamoró de una casa hecha en 1950, aunque pareciese más vieja. De Schorr, por su parte, se sabe que era descendiente de alemanes, algunos de los cuales migraron a Colombia y otros a Argentina, y algunos de cuyos herederos se dedican al negocio de los envíos y el embalaje.

Luego de procesos de sucesión y pagos de hipotecas, los Schorr tuvieron en su poder la casa hasta 1987, cuando la vendieron a Santiago Medina por cinco millones de pesos. Pero para ese entonces Medina, quien venía de una importante trayectoria en el sector privado en cargos directivos como Cementos Boyacá, Proficol e Industrias Agrícolas de Cali, ya estaba obsesionado con la decoración. Dicen quienes lo conocieron que le metió 500 millones de pesos a la casa para reforzar sus estructuras, arreglar la piscina, pintar las paredes, hacerles paisajismo a los jardines y llenarla de objetos. Entre ellos, un piano que perteneció al expresidente Marco Fidel Suárez.

En 1989, Medina se trasteó a la casa. Era su obsesión, aseguran. Quería armar un verdadero palacio. Un lugar donde estuvieran presentes el jet set y la política, que en Colombia son casi lo mismo. Con Édgar, su pareja, subía y bajaba muebles, les ordenaba a las empleadas alistar la vajilla para el té, ponía y disponía los cuadros y estaba pendiente del bombillo que mejor le iba a cada lámpara de cristal. “Esta no es de los Héroes”, decía, refiriéndose al Lámparas Baccarat ubicado al frente del monumento a los Héroes, en la Autopista Norte con calle 80.

Medina vivió en la mansión hasta 1998, de donde salió a finales de año para terminar muriendo en la Clínica del Country, el 15 de enero del año siguiente. Durante su agonía se concentró en su testamento, detallado y concreto, otorgado mediante la escritura pública 5032 de la notaría 20. Los tres beneficiarios de la totalidad de sus propiedades fueron su pareja, Édgar, con el 40 %, y su madre y su hermana, con el 10 % para cada una. Entre sus beneficiarios también estuvo el médico Santiago Rojas, quien lo ayudó en su convalecencia y a quien le dejó el 2 %. El albacea de sus muebles fue también Édgar, quien se quedó con todos ellos, ropa y enseres.

Édgar tuvo que buscar refugio para la viudez. Al poco tiempo de morir su esposo, se fue a vivir a otra gigantesca casa Girardot, también llena de objetos de decoración. Recuperado, en 2005 estableció una relación que le duró hasta su muerte, cinco años después. Se enamoró del administrador de empresas John Alexander Alfonso. Para garantizar los derechos de sucesión de este último, tuvo que mediar un juez y fallar que entre él y Hernández sí había existido una unión marital de hecho. Algo —aunque fuese mínimo— de la casa de Medina, probablemente, terminó en sus manos. Varios líos de sucesión a comienzos de la década del 2000, y reclamos interpuestos por algunas personas que compraron derechos de sucesión de los testamentarios, llevaron al juez 41 civil del circuito a secuestrar y avaluar el bien con el fin de venderlo y reconocer los derechos de los demandantes. El consorcio Eaton College International y la Fundación Colombia Paz, incluida en el testamento, fueron hasta entonces sus socios mayoritarios.

Hasta esa época también trabajó en la casa el español Óscar Cuevas, quien blanqueó al menos 900.000 euros provenientes del tráfico de estupefacientes y fue acusado de ser lavador del cartel de Cali. Según El Tiempo, diez años antes usaba la Fundación Colombia Paz como fachada. A comienzos de siglo, Cuevas ya había sido capturado por lavado y recluido en La Picota, de donde se voló meses después. Pero después de estar en el centro de la jugada política, la mansión de Santiago Medina es hoy un salón de recepciones en el lugar más cotizado de Bogotá. De los poderosos solo queda el recuerdo, además de las aspiraciones de quienes buscan sentirse, a través de la arquitectura, parte una élite enamorada y universal. Cornisas, capiteles, balaustres, molduras frisos lisos hacen parte de los amplios espacios de esta isla, algo extravagante, de la capital.